
La película de un largo encubrimiento
Cuando nos enredamos en algún asunto, conviene tomar distancia para ganar perspectiva. Puede pasar que, metidos en el barro, no estemos en condiciones de hacerlo. En esos casos, la mirada del otro puede ayudar a ver más claro. Con este ánimo me dispuse a leer la crónica de Dexter Filkins sobre la muerte de Alberto Nisman que esta semana se publicó en la prestigiosa revista The New Yorker.
¿Se suicidó o lo mataron? ¿Por qué? Incapaces, como sociedad, de dar respuesta a estos interrogantes, estamos enredados en los hilos de distintos relatos: el del Gobierno, el de la investigación judicial, el de la querella. Esta extensa nota de The New Yorker, que parte de las mismas preguntas, es la posibilidad de que nos narren. A seis meses de la muerte del fiscal, su historia, que es también la nuestra, alcanzó tal resonancia que hoy somos narrados por otro. Otro que intentó unir las piezas del rompecabezas.
La Presidenta buscó copar el cartel, a pesar de que no está claro todavía el papel que le cabe en esta trama de muertes y encubrimientos. O quizá por eso. Sin embargo, las dos horas de perorata que le infligió al periodista en Olivos se redujeron en la nota a un par de citas cortas y a un elocuente perfil psicológico. Ella se encargó de difundir la charla entera, solapándola con la publicación de la crónica. ¿Egomanía o maniobra distractiva? Ambas cosas. Los Kirchner han gobernado como si en lugar de un país gestionaran una agencia de inteligencia, y han clausurado el concepto de verdad. El que se acerca a la verdad es apartado, como anteayer Bonadio, que tras ser eyectado de la causa Hotesur, en la que investigaba los negocios de los Kirchner, advirtió quizá para protegerse: "Si aparezco suicidado, busquen al asesino".
El caso Nisman, al que el juez Bonadio alude de forma inequívoca, encierra las peores sospechas que existen sobre el Gobierno. Para hacerlo asequible al lector de su país, Filkins incluyó como parte de la historia lo que aquí ya es contexto y antecedente. Así, pasamos de la foto a la película. En su pormenorizado relato entran tanto la historia argentina reciente como las tensiones geopolíticas internacionales, con datos y hechos que selecciona buscando unir causas y efectos a fin de echar luz sobre la trama y develar las motivaciones ocultas de los actores.
La muerte de Nisman es una derivación de la voladura de la AMIA, de la que hoy se cumplen 21 años. El encubrimiento empieza en 1994. Filkins reconstruye las relaciones peligrosas de la Argentina con Irán y recuerda el testimonio de Abolghasem Mesbahi, un agente de inteligencia iraní desertor. Según Mesbahi, Carlos Menem era un agente pago de Irán y recibía grandes sumas de dinero de los persas desde mediados de los años 80. También dice que el entonces presidente había acordado desdibujar el rol de Irán en el atentado. En 2007, Ahmadinejad, presidente iraní, le pidió a Chávez que intercediera ante los Kirchner, según testimonios de ex altos funcionarios venezolanos. ¿Qué quería? Acceso a la tecnología nuclear del país y que la Argentina levantara las alertas rojas contra los iraníes acusados del atentado. "Lo que cueste en dinero, nosotros lo pagamos", dijo Ahmadinejad, según la fuente. Respecto de las escuchas de Nisman sobre D'Elía, Bogado y Khalil que el juez Rafecas (ahora a cargo de la causa Hotesur) ignoró a la hora de descartar la denuncia por encubrimiento contra la Presidenta, Filkins arriesga: "La sumatoria de detalles y circunstancias sugiere que los hombres discutían algún tipo de acuerdo tendiente al levantamiento de las alertas rojas que pesaban sobre los iraníes".
La nota de Filkins es también, en algún punto, un relato hecho de relatos. No podía ser de otra manera, tratándose de una trama siniestra protagonizada por gobiernos corruptos y agentes de inteligencia de varias nacionalidades. Pero el periodista cierra su crónica con un hecho. Cuenta que en el cementerio La Tablada los suicidas, según la tradición judía, son relegados al extremo más apartado. Nisman fue sepultado junto a las víctimas del atentado a la AMIA.
Las preguntas permanecen sin respuesta. El poder se mueve en las sombras para que la verdad siga clausurada. Pero tras la lectura de la nota de The New Yorker hay algo que parece claro: detrás de las 85 muertes de la AMIA y de la del propio Nisman se esconde la corrupción de gobiernos envilecidos, y por extensión, la degradación de una sociedad que los convalida con el voto.





