
La religión civil en EE.UU.
Por Enrique Tomás Bianchi Para LA NACION
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El presidente estadounidense Eisenhower declaró en los años 50: "Nuestra forma de gobierno sólo tiene sentido si está fundada en una fe religiosa profunda. Lo que ésta sea poco me importa, con tal de que exista". Aludía, quizá sin proponérselo, a la que los sociólogos llamaron civil religion (´religión civil ).
Robert Bellah, sobre el camino abierto por Talcott Parsons, trató de caracterizarla en su obra Civil Religion in America (1967). Más allá de las opciones religiosas individuales y de los diversos cultos, habría ciertos elementos comunes de orientación religiosa que la mayoría de los norteamericanos compartirían. Estos elementos derivan históricamente del cristianismo, pero son mínimos, una religión common sense , un vago teísmo institucionalizado. Esa civil religion , que no compite con las iglesias particulares, está enfocada en el orden y en la ley, no en la salvación personal. Apunta a la nación y al papel que, se supone, Dios le tiene reservado. Aparece como un conjunto de valores y creencias que intentan reforzar la identidad colectiva.
Día de Acción de Gracias, juramento de fidelidad ( We are a Nation under God ), divisa nacional ( In God we trust ), apertura de audiencias de la Suprema Corte (G od save the United States and this Honorable Court ), invocaciones religiosas habituales en los discursos de funcionarios y políticos, son ejemplos entre muchos. Si bien la Constitución de Estados Unidos prohíbe que el Congreso favorezca a una religión sobre otra, se discute en aquella Corte si es lícito que el gobierno promueva la religión, en general, sobre la irreligión.
Los jueces conservadores contestan afirmativamente. Scalia, uno de ellos, dice que entre dos intereses legítimos, el de una minoría en no sentirse excluida y el de una abrumadora mayoría (los creyentes) en poder dar gracias a Dios y suplicarle como un pueblo, "nuestra tradición nacional ha resuelto este conflicto a favor de la mayoría" (en "McCreary County, Kentucky v/ACLU", del 27/6/05).
Claro está que una religión civil así concebida resulta más apta para bendecir las gestas nacionales que para enjuiciarlas o cuestionarlas. Esa divinidad no increpa a quienes la invocan: sólo los legitima. Esto se combina con una inclinación mesiánica y universalista muy presente en la tradición puritana. John Winthrop, en un famoso discurso del año 1630, veía a América como una ciudad sobre la montaña, llamada a iluminar al mundo por medio de sus valores. Ahora, el predicador Pat Robertson, en The New World Order, dice: "No habrá jamás paz mundial hasta que la casa de Dios y el pueblo de Dios asuman su rol de liderazgo a la cabeza del mundo".
Si algunos nostálgicos pueden sentirse arrobados ante tanta presencia divina en las instituciones y en los espacios públicos estadounidenses -ámbitos que en otros países aparecen más secularizados-, las últimas mutaciones de la civil religion en los Estados Unidos los dejarán bastante perplejos. En efecto, tal como el citado sociólogo Bellah lo marca en una obra posterior ( Meaning and Modernity , 2002), la tensión entre realidad social y verdad última parece haber colapsado porque "Si América [...] es una utopía realizada, una versión del Reino de Dios sobre la Tierra, entonces sus asuntos fundamentales no pueden ser puestos en discusión". De allí, el peligro de autointerpretarse como el Estado justiciero del planeta, como la nación que debe llevar al mundo la buena nueva, por la fuerza, si fuera necesario. Paradójicamente, "la nación es la Iglesia" -ya no "mi mente es mi Iglesia", como decía Thomas Paine- con lo cual un enorme poder de control es ejercido contra los disidentes.
Otro sociólogo, esta vez francés (Sébastien Fath, en Dieu bénisse l Amérique , 2004), analiza las diferentes etapas de la civil religion norteamericana, que estarían determinadas por los grupos que primaron en las diferentes épocas. Al inicio se destacaron las iglesias cristianas históricas. Después vino el cristianismo llamado "evangélico" (neopentecostales y carismáticos) con el fenómeno de los born-again (´vueltos a nacer ). Actualmente, todo se deslizaría hacia un reino en el cual la figura escatológica ya no es trascendente, sino que es la misma nación norteamericana. "Es ante todo por este dios que los Estados Unidos luchan", dice Fath, que habla de un "posmilenarismo sin dios trascendente" y de "América, una nueva divinidad tutelar".
Si estos autores tuvieran razón, podríamos terminar reflexionando sobre el riesgo de manipulación que está siempre latente en las religiones que postulan un Dios personal, cuya voluntad las potencias humanas se sienten llamadas a cumplir sobre esta Tierra. Como la alegada trascendencia es más bien silente, las interpretaciones de sus presuntos designios son disímiles -aunque siempre armonizan con intereses muy concretos de los poderes mundanos- y conllevan la posibilidad de enormes conflictos.
Hoy lo vemos. Al llamado de los fundamentalistas islámicos a la guerra santa contra los "cruzados", un importante general norteamericano (William G. "Jerry" Boykin) responde que "sólo se vencerá a Saddam y a Ben Laden si se combate en nombre de Jesús".
Puede que los enemigos terminen por hablar en el mismo lenguaje. Y eso no parece bueno.





