
La película de la luna argentina
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No quisiera defraudar al lector: voy a contar mi versión personal, y tardía, de una de las mejores películas que vi en los últimos tiempos.
Más que una versión, las sensaciones.
Se trata de una película argentina que habla sobre la luna. Muchos aquí han estado y siguen estando en la luna y en actitud contemplativa. Pero de pronto alguien baja la luna a la tierra en un lugar pobrísimo a orillas del Riachuelo y esa luna ilumina el barrio cerrado más profundo y realista: el del alma y el karma argentinos.
Les anticipo que en la casi soledad de la sala un domingo a las once y media de la mañana, horario para solos y fugitivos del alboroto de manada, reí y lloré naturalmente. Y ni esa vulgaridad jocosa ni esa humedad lagrimal tan íntimas me impidieron sentirme un espectador crítico y siempre, no importa la edad, alentado por la ilusión del asombro.
El estribillo de la canción que hiciera popular Alberto Castillo, "Siga el baile... siga el baile", y la ambientación bizarra, kitsch y grasa hacen sentir la argentinidad más fatal y brutal en la butaca. En tanto, la vida atraviesa un relato diseñado en sucesivas escalas. Como el país, en escala de cine; como la sociedad, en escala de barrio; como la historia en escala de anécdota y como la tragedia en escala de absurdo. La determinación del nombre, "Luna de Avellaneda", no es un acierto de marketing ni un recurso populista o tanguero: es un hallazgo metafórico y poético, y también intelectual. Como para desdecir a quienes, por helado rechazo al exceso sentimental y por temor a que las emociones "emocionen" el juicio, apartan a la película del valor del pensamiento.
La luna tiene una historia patética, lo mismo que la del hombre: simboliza el tiempo que pasa. Ella muere y renace. Como la Argentina, como nosotros. Por eso, mediante el ardid de una lámpara tras un biombo, la luna de la película ilumina la muerte de un hombre con igual intensidad que si fuera auténtica. No importa si sus creadores se enteraron de lo que decía Plutarco: "La luna es la morada de los hombres buenos después de su muerte". Todos en ese barrio son buenos: hasta el que quiere ser malo. Porque todos allí son sinceros, hasta el que miente. Lo que importa es que se hayan dado cuenta de que la luna es el símbolo del sueño y de lo inconsciente y también el curso de la oscuridad y de la noche.
¿Todo esto es lo que me dice a mí esta película modesta, que trasmite hacia el olfato los olores del hacinamiento y de la escasa higiene de la pobreza? ¿El olor del desigual combate entre la ilusión y el destino? Sí: todo esto. Las máscaras de quienes actúan, sin entrar a discernir cuál luce más enmascarada o enmascarado que otro. Y si están mejor Mercedes Morán que Darín, o Eduardo Blanco y Valeria Bertucelli o..., revelan el más revelador friso de caracteres humanos que se haya dado en cine sobre nuestro retrato de residencia. El comienzo y el final de la película valen, como valen en los grandes amores los comienzos y finales, que son los que se recuerdan. Los que más quedan. Si la escena de yapa en que termina la hubiera filmado así Woody Allen, se hablaría de su genialidad. Ettore Scola no hubiera filmado un carnaval mejor que el de Campanella.
Nos vemos allí argentinos, fanáticamente empujados a ese fatalismo inconcluso de sociedad lunática viva y muerta a la vez. Nos vemos como creemos que fuimos pero todavía somos. Y aun los que supieron disfrazarse y siguen disfrazados, porque todavía simulan que sigue el carnaval, bailan un baile lunar igual que aquellos.
Cuánta ordinaria pasión lineal y terrestre caben en ese club ya acabado, en esas calles ya excluidas del futuro, en ese suburbio que es la sombra de la patria, que pesa más que la patria que produce la sombra.
Hay películas inconvenientes para menores. Esta es inconveniente para adultos argentinos, ya definitivamente canallas.




