
La muerte de Urquiza
Por Horacio Salduna Para La Nación
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EL pasado miércoles se cumplieron ciento treinta y un años del cruel e injusto asesinato de don Justo José de Urquiza en su residencia de San José, en Entre Ríos. Cruel, porque se llevó a cabo en su casa, estando acompañado de su esposa y algunas de sus hijas, que debieron presenciar impotentes el apuñalamiento y la agonía del ser más querido. Y el mismo día, a la misma hora también eran bárbaramente asesinados dos hijos del general en la ciudad de Concordia. Injusto, porque no era esa la muerte que merecía quien tanto había hecho a favor de la organización nacional, de la sanción de la Constitución, de la unión nacional y de la integridad territorial del país.
El vencedor de Caseros, que nos devolvió la libertad y nos inició en la vida de una nación jurídicamente organizada, que fue varias veces el más progresista gobernador de Entre Ríos y primer presidente constitucional de la República, merecía una muerte más digna.
Ni vencedores ni vencidos
El 25 de mayo de 1810 se produjo en Buenos Aires una revolución política que derrocó al virrey, entregó el gobierno a una Junta integrada mayoritariamente por criollos e inició la marcha hacia la emancipación. Declarada la independencia el 9 de julio de 1816 y vencidos definitivamente los ejércitos españoles en Ayacucho, en 1824, los sueños de independencia se vieron cumplidos y surgió un nuevo sueño: el de la organización de la nueva nación libre e independiente, bajo un sistema de gobierno moderno, republicano, representativo y federal. Durante muchos años debimos soportar varios fracasos y frustraciones organizativas, enrojecidos con la sangre de hermanos.
En 1851 se produjo una segunda revolución política, también en mayo. Se derrocó a una tiranía que no solo nos privaba de libertad sino que nos mantenía políticamente inorgánicos y alejados de todos los grandes progresos científicos, técnicos y filosóficos de la época. Esa segunda revolución se inició con el pronunciamiento de Justo José de Urquiza, el 1º de mayo de 1851, y culminó en Caseros, bajo el generoso lema de "ni vencedores ni vencidos". Gracias a ella tuvimos al fin una organización política nacional amparada por una ley suprema, una Constitución que, aunque con algunas reformas, sigue aún vigente.
La razón fundamental de los fracasos y frustraciones anteriores, de la anarquía de los años 20, de los malogrados intentos constitucionales de 1819 y 1826 había sido la colisión de los intereses de las provincias del interior con los de la ciudad de Buenos Aires, que gozaba del privilegio de ser la beneficiaria exclusiva del usufructo de los servicios comerciales del puerto y de las rentas de aduana.
En unión y libertad
Luego de Caseros y de la sanción de la Constitución Nacional en Santa Fe, en 1853, estos desencuentros de intereses regionales y localistas siguieron produciendo desunión, enfrentamientos y, lo que fue más grave y riesgoso, la segregación de Buenos Aires y toda la Patagonia del resto del país, durante más de ocho años. Esto convenció a Urquiza de la inutilidad de la persistencia de la guerra como forma de resolver el conflicto interno y de la necesidad de lograr la unión nacional y la integridad territorial, aun pagando por ello el alto precio de su prestigio personal, político y militar.
Luego de vencer en Cepeda, Urquiza le tiende su mano generosa a Buenos Aires y firma el Tratado de Unión, en San José de Flores. Años más tarde, en Pavón, teniendo aún posibilidades de éxito, Urquiza se retira con su ejército del campo de batalla. Cambió así una débil Confederación por una fuerte Nación.
El general Bartolomé Mitre, gobernador de Buenos Aires y jefe principal de su ejército, comprende, valora y comparte el pensamiento de Urquiza y tiene el gesto generoso de ir a visitarlo a su residencia de San José, en Entre Ríos, donde obsequia al gobernador entrerriano el bastón de mando que había usado durante el gobierno del territorio segregado en simbólica señal de que dicha segregación había terminado para siempre.
Si José de San Martín es el adalid indiscutido del sueño argentino de la independencia, Urquiza lo es del sueño de la organización constitucional, en unión y libertad.




