
La paz social de Menem y los factores de poder
Por Tomás Abraham Para LA NACION
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Valdría la pena trazar un breve recorrido histórico para entender algunas zonas de nuestro presente. Me refiero a revisar los acontecimientos de los primeros tres meses del gobierno de la Alianza. No creo que sea un ejercicio gratuito. Al menos, puede desperezar a los que repiten que aquel gobierno sólo se formó para vencer a Carlos Menem y que carecía de plan. Las cosas son algo más complicadas, y más interesantes.
El gobierno de Fernando de la Rúa fue débil porque su presidente era débil. Era un hombre de consulta, quiero decir que consultaba permanentemente. Pero no hay que olvidar a quienes sí son auténticamente fuertes en el diagrama de poder que se establece en la Argentina. Los poderosos de ayer son los mismos poderosos de hoy.
Apenas asumió De la Rúa, la presión extorsiva y desestabilizadora vino de parte de cuatro espacios de poder. Menem instaló un gabinete de las sombras para mostrar que no había renunciado a su rol de mando. Realizaba reuniones de gabinete como si continuara siendo presidente. La televisión mostraba su mesa oval dispuesta para discutir los temas del día con la distribución de funciones de cualquier poder ejecutivo. Cada medida del gobierno elegido iba a tener a contraluz una medida correctiva del ejecutivo menemista. Este era el primer elemento desestabilizador.
Los economistas del CEMA y de FIEL, a través de lo más insistente de sus plumas, reclamaban con premura una ley de reforma laboral que diera por terminados viejos convenios e implementara nuevas y variadas formas de flexibilización. La prédica diaria informaba que era el Fondo Monetario Internacional mismo el que exigía como condición irrestricta este cambio legislativo. De no hacerlo, el gobierno ya podía considerarse fracasado.
Además, los mismos voceros del poder corporativo empresario y financiero pedían una reducción del gasto estatal mediante despidos masivos. Si esto se postergaba, esto que se llamaba la segunda reforma del Estado, estaba en peligro el pago de los intereses de la deuda. Amenazaban con que jamás habría confianza si la clase política no encaraba con determinación y sangre fría la sobrecarga ocupacional del Estado. Por supuesto que la realidad mostraba que la desocupación del 20 por ciento había sido heredada de la anterior administración, y que los nuevos regímenes de trabajo eran una realidad hacía años. No puede haber mayor flexibilidad que con un ejército de reserva de este tamaño y mayor competitividad que la que se logra con una evasión de impuestos laborales del 50 por ciento. A pesar de esto, el segundo elemento desestabilizador fue uno de los más feroces. Terminó con el escándalo del Senado y la renuncia del vicepresidente.
Alianza contra natura
Por supuesto que la CGT disidente y su dirigente Hugo Moyano (el más consolidado políticamente en aquel momento) no sólo ya habían arremetido contra esta reforma legislativa, sino que habían establecido con el gremio docente una alianza que meses antes podía haberse considerado contra natura. Harían huelga juntos, a pesar del levantamiento de la Carpa Blanca gracias a que el ministro de Educación, Juan Llach, había conseguido que se hiciera ley el incentivo pedido por los dirigentes de la Ctera. Se ocuparían nuevamente las calles. Marta Maffei rompió el compromiso y adhirió a Moyano por razones de política interna. Tercer elemento desestabilizador.
Ya en el primer trimestre de 2000, los ojos espantados de los televidentes presenciaban las tomas de rehenes sangrientas y públicas con las que las cámaras llenaban las pantallas. El tema de la seguridad, mejor dicho, el tema de que el gobierno aliancista habría de ser impotente para contener el terror domiciliario y personal estaba anunciado. El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, estaba en la primera fila de esta cruzada. Cuarto elemento desestabilizador.
Por otra parte, las empresas mediáticas y su personal ya tenían el diagnóstico de esta cuádruple extorsión: el presidente era un dormido aburrido. No hacía nada.
Mientras tanto, la alianza dependía del ministro de Economía, José Luis Machinea, que oscilaba sin convicción con el fin de encontrar el remedio más suave para la proliferación de males. Una rebaja para los sueldos menos bajos de la administración, sin despidos; algo más de impuestos, sin alarmar a los dragones de las finanzas; un camino gradual para equilibrar el déficit sin llegar al presupuesto cero, que dejaría a la mitad de la gente en la calle: dosis pequeñas para lograr un moderado apoyo de todos los sectores. Fue la debacle gradual acelerada por la falta de liderazgo de De la Rúa.
El quinto elemento desestabilizador fue el de la corporación política misma.
Hoy la situación no ha variado, porque los elementos del poder con capacidad de generar violencia, miedo y caos son los mismos. Por eso Menem nuevamente se presenta como el garante de lo que hace unos días en La Rioja llamó la "paz social". Le basta con decir que si la Argentina quiere salir de la tremenda crisis en que vive no lo podrá hacer sin el control y el acuerdo de los factores de poder. El poder corporativo financiero, el gremial y el que maneja los hilos de la seguridad. ƒl puede hablar con Daer y Moyano, con Pou y Macri, con Ruckauf y Patti.
Sostiene que él es el único que puede aislar y reprimir a los grupos que han ganado la calle y el protagonismo mediático desde diciembre pasado.
Ese es el programa de Menem: no es la dolarización, sino la garantía de un orden que conforme a los factores que efectivamente nos gobiernan. Porque hace tiempo que no nos gobiernan los políticos. No hace falta que se vayan todos, porque hace rato que se fueron, pero no necesariamente por cobardía, sino porque un vasto sector de la sociedad civil nunca ha apoyado a los políticos que han querido iniciar un camino mejor y ha estado detrás de los factores de poder que han arruinado a la Argentina.






