
La ONU y el medio ambiente
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La Cumbre Mundial de Nueva York que reunió a los líderes del planeta –y que concluye hoy– implicaba para las Naciones Unidas (ONU) la oportunidad justa de hacer un balance de los progresos logrados y adoptar las principales medidas para acelerar los esfuerzos mundiales destinados a cumplir con los famosos Objetivos de Desarrollo del Milenio y una de sus metas primordiales: reducir a la mitad la pobreza extrema para 2015, además de atacar la marginalidad de la que se nutren las organizaciones terroristas para sus propósitos.
Sin embargo, y pese al reciente impacto de intensas catástrofes climáticas, muchos sabían que las metas relacionadas con la conservación del ambiente y los recursos naturales no tendrían un lugar relevante en la agenda. Curiosamente, son estos objetivos los que están en relación directa con la reducción y la erradicación de la pobreza. En efecto, todo esfuerzo basado exclusivamente en el asistencialismo –o incluso en la generación de empleo– que no esté ligado a un uso más responsable de los recursos naturales y a una mejor distribución de sus beneficios, se convertirá en pan para hoy y hambre y sed para mañana. La falta de una adecuada respuesta a los impactos crecientes del cambio climático es, sin duda, un problema que está poniendo en jaque los numerosos esfuerzos por resolver aquellos temas.
La Argentina está en condiciones de mostrar, en esta reunión, algunas mejoras en materia de reducción del desempleo y otros temas, pero no necesariamente en lo que concierne al buen uso de los recursos naturales. El recientemente anunciado Fondo de Carbono parece significar un avance en esta área y sin duda debe ser reconocido, en la medida en que disponga de mecanismos transparentes para ser sólidamente ejecutado. Mas cabe señalar la urgencia, por ejemplo, del desarrollo de un plan nacional de ordenamiento en el uso del territorio que permita acordar reglas más claras entre los sectores productivos, de infraestructura y de ambiente, para evitar diversos conflictos como los que han surgido, en los últimos años, asociados con la expansión desmedida de la frontera agropecuaria en zonas social y ecológicamente frágiles, con la actividad minera y pesquera sin suficiente control o con una serie de decisiones provinciales que denotan poco interés y, a veces, hasta desprecio por nuestros bosques y otros ambientes naturales.
La incorporación de mecanismos transparentes y participativos de evaluación ambiental estratégica para casos tan importantes y generalmente conflictivos, como la pesca o la expansión agropecuaria, podría formar parte de un cambio interesante. Brasil, en este sentido, ya ha aprobado que sea incorporada en todos sus emprendimientos de infraestructura.
Es fundamental entender que la reducción de la pobreza hoy es más creíble si, además de asociarla con una mejora en la distribución de la riqueza, también es acompañada de esfuerzos concretos por la conservación y el buen uso de los recursos naturales. Es solamente de este modo que la reducción de la pobreza puede ser duradera. La conservación de la naturaleza no va a resolver, obviamente, todos nuestros problemas, pero tendrá que ser parte de cualquier solución.
El apoyo presupuestario que acuerden los participantes de esta cumbre mundial a medidas prácticas que unan estos conceptos es vital y puede generar, además, nuevas oportunidades para el desarrollo en nuestro país. Si la cumbre deja a un lado estos temas, tal vez muestre algún avance puntual, pero en el fondo se habrá convertido tan sólo en una reunión más, distinta sólo porque la ONU celebra con ella sus 60 años de existencia .





