
La rehabilitación: Dreyfus y la lucha por la justicia
A cien años de la rehabilitación del capitán Alfred Dreyfus, el 12 de julio de 1906, el histórico fallo judicial alimenta un debate que crece en la Francia actual, a la par de un antisemitismo que reaparece ahora con nuevos rostros
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En la mañana del 5 de enero de 1895, el gran campo de entrenamiento del Colegio Militar de París lucía convertido en escenario de un particular acontecimiento: la degradación pública del capitán Alfred Dreyfus. La cuidada preparación del acto había insumido un par de semanas, en las que, mediante croquis y apuntes, se resolvió cada detalle, sin escatimar toques teatrales dirigidos a lograr un gran impacto. Parte de ello fue la parada de la totalidad de la población militar del instituto, la invitación de personalidades notables y figuras de la política y, a través de bandos colocados en las calles, a "toda la población que quiera presenciarlo".
Por cierto, la población acudió y en un número que nadie había imaginado. La mayoría de los 20.000 curiosos debieron permanecer fuera del predio. La puesta en escena incluyó una estudiada demora en concretar el acontecimiento principal, con Dreyfus solo, en el centro del campo.
Hasta que el general Darras, que encabezaba la ceremonia, llamó a un sargento. También la elección había sido calculada. El grado inferior del "ejecutor", para que la degradación resultara más humillante, y su elevada estatura, para que mirase al acusado desde arriba.
El sargento se inclinó hacia el oficial convicto y le arrancó de la gorra y las mangas las insignas de su grado, los botones de la chaqueta y las franjas del pantalón. Por último, retiró el sable de su vaina y lo partió contra una rodilla, arrojando los pedazos al suelo.
Cuando Dreyfus fue llevado luego al carruaje que lo trasladaría a la cárcel común, proclamó su inocencia a viva voz al tiempo que gritaba "¡Viva Francia! ¡Viva el ejército!". La multitud, enardecida, vociferó su réplica: "¡Traidor mentiroso! ¡Muerte al judío traidor!". Al pasar cerca de los periodistas, Dreyfus les pidió: "Díganle al pueblo que soy inocente".
Tres semanas después, fue trasladado a la penitenciaría de la Isla del Diablo, en la entonces Guayana francesa, donde estaría cinco años. Durante ese período y seis años más, la historia se prolongó con varios juicios y apelaciones, hasta la reducción de la condena, primero, y la reivindicación total de Dreyfus, finalmente, el 12 de julio de 1906, hace ahora cien años, cuando fueron identificados los verdaderos autores del memorando "plantado" en la embajada alemana en París, origen de la acusación.
Yo acuso
Mucho tuvo que ver en que se hiciera justicia la denodada campaña llevada a cabo por quienes nunca dudaron de que la acusación de traidor era fraudulenta, entre ellos, Emile Zola, con su célebre "Yo acuso", una carta enviada al presidente Félix Faure que hizo pública el diario L Aurore. El escritor apostaba fuerte: "Que todas mis obras perezcan si Dreyfus no es inocente No quiero que mi país quede hundido entre la falsedad y la injusticia", decía un párrafo.
El caso Dreyfus debe su trascendencia al conjunto de factores que movilizó: el antisemitismo, principalmente, que -como las caras de la misma moneda- se asoció a la aristocracia, dominante entonces en los altos mandos del ejército francés, para depurarlo de quienes estaban exactamente en las antípodas, es decir, oficiales de origen judío (los había, aunque no muchos) y que, encima, carecían de una inserción social "respetable". Se les unía la presión externa de civiles de alta posición, de extrema derecha y de un posicionamiento católico a ultranza.
Pero también el caso exhibió otro costado insoslayable: el pronunciamiento de los intelectuales. Además de Zola, Anatole France, Jean Jaurés, Alfonso Daudet, Georges Clemenceau, entre otros, se unieron por primera vez como grupo capaz de hacer frente a los autoritarismos y las persecuciones por causas ideológicas.
En su defensa, a la postre exitosa de Dreyfus, sentaron el precedente de su poder de transformar condiciones aparentemente inamovibles y que las estructuras, aun las más fuertes, no son inexpugnables.
La discriminación por antisemitismo en Francia, ejercida hace cien años contra Dreyfus, tuvo versiones posteriores, por ejemplo, tras la ocupación de las fuerzas del nazismo, cuando el colaboracionismo del gobierno de Vichy ayudó a identificar y deportar a 75.000 judíos, que fueron llevados a campos de exterminio.
Y en la actualidad, sin implicar esa trágica y masiva "solución final", las actitudes antijudías parecen estar en una nueva escalada desde hace más de cinco años, coincidente con la minimización del Holocausto por parte del líder de la extrema derecha francesa, Jean-Marie Le Pen.
Viejos y nuevos prejuicios
Los ataques y amenazas a judíos (se estima que unos 600.000 viven hoy en territorio francés) llegaron a su punto culminante en febrero de este año, con el secuestro y asesinato de Ilan Halimi, un judío francés de 23 años. En lo que pareció ser la transferencia de antiguos prejuicios a un nuevo grupo social, el jefe de la banda de secuestradores explicó que Halimi había sido elegido "porque los judíos son ricos".
El criterio de selección, por la obvia cuota de exceso y generalización que contiene, trasunta un extremo de irracionalidad tal vez más peligroso que el que sustenta el actual antisemitismo. Es que otros elementos -tal como escribió el columnista Alan Riding en el International Herald Tribune- se añaden ahora en la escena francesa. "A todas luces -observó-, los hijos de los inmigrantes árabes en Francia ven cada vez más a los judíos como sus enemigos. Este antisemitismo tiene sus raíces en la hostilidad hacia Israel que data de 1948, pero también se ha visto agravado por la continuación del conflicto israelí-palestino e incluso tensiones entre Occidente y el islam posteriores a los atentados del 11 de septiembre."
En el centenario de la reivindicación de Dreyfus -cuando se lo reincorporó al ejército, su rango fue elevado al de comandante, se les pidió perdón a él y a su familia y le fue otorgada la Legión de Honor-, París asiste a una oleada de actos vinculados con el resonante episodio, como la publicación o reedición de casi una veintena de libros referidos al "affaire".
A su vez, el Museo de Arte e Historia del Judaísmo exhibe, hasta octubre próximo, una muestra titulada "Alfred Dreyfus, la lucha por la justicia", una revisión de los 12 años que duró el caso, desde la degradación pública hasta el definitivo sobreseimiento. La muestra incluirá conferencias, discusiones y exposiciones que sirven, además, para situar el caso en el contexto de la época: cuando Dreyfus fue acusado de espiar para Alemania, Francia padecía todavía las heridas de la Guerra Franco-Prusiana de 1870-1871. Y se ahondaba en el país la preocupación ante el creciente poderío militar de la Alemania recientemente unificada. La ola de paranoia ante las evidencias de un acto de espionaje fue general, y Dreyfus, único judío en el alto mando del ejército francés, el blanco fácil de la injusta acusación.





