La República de Maradona

Pablo Sirvén
Pablo Sirvén LA NACION
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29 de noviembre de 2020  • 03:10

La última contribución de Diego Armando Maradona a la sociedad argentina fue involuntaria ya que la hizo cuando su castigado cuerpo había dejado de latir. Su improvisado, masivo y caótico velatorio será en pocos días un buen test para saber si tan desaprensivo amasijo de gente altera en algo la estadística del Covid. Si esos números no se modifican para arriba sustancialmente, habrá que dar por terminado, al menos en el AMBA, todo tipo de cuarentenas para pasar a lo que debe ser cada vez más prioritario: sentido común, cuidado individual y responsable de cada persona en su respectivo entorno y especial cuidado en los lugares más reducidos y cerrados.

Maradona muerto, sin querer, corrió por completo el velo del relato hipócrita y de doble vara con el que el Gobierno lleva adelante la zigzagueante administración sanitaria de la pandemia. En su discurso del viernes a la noche para extender una nueva prórroga hasta el 20 de diciembre de una cuarentena en los hechos cada vez más atenuada, el presidente Alberto Fernández habló con las argumentaciones habituales para evitar un aumento de los contagios. Pero fue el monumento a la negación no dedicar una sola línea a revisar públicamente los desbordes del velatorio. Prueba, una vez más, que el relato oficial se va acomodando a las necesidades de cada momento sin importarle el tendal de contradicciones que deja por el camino. Es el mismo presidente que criticaba a los runners o a los que salían de compras. Es que siempre las culpas son de los demás: denuncia a los jefes de la ciudad por la severidad de la Policía de la Ciudad al ejecutar la orden del gobierno nacional de cortar la fila de personas que pretendían llegar hasta la capilla ardiente, y también responsabilizó a los deudos por su empecinamiento en realizar una ceremonia acotada sin prestarse a un kilométrico circo funerario. Un contraste indigerible para aquellos a los que el Gobierno les viene poniendo trabas a la hora de despedir de esta vida a sus seres queridos. ¿Qué habrán sentido, además, los varados sin poder entrar a Formosa; qué sensaciones recorrerán al padre de Abigail Jiménez, que debió cruzar a pie llevándola en brazos para reingresar a Santiago del Estero; qué pensará el padre de Solange Musse, al que le impidieron en Córdoba llegar a tiempo a despedirse de su hija moribunda?

Como un grotesco al estilo de Esperando la carroza, habría sido muy divertido de ver como una ficción de humor negro que nos hiciera pensar y reír al mismo tiempo. Pero nos sucedió en la realidad: como un reflejo de lo que fue en vida, las primeras horas de Maradona fallecido aunaron al mismo tiempo muy legítimas emociones y la admiración del mundo entero hacia el gran astro futbolístico, con episodios de cuarta categoría, a los que también fue tan afecto en vida: los empleados funerarios tomándose una selfie con el cadáver, el Presidente sacándose fotos con la multitud, el barrabrava Rafael Di Zeo concurriendo al tramo "vip" del velatorio, el cierre momentáneo al público para que la vicepresidenta pudiese tener su foto tranquila junto al ataúd y los deudos, la invasión de la Casa Rosada por parte de las muchedumbres que se acercaron a despedir al ídolo, el busto de Yrigoyen cayendo al piso, personas que se refrescan en las fuentes de los patios internos de la sede gubernamental, la evacuación del primer mandatario, la vice y el féretro mientras disparaban gases lacrimógenos, el cortejo fúnebre errando la bajada al cementerio de Bella Vista.

"Siempre fueron los otros los culpables de sus errores y males, nunca él mismo, victimización bastante frecuente en la sociedad argentina", escribía Juan José Sebreli en el capítulo dedicado a Maradona en su libro Comediantes y mártires, su implacable "ensayo contra los mitos". Son 37 páginas feroces que conviene releer (o leer, para los que nunca lo hicieron) en estos días de elevación a la santidad del 10 más famoso del fútbol. Es un antídoto saludable para los que solo se quieran quedar con la imagen edulcorada de un astro con muchas luces, pero también con demasiadas sombras.

En un país tan castigado, Maradona fue una alegría casi constante durante mucho tiempo. Y cuando no fue alegría, fue sorpresa, perplejidad, indignación. Por eso lo idolatramos, amamos u odiamos (muchas veces, todo junto) con tanta vehemencia. Nadie queda indiferente.

Fue un oasis que tuvo el don de aliviar con sus chispazos futboleros las crecientes penurias de un país que, teniéndolo todo, se malogra en un derrape que pareciera no tener fin. Igual que Diego, un oasis que demasiadas veces mutó en arenas movedizas, pantano y hasta lodazal. Por eso, en cierta forma, termina siendo nuestro más perfecto reflejo como comunidad. Lo mejor y lo peor de la argentinidad se expresan bien resumidos en Maradona. Metáfora acabada de un país que teniendo tantas riquezas innatas como para que todos sus habitantes disfruten un buen pasar se malogra una y mil veces con inexplicable y persistente afán autodestructivo.

Todos sentimos en estos días tristes que se nos desprendía algo de nuestra identidad argenta, tan luminosa y oscura al mismo tiempo. Incluso para los que no vibramos habitualmente con el fútbol, Maradona nos hizo vibrar igual. Ninguno de los grandes zafarranchos que hizo fuera de las canchas (la mayoría contra él mismo, pero con esquirlas que dejaron dolorosas heridas en sus entornos afectivos más estrechos) opaca sus paseos triunfales por el césped con sus magistrales remates frente a un arco.

En vida, Maradona fue catalizador de realidades, incomodidades y caprichos sin la más mínima anestesia. En la muerte, también.

psirven@lanacion.com.ar

Twitter: @psirven

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