
La política de la claque
Por Orlando Barone
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MIENTRAS en la inauguración del ciclo de sesiones legislativas una apabullante claque aplaudía a rabiar al primer actor y a su hiperbólica interpretación del poder eterno, la casual lectura de un texto, Shakespeare, nuestro contemporáneo , del polaco Jan Krott, me deparaba este análisis: "En Hamlet -leo-, cada uno está espiando a cada uno de los demás. Todos allí hablan de política. Y cuando la política desplaza a todas las otras preocupaciones, se convierte en una forma de locura". Acaso yo también esté volviéndome loco. Los argentinos hemos pasado a ser verdaderos personajes hamletianos. Pero no por obra de una genial ficción de Shakespeare sino por obra de una ingeniosa y zigzagueante estrategia que aspira a lograr dos indoloras sumisiones extremas: una, la de la sociedad, a la que puede incitar al plebiscito, y otra, la de la Constitución, como consecuencia analógica.
El protagonista, el Laurence Olivier de la escena, excitado por la remunerada claque populista (pero de vestuario cada día más próspero) que lo circunda, y por una elite de ciudadanos funcionarios con espíritu vasallo, se desmadra de los límites de su papel presidencial y excede su histrionismo. Actúa convencido y, con ambigua y aparente inocencia, exagera un monólogo contradictorio y anárquico, confuso y lineal, que resultaría intolerable para cualquier auditorio sano y racional apto para recibir el mensaje del poder sin tener que apelar a erráticas dotes decodificadoras o de pálpito intuitivo.
Sin embargo, hay en esa libre interpretación de Laurence Olivier una razón inapelable: hace diez años, con apenas un eslogan de pastor trashumante -"Síganme"- logró gobernar sin despotismo, pero sin tener que cumplir ni una sola promesa, a un país constituido por ricos y pobres, civilizados y brutos, intelectuales e ignorantes, y todas las variaciones que la condición humana se permite. Fue elegido y reelegido en libertad por individuos considerados libres.
Libertad igual a la que gozan los espectadores para elegir su teatro y su actor preferidos.
Harold Clurman, notable crítico y director de Broadway, explicaba en su libro Teatro contemporáneo el fracaso del New Theatre, que no alcanzó a funcionar ni dos años "debido -dice- a la inadaptabilidad del auditorio para la presentación del drama moderno y a la ausencia de un público experto para sostener un teatro de repertorio serio".
Aquel gran público, no experto, el que le falló al repertorio serio, es el que en la mayor parte del mundo decide el éxito o el fracaso, determina el destino de un tipo de civilización o el de otra. Los romanos le decían plebe y de allí viene el plebiscito. Consulta popular capaz de dar como resultado cualquier cosa. Se omiten aquí los ejemplos históricos, desde Calígula hasta Hitler, para no citar lugares comunes. De entre todos los partidos argentinos, hasta hoy, el peronismo es el más preparado y desarrollado para lograr que congenien el texto de la obra y el escenario, la interpretación y el auditorio, la estética escenográfica y la del público. Y la prueba es su éxito, últimamente tocado por una hasta ahora episódica frustración que con urgencia está empeñado en superar a pesar del casi unánime reparo de los críticos.
El auditorio argentino es más afín al teatro peronista, cualquiera sea su puesta en escena y sus intérpretes, antes que a los otros repertorios. El secreto de su perdurabilidad y su abarcadora influencia ya lo expresó el pensador italiano Norberto Bobbio en una sola palabra: cualunquismo . Tendencia ecléctica y desorientadora a la que el personaje Minguito, de Juan Carlos Altavista, hubiera definido con su proverbial segual . Para no abusar del título del tango de Discépolo.
Y en tanto los otros elencos político-teatrales, aparte de tener dificultades numéricas para llenar papeles secundarios o remotos, tienen anacrónicos pruritos ideológicos o éticos para incoporar nuevos actores, el peronismo sería capaz de blanquear con talco a un asesino serial buscado por Interpol siempre que su talento popular en escena tenga su respuesta adherente en el público.
El peligro de la reelección no es Carlos Menem. Después de todo, él es un ejemplo superador de la historia de su elenco, comparado con sus antececesores, desde Cámpora hasta el segundo Perón, Lastiri o Isabelita, cuyos desatinos (y eso es un milagro de la dramaturgia mundial) no arrastraron al partido a un merecido ostracismo de varios siglos, sino que pudo seguir en competencia sin que se le exigiera certificado de arrepentimiento.
El peligro somos nosotros, como etnia política, sometidos a esta eternidad de acabar y empezar el siglo otra vez con ellos. Es decir, con nosotros.
Cierta vez Sartre, para explicar la obra Los negros , de Genet, empleó palabras tan complejas y eruditas que se necesitaba aclarar a Sartre más que al autor. El mismo Genet la define con sencillez: "Como un espectáculo payasesco".
La definición es perfecta.
(c)
La Nacion




