La mueca de las PASO

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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29 de junio de 2019  

Para los que postulan la democracia como una construcción institucional, la resolución de las PASO fue un duro golpe: con escasas excepciones, la lealtad a valores y la representación partidaria de intereses cedieron a los objetivos personales de los líderes y a las conveniencias ocasionales de los volubles espacios que encabezan. Se armaron las listas, pero se desarmaron las instituciones, si por ellas se entiende a los partidos políticos y al sentido otorgado por la legislación electoral a las elecciones primarias. Además de constituir un derroche económico, esto se tradujo en un vaciamiento indoloro de significado: habrá que votar en unos comicios desnaturalizados a unas organizaciones inexistentes, sin que importe demasiado más allá de vacuos intentos de remediarlo. Sin embargo, los candidatos buscarán disimular el vacío con proclamas y anatemas, procurarán convencer de que poseen la verdad, exhibirán emociones cuidadosamente planificadas por sus asesores de imagen. La sustancia de la democracia se debilita, pero el espectáculo debe continuar.

Designar candidato a presidente a un delegado del candidato a vice, definir los lugares en las listas a dedo, acomodar familiares en las nóminas, hacer y deshacer sin limitaciones legales, presionar a terceros candidatos para que se bajen, entre otros desarreglos, es el modo argentino de erosionar el sistema. Pero estas conductas no son originales, se inscriben en procesos políticos mundiales, signados por un fenómeno: el ocaso de las organizaciones ante las personalidades y la emotividad. La racionalidad democrática sucumbe frente a la sociedad del espectáculo y el protagonismo de los líderes. Andrea Rizzi, columnista de El País de España, describe esa tendencia en estos términos: "Se trata de una manera de ejercer el poder que respeta el marco democrático, pero busca la respuesta personalista y carismática a los problemas un punto por encima de las instituciones, recurre a componentes emocionales, a la comunicación directa con la ciudadanía, a referencias estéticas y retóricas potentes, a veces excesivas. Un liderazgo que baila en la frontera del populismo. Un poco más allá, un poco más acá". Según Rizzi, de este síndrome que les cabe a Salvini, Orban y Boris Johnson tampoco se salvan Macron y los principales dirigentes españoles.

Estos medios, a los que recurren la mayoría de los políticos, contrastan con los presuntos fines que cada fuerza reivindica para sí. Se omiten roscas y arreglos espurios para ensalzar metas rimbombantes, tales como sacar al país de la pobreza, impedir el avasallamiento de la república o acabar con el gobierno de los ricos. Esos objetivos son amplificados por los adeptos de uno y otro bando, cuyo enfrentamiento le llega como un eco extraño a una sociedad que desconfía del poder y sufre privaciones. Con espectáculos como el de estos días, a la gente se le hace difícil no pensar que los políticos son todos iguales y que, en realidad, y más allá de lo que digan o hagan, los guía un afán inconfesable: llegar arriba para satisfacer sus intereses particulares. Rizzi agrega una observación, tal vez evocando al filósofo Giorgio Agamben: en la democracia actual el gesto prevalece sobre la laboriosidad. Agamben vinculó el gesto a la política, cuando esta se convierte en un gag, al que describe como "la improvisación del actor para suplir un vacío de memoria o una imposibilidad de hablar". La mueca de las PASO parece darle la razón al filósofo.

¿Tiene sentido otorgar centralidad a una batalla por los grandes valores, con esta precariedad de medios? Si como muchos sostienen, en la forma está el fondo, ¿no habrá que concluir que la clave de nuestros males no se encuentra en el desacuerdo sobre las virtudes, sino en el acuerdo sobre los vicios? Dicho de otra manera: ¿de qué sirve defender la república o la justicia social si para alcanzarlas se recurre a las mismas falsificaciones? Tal vez las elites nos deban un acto de lucidez: contemplarse críticamente de manera horizontal, constatando los fenómenos indeseables que atraviesan a la mayor parte de sus estamentos: corrupción económica, manipulación de la Justicia, desnaturalización de la democracia, escasa solidaridad con los excluidos. Eso no quiere decir que todos sean lo mismo, significa que nadie con poder debe desentenderse o proclamar superioridad moral.

Si no pueden ser visionarios, al menos sean realistas. El saneamiento institucional de la Argentina es antes una cuestión de supervivencia que de principios. Ello es así porque la corrosión de nuestra democracia se cruza de manera dramática con una enorme debilidad económica. Este es un país sin moneda y sin justicia, con un tercio de pobres, que permanece sujeto a un respirador artificial por razones geopolíticas. En esas condiciones no puede permitirse licencias. Nadie le otorgará ayuda perdurable si sus dirigentes continúan burlándose. Seguirá siendo una oportunidad para los usureros, no para los inversores.

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