La proclama modernista de Karl Marx
Por Juan José Sebreli (para La Nación )
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En contraste con su fama póstuma, en vida de Marx el Manifiesto comunista no alcanzó gran difusión: las traducciones francesa del 1848 e inglesa de 1850 no tuvieron demasiados lectores, no hubo una traducción rusa hasta 1860 ni una española hasta 1886, y la segunda edición inglesa sólo apareció en 1888, medio siglo después de su primera publicación.
Sólo en parte este folleto es una expresión de la manera de pensar de sus autores, en primer término, porque cuando lo publicaron, hace ahora cien años, éstos eran aún muy jóvenes (Marx tenía veintinueve años y Engels, veintisiete), por lo que puede considerarse un testimonio de juventud. Por otro lado, por tratarse del manifiesto de una organización política, Marx se privó de desarrollar los aspectos fundamentales de su filosofía, y sólo incluyó aquellos que podían ser comprendidos y admitidos por los demás, y, por añadidura, debió hacer concesiones en algunas cuestiones en que difería del resto de los miembros de la agrupación. También debe comprenderse que las expectativas de una inminente revolución estaban en el aire de los tiempos. En 1848 estalló el primer movimiento revolucionario que abarcó buena parte de Europa, cuyo fracaso llevaría a Marx, desde entonces, a ser más cauteloso en sus predicciones insurreccionales.
Los primeros en hacer una relectura crítica del Manifiesto comunista fueron los propios autores. Treinta y cuatro años después de su aparición, en el prólogo a la edición alemana de 1872, Marx y Engels reconocían que aquel programa había quedado en parte anticuado por el desarrollo que había experimentado la gran industria en las últimas décadas, con los consiguientes progresos ocurridos en la organización política de la clase obrera. En el prólogo a la edición inglesa de 1886, Engels reconocía que algunos aspectos estaban envejecidos, pero que "no obstante el Manifiesto era un documento histórico y ya no nos arrogamos el derecho de modificarlo", insinuando de ese modo que se trataba de una etapa concluida.
Quienes quieran conocer el verdadero pensamiento de Marx deberán recurrir, antes que al popular Manifiesto , a borradores, páginas olvidadas o nunca leídas, y editadas póstumamente. Se encontrarán entonces con un Marx que rechazaba la concepción del trabajador restringida a la clase obrera manual, tal como se da en el Manifiesto , sustituyéndola por una base social más amplia, que abarca a sectores sociales como empleados, técnicos e incluso gerentes de empresa (ver capítulo VI inédito de El capital , publicado póstumamente).
Análisis vigentes
Marx predijo también, cuando aún era muy difícil verlo, tendencias del capitalismo que se definirían en el siglo XX: la separación entre propiedad y gestión de la empresa, el crecimiento de las clases intermedias situadas entre el capitalista y el proletario, el surgimiento de nuevas formas de capitalismo que lograrían suavizar las crisis cíclicas, el desplazamiento del trabajo manual por los avances científicos técnicos en la producción, la automatización y la robotización.
Este Marx casi desconocido tiene poco que ver con el joven autor del Manifiesto . No obstante, y a pesar de todas estas limitaciones, pueden observarse en este texto algunos rasgos característicos de su obra de madurez. Si la parte dedicada al proletariado y la revolución es obsoleta, en cambio sus análisis de las tendencias del capitalismo siguen siendo en parte vigentes. Marx quedará, fundamentalmente, no como un teórico del socialismo, del que rara vez hablaba (dedicó más tiempo a criticar las distintas formas del socialismo utópico, por ejemplo en el capítulo III del Manifiesto ), sino como un analista crítico de la sociedad burguesa del sistema capitalista.
"Todo lo sólido se desvanece"
Paradójicamente, el panfleto destinado a destruir al capitalismo comenzaba con una de las mayores alabanzas, casi lírica, que se han hecho de la burguesía: "La burguesía ha desempeñado en el transcurso de la historia un papel verdaderamente revolucionario. Dondequiera que se instauró echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales. [...] La burguesía despojó de su halo de santidad todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acatamiento. [...] La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente. Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre. La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas [...]. La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto valen decir el sistema todo de la producción y con él todo el régimen social. Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente. La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes. Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado y, al fin, el hombre se ve constreñido por las fuerzas de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás". Párrafos así han permitido a Marshall Berman titular su obra sobre la modernidad Todo lo sólido se desvanece en el aire , una frase del Manifiesto , y considerar éste como una verdadera proclama modernista.
En pleno apogeo de los nacionalismos, Marx y Engels supieron ver, cuando aún estaba en germen, la irresistible internacionalización del capital, y con ella la universalización de la cultura humana: "La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta a otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones. La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello internacional [...]. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba a sí mismo y donde no entraba nada de fuera: ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material acontece también con la del espíritu: los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común. Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal".
Contra el populismo
En contraposición excluyente con las corrientes populistas y nacionalistas de izquierda (aun aquellas que se dijeron marxistas) y que causaron estragos en los países del llamado Tercer Mundo, Marx proclamaba: "La burguesía somete el campo a la ciudad. Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto de la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural, y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente".
Adelantándose a la fecha, hacía la crítica de algunos rasgos que caracterizarían a la izquierda en la segunda mitad del siglo XX, cuando encaraba en el apartado 3 del Manifiesto algunas de las variantes del socialismo utópico, prenunciando en el llamado "socialismo crítico-utópico" el gauchisme de los años 60, o del socialismo reaccionario, como el "socialismo cristiano" (hoy llamado teología de la liberación), o el "socialismo feudal", en el que se vislumbran algunas formas del tercermundismo, o el "socialismo alemán", en el que presentía la revolución de derecha del fascismo o de los llamados socialismos nacionales.
Modernidad y progreso
Nada más alejado de la epopeya modernista de algunas páginas del Manifiesto que el neorromanticismo antiiluminista, el relativismo cultural, la mitología irracionalista y arcaizante, el particularismo antiuniversalista, el culto rousseauniano del campo y los pueblos primitivos, la fascinación por el Oriente (desde el esoterismo hasta los fundamentalismos), la lamentación heideggeriana por la deshumanización de la ciudad, la técnica y la ciencia, el ataque, en suma, a la modernidad llamado posmodernidad que caracteriza en nuestros días a un progresismo paradójicamente opuesto a la idea de progreso. Lo vigente hoy del Manifiesto es aquello en lo que Marx se contrapone al marxismo tal como se encarnó políticamente en nuestro tiempo.
El entusiasmo de Marx por la modernidad no era ciego y acrítico, como suelen reprocharle algunos representantes del nihilismo setentista, afecto a las visiones apocalípticas del mundo actual. Marx supo ver los aspectos liberadores del progreso y la internacionalización y a la vez atacar su lado negativo, principalmente el abismo cada vez más profundo entre riqueza y pobreza que origina la concentración creciente del capital. En esto tampoco Marx se equivocaba: según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en los últimos treinta años la participación en el ingreso mundial del 20 por ciento más pobre de la población mundial se redujo al 1,4 por ciento, mientras que la participación del 20 por ciento más rico aumentó al 85 por ciento, y existen en el mundo 358 personas cuyos activos superan el ingreso anual combinado de países donde vive el 45 por ciento de la población mundial.
El autor del Manifiesto supo ver que la otra cara del cambio y la creación constante implicaba al mismo tiempo la destrucción permanente, pero no dejó de ser consciente de que sólo se podía luchar contra las consecuencias no deseables de la modernidad desde dentro y a favor de la misma.



