La relación con la ley define a una sociedad

Agustín Casalia
Agustín Casalia PARA LA NACION
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1 de agosto de 2020  • 00:00

LAUSANNE, Suiza

Cuesta deshacerse de los hábitos, tanto de los buenos como de los malos. Tardé alrededor de un año en internalizar los límites de velocidad suizos. Aquí la máxima dentro de un pueblo o de una ciudad oscila entre 30 y 50 km por hora. Si se exceden más de 5 km/h las velocidades estipuladas, la multa es de 10 francos (unos diez dólares estadounidenses) por cada kilómetro de más. Durante ese primer año, las multas llegaron con insistencia al buzón de mi casa. Y aquí las multas hay que pagarlas. Si uno se demora, llega una carta que respetuosamente llama la atención sobre el olvido. Así, hasta tres advertencias. De no saldar la deuda, la siguiente instancia consiste en que un agente, sin prevenir ni hacer escándalo, localizará el auto en el domicilio registrado y procederá a retirarle las patentes. Tan simple como eso. Conducir sin patentes en Suiza es imposible. Para volver a manejar el vehículo en cuestión habrá que recuperar las patentes, previo pago de la multa más los gastos, que serán, ahora sí, bastante elevados.

A la hora de entrar en relación con la norma, incluso una velocidad máxima, un suizo o un residente avezado se dice: "Tengo interés en que no me multen ya que aquí no hay soborno, puesta en escena ni lamentación que valga. Tarde o temprano habrá que pagar. Pero antes que nada quiero cumplir la regla; así nos lo han enseñado desde chicos. ¿Por qué debería ser de otra manera?"

El respeto por la ley define en buena medida la sociedad suiza. Mis hijas, que se han educado aquí, cruzan la calle por el pasaje de cebra. No fuimos sus padres los que insistieron en eso. Tampoco lo hacen por miedo al castigo. Sucede que, en la escuela primaria, cada año desde el primero de escolarización, realizan salidas cívicas. Son jornadas en las que los alumnos salen a la calle acompañados por dos agentes de la policía local, que les explican cómo se debe cruzar la calle, cómo andar en bicicleta, etcétera. Así de simple. Todos los chicos repiten el mismo gesto de agradecimiento hacia el conductor que aguarda mientras ellos cruzan. Los conductores, por su parte, saben que apenas un peatón denota la intención de cruzar ellos deben detenerse. Esta norma, cuyo imperio todos acatan, permite que en una ciudad como Lausanne la gran mayoría de las intersecciones no necesiten semáforos.

Una anécdota personal ilustra esta internalización de la ley. Suelo dar un seminario sobre moral kantiana en distintas ciudades europeas. Para Kant, la "conciencia moral" contiene un cierto número de principios en virtud de los cuales los seres humanos rigen su vida. A partir de ellos, pueden formular juicios morales acerca de sí mismos y de cuanto los rodea. Se trata de principios racionales, pero de una razón aplicada a la acción, no especulativa, y se expresan en calificativos como bueno, malo, moral, inmoral, entre otros. Todo acto voluntario se le presenta al hombre como un imperativo: "Hay que hacer esto o aquello", "esto tiene que ser hecho", etcétera. Kant distingue entre los imperativos hipotéticos y los categóricos. Los primeros son condicionados o interesados: cumplo la ley por miedo al castigo. Los segundos son incondicionados, absolutos o puros, y fundan el acto con pleno mérito moral. En resumidas cuentas, una voluntad es plena, moral, valiosa, cuando sus acciones están regidas por imperativos auténticamente categóricos.

Al desarrollar este tema, la respuesta de los diferentes auditorios es siempre la misma: no advierten cómo la ley puede ser pensada como una expresión del fundamento moral de la vida en común, cómo puede encarnar el imperativo categórico. La idea les resulta ajena y abstracta. Para que consigan apreciar lo específico de esta forma de pensar, debo esforzarme en ligar el desarrollo de la razón práctica en Kant y la realidad cotidiana de los participantes. Esto sucede tanto en Francia y en España como en Inglaterra. En cambio en Suiza (en Alemania en parte también), la respuesta es siempre la misma: les resulta de una evidencia meridiana. A veces hasta he tenido que justificar la inclusión de "semejante obviedad" en el programa de estudios. Es que, para un suizo medio, sin advertirlo siquiera, la ley da forma, informa, como dirían los griegos, condiciona y configura desde dentro, permite el desarrollo.

¡Qué lejos estamos en la Argentina de esta internalización de la ley! Al contrario del caso suizo, parecería que en nuestro país la ley es vista como un límite impuesto desde afuera, que constriñe, y contra el que debemos revelarnos porque oprime. No informa, sino que deforma. Es un accidente a salvar o eludir, y de ningún modo una condición necesaria.

Muchas veces se critica a los suizos por su sumisión a la ley, como si el ejercicio de la libertad tuviera que ver necesariamente con su negación. Pero si entendemos en cambio la libertad como la dimensión en donde la existencia humana alcanza la raíz misma de su despliegue, la libertad podría identificarse con la posibilidad de dejar ser lo otro en lo que le es propio y en su propia ley. Solo así podemos hablar de relación con el otro, revelándose de este modo el sentido mismo del vínculo íntimo entre ley y comunidad humana.

He tenido la suerte y la necesidad de tener que adaptarme a diferentes sistemas legales. No me cabe duda que algunos de ellos funcionan mejor que otros, en el sentido de abrir posibilidades para el despliegue de lo humano, para la comunidad de seres humanos. Cuando en el seno de una sociedad la ley ya no configura ni define, cuando la anomia se instala, es que el capricho narcisista de los que de ella disponen a su arbitrio ya ha ganado la batalla.

Filósofo DEA UNED Madrid; licenciado en Derecho y Ciencias Políticas (UCA)

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