La película de Imelda
La viuda de Marcos quiere ser presidenta. Envuelta en una bruma de nostalgia por los años dorados, la ex primera dama sueña con las elecciones de mayo próximo y desafía, desde la cúspide de sus célebres tacones, la oposición mayoritaria a su candidatura y una reciente condena judicial que podría costarle catorce años de prisión.
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TREINTA y cuatro pisos más abajo de donde estamos, las luces, en medio de la noche, tiemblan espectacularmente a lo largo de la bahía de esta ciudad, pero Imelda Marcos, ajena a ese panorama, se siente transportada por una titilante película en su gigantesca pantalla de video.
"¡Ah, allí estamos!", exclama batiendo sus elegantes manos. Y en la película, una gastada cinta china de los años 70, vemos a Imelda, por entonces la primera dama de las Filipinas, cuando llegaba sola a la República Popular de China y era recibida con una estruendosa salva de aplausos, también durante un banquete en la Gran Asamblea del Pueblo, y estrechándose las manos con Mao.
"Todos vinieron a recibirme", recuerda Imelda nostálgicamente. "¡Oh, ahí está Deng Xiaoping! ¡Era tan atento!", suspira como es su costumbre. Un solícito mozo de la casa ajusta el video, trae sandwiches y bebidas, y luego se retira.
Estamos solos en una amplia sala repleta de recuerdos de los años de Ferdinand Marcos y amueblada como si fuese un opulento salón de Estado. Imelda, arrellanada en un sofá imitación Luis XV, vuelve a sus recuerdos grabados en video. Su calzado, que conste, es de tacos altos y la punta transparente permite observar los diez dedos, cuyas uñas están esmaltadas de color cereza.
Fue una mala semana para al ex primera dama. Aspira a convertirse en candidata a la presidencia en las elecciones del 11 de mayo próximo. Pero existe una pequeña cuestión: una nueva condena a catorce años de cárcel por corrupción -apelada por ella-, que se suma a sus innumerables conflictos legales. Imelda debió defender su posible candidatura durante una tumultuosa audiencia ante la comisión electoral, junto con un hombre que quería que las Filipinas fuesen gobernadas según el horóscopo, y un aspirante a una candidatura presidencial que compareció vestido como Jesucristo, atendido por dos ángeles.
"Ese fallo es espantoso. No hay justicia para los Marcos", comenta Imelda, que tiene un rosario de quejas bien practicado y una versión condensada de la historia filipina moderna que muy pocos reconocerían.
"Son ellos los que tratan permanentemente de malograr mis esfuerzos con vistas a la campaña electoral. Ni siquiera aceptan concederme el derecho que tengo a presentarme como candidata y ofrecer mis servicios al pueblo", protesta Imelda.
Ellos son el actual presidente, Fidel Ramos; la ex presidenta Cory Aquino, que asumió el cargo en 1986 después de la caída de la dictadura de Marcos debido a la rebelión del "poder popular"; los norteamericanos; el cardenal Jaime Sin, de Manila, y las familias filipinas inmensamente ricas que aún componen una oligarquía predominante en el país.
"La oligarquía y los señores feudales regresaron para vengarse después del derrocamiento de Marcos. Y han estado robando desde entonces", dice Imelda.
Aunque no representa una seria alternativa en las próximas elecciones, la ex primera dama todavía puede contar con el apoyo partidario de hasta un millón y medio de votantes de su provincia natal de Ilocos Norte.
Imelda dignifica
Pero Imelda Marcos siente también una extraña fascinación por los pobres de su país, y a ellos desciende de vez en cuando como una Evita asiática (Imelda aún puede cantar también). "Con ellos me siento como en casa. En casa, donde está el amor", señala Imelda, que se autoproclama como la voz de los desposeídos, aun cuando les resulten más familiares los abogados y las cuentas a nombre de testaferros que las taperas y las villas de emergencia.
"Con deudas millonarias, con nuestra crisis económica, la escasez de arroz, de agua potable, la electricidad tan cara, la ausencia de paz, y el desorden imperante, tanto temí por el destino de mi país que me sentí obligada a presentar mi candidatura presidencial", advierte.
En "Imeldalandia", el pasado es otro y nada tiene que ver con el que describen sus enemigos. Su esposo -insiste ella echando chispas por los ojos- fue un hombre cuya memoria es tergiversada por la parcialidad de ciertos historiadores, y en su época tanto él como ella llevaron progreso y estabilidad a las Filipinas. Ferdinand Marcos murió en el exilio en 1989.
"Dios, la patria y el pueblo siempre fueron su obsesión y, sin embargo, hicieron que ese hombre generoso apareciera como un ladrón, un tirano y un dictador cuando, en realidad, era un gran demócrata, un patriota y un humanista", agrega su viuda embargada por la emoción.
Un busto de bronce del extinto presidente, con una medalla al cuello, nos contempla desde una mesa lateral, sobre la que está instalado como en un santuario, en medio de flores y fotografías subyugantes de un entonces juvenil Ferdinand Marcos. ¿Lo extraña Imelda aún?
"Lo extraño mucho, aunque también diría que no, porque estamos fundidos en un solo espíritu. Siempre está conmigo y ahora más que nunca. También es algo divertido porque en cierta forma cuanto más tiempo pasa desde que mi esposo murió, tanto más perfecto se vuelve -Imelda ríe-, y el amor crece a pesar de la soledad."
Imelda todavía siente resquemor hacia los norteamericanos, que obligaron a la pareja a exiliarse, aunque no se sorprende por la actitud indulgente de su propio pueblo, cuyo deseo de venganza es tan insignificante que Imelda puede vivir en el centro de Manila custodiada por tan sólo un par de guardaespaldas en la entrada de su edificio en torre.
La película la incita a hablar de China, de sus conversaciones con Mao, sus confidencias con Chou En-Lai (el ex primer ministro chino), de lo que pensaba acerca de la familia Suharto de Indonesia ("bueno, hasta la realeza afronta dificultades"), de sus ideas en materia de política exterior, en la cual las Filipinas ocupan el centro del mundo... Y, de pronto, hace una pregunta un tanto sorprendente: "¿Ha visto a Mao últimamente?" Teniendo en cuenta que el líder chino murió en 1976, la pregunta me desconcierta hasta que caigo en la cuenta de lo que Imelda quiere decir. "Visité su mausoleo el año pasado -respondo- y se lo veía en buen estado de conservación, aunque luego lo cerraron para restaurarlo. Me refiero al edificio y no a él, como se pensó".
Imelda Marcos asiente con la cabeza. Le interesan mucho las cuestiones como ésa. Igual que Mao, su extinto esposo yace de cuerpo presente en una caja de cristal. Sin embargo, el mausoleo de Ferdinand Marcos es transitorio y se halla en su pago natal, y desgraciadamente hubo algunos problemas con el aire acondicionado.
Evidentemente, ha llegado el momento de partir. La ex primera dama, con su gracioso encanto, me acompaña hasta la puerta. Hacemos un alto frente a una fotografía que muestra a la propia Imelda junto a un entonces joven príncipe de Gales.
"Me dieron tanto apoyo, ¿sabe?", dice en confianza. "Fue tan triste, tan triste", suspira una vez más.
Por Michael Sheridan
(c)
La Nacion
Un playboy lleva toda la ventaja Con un sonido más parecido al de un suspiro, el espléndido Learjet se detiene en la pista de aterrizaje y por la escalinata del avión baja Joseph Estrada, vicepresidente de las Filipinas, autoproclamado defensor de los pobres, y mujeriego impenitente.
"Erap" o "Buddy", como se lo conoce por aquí, va al frente de las encuestas en una campaña presidencial agitada que el 11 de mayo próximo llegará a su punto culminante en una porfía que podría tornarse violenta.
En medio de una veintena de personas, Estrada, de sesenta años, se destaca como el héroe de las películas que alguna vez protagonizó.
La campaña electoral filipina está en marcha y la racha triunfalista de Estrada ya hizo entrar en pánico a gran parte de la comunidad financiera, mientras los obispos condenan su vida privada y los graduados en administración de empresas de Harvard que fueron contratados por sus adversarios políticos se burlan de su dominio de la economía. Estrada es sumamente popular. Todas las encuestas indican que ganaría al galope si las elecciones -una contienda en la que no habrá segunda vuelta sino que ganará directamente quien obtenga más votos- se realizaran mañana.
"Los demás pelean sólo por el segundo puesto -brama el vicepresidente-. Está bien, podemos decir que hay un paralelo con Ronald Reagan. Diría que tengo un nombre reconocido por haber sido actor cinematográfico durante veinte años. También hice carrera en la función pública, pero mi apellido nunca estuvo vinculado con ninguna clase de corrupción".
Pero Estrada tiene cierta notoriedad, un tanto desfavorable, y es renombrado por sus aventuras amorosas, que, con un estilo propio desenfadado, pone a prueba los límites de las contradicciones entre la profunda fe católica de la mayoría de los filipinos y la tolerancia que hay en su país por los pecados de la carne.
"Bien -respondió Estrada cuando le preguntaron al respecto-, ¡igual que Clinton!", y soltó una carcajada. Su consejo para el presidente norteamericano en apuros fue directo: "Sencillamente, ser sincero. Yo soy transparente con mi pueblo".
Sin ocultar ni mucho menos las cuatro familias (amén de los hijos putativos) que tiene, Estrada las mantiene a todas y dice quererlas por igual. Se dice que su legítima esposa lo apoya.
Mientras la iglesia se espantó con la candidatura de Estrada, tanto los empresarios como los inversores extranjeros aseguran estar atemorizados por su "nacionalismo económico" y temen que en caso de que asuma la presidencia, Estrada deje de lado las reformas y vuelva al proteccionismo. Sin embargo, un veterano diplomático de Manila advirtió: "No subestimen al hombre". El propio Estrada está aprendiendo a aliviar esas preocupaciones.
"Mi gobierno estará comprometido con el comercio y el mercado libres, pero paralelamente nuestra dedicación hacia los pobres será irrenunciable", dice Estrada, que promete concentrar el gasto en la agricultura y la educación y, si bien reconoce con franqueza que tiene que "estudiar" las medidas económicas del Fondo Monetario Internacional, ha resuelto convocar a un equipo de treinta jóvenes economistas brillantes para que piensen por él.
Desde el poder
Más allá, en un elegante caserón situado en un selecto barrio residencial suburbano y tapiado, el candidato del partido oficialista, que languidece en las encuestas, trama la manera en que pueda doblegar el fenómeno Estrada.
José de Venecia, el presidente de la Cámara de Diputados, es único heredero del presidente Fidel Ramos, y puede contar con la más inmensa maquinaria política del país para que se vote hasta en las últimas aldeas e islas el día de los comicios. Venecia se dice reformista económico. Pero la opinión pública lo considera un "trapo", es decir, un tradicional político filipino ávido de dinero y demasiado hábil en beneficio propio.
Todo está en juego, incluyendo los votos que pueden provenir de Imelda Marcos si ésta es excluida legalmente de las elecciones.
Un candidato que podría arremeter desde atrás es el alcalde de Manila, Alfredo Lim, cuya capacidad de tolerancia es nula y al que llaman "Harry el Sucio" por su guerra declarada contra el narcotráfico, en la cual presuntos delincuentes -en un número que sorprende- son ultimados por la policía antes de que puedan ser arrestados.
Hastiados por la delincuencia, la corrupción y el desorden, muchos filipinos tratarán de empezar de nuevo. "Ha pasado mucho tiempo -afirma Estrada- pero la difícil situación por la que atraviesa el pueblo filipino no ha cambiado. Los filipinos buscan un nuevo héroe."
(c)
La Nacion



