
La pobreza, el problema más serio
Por Enrique A. Antonini Para LA NACION
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El proceso de pauperización que en los últimos años ha experimentado buena parte de la sociedad argentina resulta desgarrador. Más aún cuando nos detenemos a examinar la evolución de los indicadores de pobreza en un país que, como el nuestro, hubiera podido exhibir y ofrecer realidades totalmente diferentes de las que hoy enfrenta de no haber mediado muchos años de desgobiernos -constitucionales o de facto- que equivocaron las políticas y las decisiones, por acción u omisión.
El fenómeno también se debe a lo hecho por una parte importante de nuestra clase dirigente, que priorizó intereses particulares o sectoriales por encima de las necesidades de los argentinos y, finalmente, a la tendencia recurrente a la ilegalidad, es decir, a ignorar las normas jurídicas, morales y sociales y a la corrupción generalizada que ha crecido y se ha desarrollado al amparo de una gran impunidad.
La pobreza es un problema, pero a veces no se sabe exactamente por qué existe. Con frecuencia se reduce a un asunto material, cuando no lo es en sustancia, aunque sí en muchas de sus manifestaciones. Sin abordar el tema con profundidad en la discusión política y en el aprendizaje social, la pobreza como problema se convierte demasiadas veces en argumento de la cruda lucha política, en formas que rayan en la irresponsabilidad y en la crueldad hacia quienes la viven. En un extremo, se la reduce a un robo que señala a los ricos como culpables, con lo que se convierte la envidia social en un instrumento para la movilización y la manipulación vil de las masas. En otro extremo, se la presenta como un pecado personal, resultado de la flojera o de la falta de deseos de superación individual. Ninguno de estos enfoques ayuda a los países pobres. De aplicarse alguno de ellos en los países ricos, tampoco los ayudaría.
Lo cierto es que la pobreza impide a quien la vive, individual o colectivamente, acceder a los mejores frutos del crecimiento cultural de la humanidad. Niega a los países relativa autonomía en el manejo de sus asuntos internos y dificulta el desarrollo de la armonía en la convivencia social. Una nación en la que la pobreza se acentúa castiga sus propios valores, pierde autonomía en el contexto de las naciones y corre el riesgo de hundirse en permanentes conflictos y riesgos de violencia intestina. Es decir, pierde en humanidad y gana en barbarie, pierde en libertad y gana en sometimiento, pierde en pluralismo y gana en egoísmo.
Si algún círculo vicioso mantiene estancado el país es el formado por el binomio pobreza y competitividad. Un ejemplo de cómo la pobreza incide en la baja de competitividad de una nación lo tenemos en la formación del capital humano. La pobreza impide a amplios grupos sociales tener acceso a la educación y la capacitación; a su vez, la insuficiente formación de capital humano se convierte en un cuello de botella para la inversión, lo que termina por impactar negativamente en la competitividad global de una nación.
El problema de la pobreza tiene implicancias éticas, económicas y políticas. Una sociedad sumergida en el desasosiego, la desesperanza y la inseguridad compromete seriamente la estabilidad democrática, toda vez que ésta no puede afianzarse mientras grandes sectores de la población estén excluidos de la economía y la sociedad. Y si bien el crecimiento económico y la estabilidad macroeconómica son esenciales para la reducción de la pobreza, no son suficientes. El crecimiento debe estar acompañado por medidas para asegurar que sus beneficios lleguen a todos los segmentos de la población.
Diferentes y numerosas son las teorías políticas, económicas y sociales que pretenden resolver el tema de la pobreza. La mayoría de ellas concuerda en adoptar medidas específicas en áreas consideradas prioritarias: la creación de oportunidades económicas, la promoción del desarrollo humano, el mejoramiento de la calidad de vida, la prevención de conductas negativas derivadas de problemas sociales, la creación de sociedades incluyentes y un mejoramiento de la responsabilidad y la rendición de cuentas de las instituciones del Estado.
Muchas, también, son las opiniones que señalan al populismo como una de las causas que contribuyen a mantener la situación de la pobreza en la población que la sufre. Otras, en cambio, le atribuyen la responsabilidad de haberla generado. Este fenómeno, acentuado en los últimos tiempos, reduce al hombre a un puro sujeto de derechos, ignorando sus deberes, y reduce la acción del Estado a su aspecto providente y paternalista, concibiendo al hombre como un ser que debe ser sobreprotegido.
Los desvíos, la falta de consenso, cuando no de convicción, en la instrumentación de las políticas adecuadas sigue postergando y agravando la situación de los que menos tienen. Los priva, incluso, de los derechos más elementales, garantizados por la Constitución nacional.
Mientras estas decisiones se demoran existen otras, más generales y de fondo, que pueden y deben encararse con decisión y firmeza. Han sido muchos los años de fracasos y desencantos, por lo que ha llegado el momento de practicar y exigir una nueva forma de hacer política, que no nacerá de los discursos, las declaraciones líricas o las proclamas demagógicas. Tampoco nacerá espontáneamente, como resultado de la inevitable renovación generacional, porque nuevos actores han aparecido en la escena. Por el contrario, nacerá cuando el comportamiento individual y colectivo cambie radicalmente, cuando el sistema jurídico vigente -la Constitución y las leyes- sea respetado por todos, cuando la independencia y el equilibrio de los poderes del Estado sea una realidad y no una simple expresión de deseos, cuando la corrupción sea combatida y sancionada con eficacia, cuando se haga prevalecer el interés nacional sobre los intereses particulares o de grupo, cuando el problema de la seguridad física sea resuelto y, en consecuencia, se genere un clima que atraiga inversiones que contribuyan al crecimiento económico, cuando el diálogo sincero y abierto sea un instrumento para alcanzar acuerdos y consensos y, finalmente, cuando los caprichos vanos, casi pueriles, den paso a una actitud seria, madura y reflexiva.




