
La rebelión de las mujeres... recargada
Los aplausos resuenan en la sala de Andamio '90: celebramos al elenco de Lisístrata, que nos ha hecho reír, disfrutar, volver a vivir aquella explosiva "rebelión de las mujeres" que imaginó Aristófanes 400 años antes de Cristo, en los trágicos tiempos de la guerra del Peloponeso.
"Leés las comedias de Aristófanes, las comedias de Shakespeare? y ya lo leíste todo", se entusiasma una de las amigas con las que compartí la salida teatral. Le doy la razón y un poco más: sospecho que algunos momentos de la obra, aquellos en que con más alegría nos reímos, son los mismos que hacían delirar a los contemporáneos de Aristófanes. Esos seres tan distantes de nosotros como lo sería el habitante de otra galaxia; y sin embargo -así lo testimonian los personajes de Lisístrata- tan acuciados por los vericuetos del deseo como cualquier hijo del siglo XXI.
Hay disparate y descaro y repentinas honduras en la obra de Aristófanes, registro que toman el director Roberto Monzo y el adaptador Rodolfo Roca: en su puesta, Lisístrata, "la que disuelve ejércitos", es a la vez eterna y contemporánea. La historia es conocida: frente a una guerra que parece interminable, Lisístrata decide, desde el estrecho espacio doméstico al que su género la condena, promover una revuelta: convence a todas las mujeres de Atenas, su ciudad, y de Esparta, la ciudad enemiga, a iniciar una huelga "de piernas cerradas" que sólo terminará cuando los varones se decidan a firmar la paz.
Como Antígona, Lisístrata desafía la ley de la ciudad; pero lo hace en el terreno de la comedia, de los comentarios más o menos procaces, y la conciencia de que desea el sexo tanto como esos hombres a los que ella y sus mujeres atraen, ponen arteramente "al rojo vivo" y luego expulsan al páramo de la abstinencia. Y si a lo largo de la obra la locura de todos parece ir en aumento -tanto como la misoginia de aquellos que reniegan de esa "peste" de mujeres a las que sin embargo necesitan tan desesperadamente- el complot de Lisístrata revela su racionalidad: las mujeres retiran sus cuerpos porque están hartas de que la insensatez de la guerra devore a sus hijos y a esos mismos varones que ahora aúllan, las insultan, les suplican, las vuelven a insultar.
En esta versión, las atenienses se presentan como letales y atemporales armas de seducción: minifaldas, tocados de plumas, medias de red, escotes al abismo. La risa también juega al estereotipo. Ellas se mueven en pequeñas multitudes burbujeantes, inestables, cúmulos de voces superpuestas. Ellos hacen honor a la simpleza; seres de dos horizontes: las armas y eso que las féminas repentinamente decidieron negarles. "Algo de subhumano", dice una de ellas casi con ternura, largavistas en mano (las mujeres se parapetaron en la acrópolis), mientras observa a un hombre -a la sazón, su marido-, tosco y desgañitado, desesperado ante esta guerra tan distinta de la que se libra en el campo de batalla.
La puesta incluye un "coro" contemporáneo: tres actores que traen al aquí y ahora el gesto de Lisístrata. "¿Qué quieren las mujeres?", dice uno de ellos, y la insatisfacción, que por cierto es femenina pero también rigurosamente vital, se traduce en reclamo por el fin de la violencia, discusión sobre los verdaderos alcances de la palabra "igualdad", reivindicación del amor en cuanta forma se le ocurra a éste manifestarse.
Es que la rebelión de Lisístrata, que sin duda para Aristófanes no fue más que un recurso humorístico para aludir a su tiempo, parece haber resurgido -a veces como metáfora, otras no tanto- en nuestros días. Desde el Proyecto Lisístrata, que en 2003 organizó lecturas simultáneas y globales contra la Guerra de Irak, hasta la huelga sexual organizada por las esposas de pandilleros colombianos en 2006 o la campaña "¡No te des a un ruso!", que, con remeras alusivas incluidas, impulsó el año pasado un grupo de mujeres ucranianas en protesta por el conflicto de Crimea.
La obra, hay que decirlo, incluye un final feliz en el que las argucias del poder político se hacen a un lado y todos se lanzan a festejar -ahora sí- el final de la guerra. El nombre de Lisístrata quedará asociado al feminismo tanto como al pacifismo. Y al empeño, quizás, en insistir en lo imposible: el encuentro entre dos diferencias que, cada tanto, se llama amor.




