
La productividad de nuestras tierras
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Nuestra agricultura ha brindado generosos frutos al país debido –entre otras causas– a la feracidad de sus tierras. El concepto de “pampa” es sinónimo, aquí y en el mundo, de fertilidad y productividad agropecuaria, como lo ha reconocido la literatura, tanto la de propios como la de extraños.
Con el correr del tiempo, sin embargo, una parte de ese vigor nacido de la tierra fue mermando, con motivo de prácticas agrícolas depredadoras. El sabio naturalista Florentino Ameghino previno en sus escritos, hace ya más de una centuria, el proceso de degradación de los suelos, a causa de la erosión, tanto eólica como hídrica, y también por la salinización en las áreas de regadío.
En las últimas dos décadas, pero con singular vigor en los últimos años, se ha desarrollado una nueva técnica agrícola, denominada “siembra directa”, consistente en una mínima utilización de instrumentos mecánicos de labranza, lo que permite mantener sobre la superficie del suelo los residuos vegetales del cultivo anterior. Depositando en la tierra la semilla del cultivo siguiente y poniéndola a cubierto del desarrollo de las malezas con la ayuda de herbicidas selectivos se logra proteger el suelo y mejorar su productividad. El arado, representación simbólica del labrador, va quedando olvidado o restringido a los casos en que se produce la incorporación a los cultivos agrícolas de tierras anteriormente dedicadas a otras actividades.
Una reunión realizada recientemente en Mar del Plata con la concurrencia de mil asistentes adheridos a esa tecnología puso de manifiesto el progreso logrado y el interés despertado. En rápido ascenso, esta técnica de laboreo cubre ya 11,6 millones de hectáreas, que representan casi la mitad de la superficie dedicada a los granos.
Son muchas las ventajas que ofrece este sistema de cultivo. Requiere menos inversión en maquinaria, recompone la fértil capa humífera y logra una mejor retención de la humedad en el suelo, tanto para beneficio de los cultivos como para controlar la erosión antes mencionada.
El sistema mejora la productividad de las cosechas y reduce los costos de producción. Al facilitar la siembra de un nuevo cultivo apenas recogidos los frutos del anterior se abre y mejora el acceso a dos cosechas en el mismo año, en particular en el norte de la región granífera. Adicionalmente, se retiene el gas carbónico en el suelo, lo que contribuye a reducir sus emisiones, con la consiguiente ventaja ambiental. Se ha logrado, así, una feliz combinación, que apunta a conservar los suelos mejorando la rentabilidad, con lo cual se confinan al olvido los proyectos legislativos tendientes a penalizar las prácticas agrícolas erosivas del suelo.
Dos reflexiones finales. Por un lado, cabe señalar que el rápido avance de este sistema muestra la agilidad de adaptación de nuestra agricultura a los cambios cuando son rentables. Por el otro, no debe olvidarse que vastas regiones del país no resultan aptas para estas técnicas y, por lo tanto, continúan siendo sensibles a graves procesos erosivos, que deberían ser motivo, cuanto antes, de otras prácticas agrícolas preventivas.




