La muerte, la memoria y los falsos obituarios

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2 de noviembre de 2014  

El asunto se convirtió en la comidilla de una redacción de Buenos Aires en los años ochenta. Cierta tarde un cable periodístico dio cuenta de la muerte de una bailarina de segunda línea del teatro de revistas, cuando ese género popular ya no exhibía los fulgores de su época dorada. El cronista principiante a quien le confiaron el obituario se dirigió al archivo, recogió los datos esenciales de la modesta vida artística de la difunta y escribió la despedida con esa calidez un tanto excesiva -con esa desmedida generosidad, también- con que suelen escribirse las notas necrológicas. Nunca la había visto en escena, pero en el afán de ensalzarla subrayó las destrezas de la vedette en ese mundo de mujeres pulposas, piernas desnudas y chistes gruesos, que durante décadas mereció el desprecio de la crítica biempensante. Seamos piadosos: digamos que se llamaba Alicia Módena. El lector pronto comprenderá por qué no conviene develar su verdadera identidad.

La tarde siguiente sonó el teléfono en la redacción y una voz con rabia contenida pidió hablar con el responsable de ese texto publicado sin firma. El joven cronista escuchó entonces la queja amarga del marido de la presunta occisa: su esposa, precisó, quien había sido primero corista y más tarde vedette a la sombra de grandes figuras del género como Nélida Roca y Olinda Bozán, se encontraba en perfecto estado de salud, pero durante toda la mañana había sentido una punzada en el corazón desde el momento en que un amigo personal había llamado a su casa destrozado por la noticia de su anunciada muerte. El desdichado autor se deshizo en disculpas por tan lamentable error.

Apenas se estaba recuperando de las amarguras de ese tropiezo cuando volvió a sonar el teléfono. Esta vez, la voz era la de un hombre enfurecido. No resultaba fácil comprenderlo en medio de los espasmos de semejante ataque de ira, pero al cabo de unos minutos el cronista entendió que el hombre que bramaba al otro lado de la línea era el hijo de Alicia Módena, la muerta. Movido por un temprano sentido de la cortesía, pero más por el peso de la culpa, el cronista pidió nuevamente disculpas. Pero no hubo caso. No encontró la manera de hacerle entender al deudo por qué razón su madre, una maestra rural de vida abnegada y quien sin dudas merecía ser recordada por sus enormes contribuciones a la educación pública, había sido confundida con una bataclana del teatro de revistas. Sus compañeros del oficio se rieron durante meses recordando el episodio. El principiante recibió su castigo merecido: como el personajes de Sostiene Pereira, la novela de Antonio Tabucchi, durante años debió escribir las notas necrológicas de artistas sin brillo.

La historia viene a cuento porque esta semana Claudia Piñeiro se vio sorprendida por el anuncio de su muerte publicado en Wikipedia, donde se informaba que moriría en una fecha precisa. Un poco ajena a los misterios de las nuevas tecnologías, la autora de Las viudas de los jueves tan sólo pidió que se quitase ese dato falso e improbable de su biografía. En un pasado casi remoto, otros colegas suyos fueron en cambio más puntillosos. Quienes conocen los secretos de las grandes redacciones cuentan que un escritor célebre de aire aristocrático y prosa elegantísima, cuyo nombre pronuncian con discreción, corrigió puntillosamente el obituario que iría a publicar un matutino argentino cuando ocurriese su deceso. Para él la muerte era un hecho grave y más aún lo era la eternidad. Llegó al periódico, pidió la nota necrológica e hizo breves correcciones allí donde no lo satisfacía el retrato que de él se hacía. Sabía que es en las redacciones de los diarios donde se moldea la memoria de ciertos hombres.

Otros escritores han dejado su obituario escrito sin tanta pompa. Cuentan que un periodista irlandés, enterado de la muerte de George Bernard Shaw, visitó la casa del creador de Pigmalión para recoger el testimonio de sus familiares. Para su sorpresa lo recibió el dramaturgo, bromista implacable e incisivo, que lucía en muy buena forma e hizo una declaración muy escueta: "Me parece una noticia prematura y exagerada".

Sobran las pruebas. Ahí está en Memorias de un amante sarnoso la frase que Groucho Marx escribió para que fuese esculpida en su lápida: "Disculpen que no me ponga de pie". O aquella confesión de Woody Allen cuando le preguntaron si sentía miedo frente a la idea de la muerte: "No le temo a la muerte -respondió-, pero preferiría no estar allí cuando suceda".

Ya lo sabemos: el humor nos protege de las peores pesadillas, incluida la de sabernos, antes o después, simples mortales.

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