
La revancha de la ciencia. Por qué se volvió la musa inspiradora del siglo XXI
Portadora de valores clave para el mundo contemporáneo –de la curiosidad a la pasión por empujar los límites o diseñar el futuro–, la investigación básica sale de los laboratorios hacia la industria cultural y se prolonga en exitosas iniciativas de alfabetización científica que, según los expertos, también tienen sus claroscuros
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Ni aburrida ni, mucho menos, poco interesante. Entronizada como llave indispensable para arribar al mundo del futuro, la ciencia se tomó revancha. Lejos de cualquier estereotipo, su nivel de relevancia en la actualidad derrama prácticamente en todos los órdenes de la vida cotidiana, a caballo de innovaciones tecnológicas que han transformado nuestras vidas y que la reconocen como piedra basal.
Y ahí donde los cambios exponenciales y la transformación permanente marcarán el pulso de los años venideros, la física, la matemática, la química, las ciencias del espacio e, incluso, la biología, se revelan como aliadas indispensables para atravesar la época. Tanto como portadoras de claves esenciales, como en calidad de inspiradoras: ciertos valores del quehacer científico como la curiosidad permanente, el desafío constante a los límites, o la pasión por la invención y la innovación, se han vuelto extremadamente relevantes para moverse en el mundo contemporéano.
Como se ve, los ámbitos de circulación de lo científico derribaron los límites propios de los claustros y los laboratorios. Hoy la ciencia se ha revitalizado como política de Estado en numerosos países –incluido el nuestro–, por su enorme potencial de desarrollo integral de cualquier nación. De hecho, desde 2012 existe una red global de asesoría científica a gobiernos que, en agosto del año último, organizó la primera conferencia internacional sobre la temática, de la que participaron 220 delegados provenientes de 40 países. Y eso no es todo: las disciplinas científicas se han revelado como toda una industria cultural, literaria y de entretenimiento que confrontan permanentemente al sistema educativo.
Ante este contexto, suena razonable que también la imagen del científico ya no admita corsets ni clichés. Basta echar un vistazo superficial al universo hacker -compuesto por líderes y emprendedores que promueven cambios disruptivos a nivel global-, para advertir que no pocos de sus miembros provienen del mundo de las ciencias básicas. Más cerca de lo cool que de lo nerd, hoy tenemos que hasta los personajes de la exitosísima serie norteamericana The Big Bang Theory están tratando de correrse de los estereotipos tradicionales, mientras que, en la vida real, existe una agrupación de científicos españoles -llamada The Big Van Theory- que se dedica a difundir la ciencia mediante charlas en formato stand-up.
Definitivamente, la ciencia ha dejado de ser tópico de exclusiva circulación entre mentes privilegiadas para convertirse en un objeto de consumo que está al alcance de todos: libros, charlas web, campamentos científicos, cursos online, iniciativas multimedia y, por supuesto, formatos televisivos.
"Cada vez más científicos vemos natural y necesario el contar la ciencia al resto de la sociedad. Hoy contamos con canales que tienen mucho éxito para el entretenimiento –la televisión, los videos en Internet, los monólogos- que también sirven para la transmisión de la ciencia de modo muy eficaz", explica el matemático español Eduardo Sáenz de Cabezón, miembro de la agrupación The Big Van Theory, cuya exposición durante la jornada TEDx Río de la Plata del año último en Tecnópolis fue una de las más ovacionadas por los asistentes. El eje central giraba en torno de su amor por las matemáticas.
Sáenz de Cabezón contextualiza este interés científico por expandir los límites del laboratorio en un mundo que, cada vez, tiene más base científica y en el que, paradójicamente, hay escasez de vocaciones científicas. "Actualmente no logran cubrirse los puestos que demanda esta sociedad, cada vez más necesitada de profesionales preparados para poder llevar adelante este mundo tecnológico con cierta sabiduría", agrega el especialista, cuya agrupación es autora de "Científicos sobre ruedas. Monólogos para reírse de teoremas, bacterias y otras curiosidades", editado en nuestro país por El Ateneo.
En el centro de la escena
El doctor en Física Rodrigo Laje, también miembro de Expedición Ciencia, organización dedicada a difundir el interés por la ciencia a través de campamentos científicos, considera que este reposicionamiento de lo científico en la escena pública sucede propiciado por un fenómeno gigante a nivel global: "Nos estamos dando cuenta de que nos hacen falta muchos más científicos, matemáticos, ingenieros, desarrolladores de software, etc. O sea, gente preparada para tomar decisiones basadas en evidencia, personas que puedan desarrollar criterios propios, que puedan considerar y evaluar datos y que tengas las herramientas para manipularlos y obtener respuestas de ellos, que puedan no sólo utilizar la tecnología disponible sino crear la necesaria si es que hace falta. Creo que un gran motor de este cambio son los gobiernos de algunos países que se dan cuenta de que estamos en el siglo XXI: la ciencias es imprescindible para ser un país desarrollado".
Esta nueva centralidad de la ciencia a la que hoy asistimos alumbró una nueva camada de actores sociales que se han vuelto altamente prestigiosos. Así como, en años anteriores, el empresario tradicional o financiero marcaban la pauta de la época, en la actualidad nuevas figuras ingresaron a la escena: los desarrolladores, los programadores y, sobre todo, los hackers promueven nuevos valores en el mundo actual: una permanente curiosidad frente al mundo que nos rodea, que nos lleva a formular nuevas preguntas y a cuestionar los límites del mundo.
"Gran parte del movimiento emprendedor global se basa en la generación de ideas innovadoras y muchas veces se exploran oportunidades de negocio basadas en aplicaciones científicas novedosas que, como deriva, promueven un vínculo más estrecho entre la universidad, los investigadores de las ciencias básicas y aplicadas, y las pautas de financiamiento e incubación de emprendimientos", señala Andrés Schuschny, licenciado en Física y doctor en Economía.
Schuschny señala el viraje de algunos consumos infantiles como otro elemento digno de ser tenido en cuenta a la hora de describir esta nueva escena. "Cuando yo era niño, recuerdo que la mayoría de los dibujos animados se basaban en la confrontación polar: un bueno y un malo dirimiendo una lucha interminable. La construcción del héroe se asentaba sobre algún tipo de lucha confrontativa", rememora.
"Los dibujos animados de hoy exhiben inusitados niveles de complejidad –continúa-. Basta ver la orientación general que tienen. Son mucho más amigables con el medio ambiente y se basan más en promover el conocimiento y la investigación que el competir y ganar. Vienen a mi mente películas como Lluvia de Hamburguesas, Megamente, Los Croods, El Sr. Peabody y Sherman, todas basadas en la promoción de la innovación y la invención tecno-científica. Por otro lado, ha surgido a nivel global un dinámico movimiento que promueve el juego y el emprendimiento sobre la base del hacer. Me refiero al movimiento Maker, que ha dado lugar a una vasta red de comunidades en las que los jóvenes puede intercambiar planos, diseños y experimentos de todo tipo."
En nuestro país es variado el panorama de casos que ejemplifican lo expuesto hasta aquí. El maker-space Garage Lab; la agrupación que promueve la curiosidad y la lógica de pensamiento científico "Buscando dónde", la colección "Ciencia que ladra", compilada por el científico Diego Golombek, así como iniciativas mediáticas como el programa "Científicos Industria Argentina" o la mismísima señal Encuentro. Todos ellos, proyectos exitosos que promueven una imagen de la ciencia tan apasionante como desacartonada pero que no logra, sin embargo, hacer demasiado pie en las currículas primarias y secundarias.
El problema dista mucho de ser exclusivamente local. En mayo último se difundió que Elon Musk, el físico y emprendedor sudafricano que está revolucionando las industrias espacial, de transporte y energética, fundó una escuela para sus propios hijos y los hijos de sus empleados, disconforme tanto con el nivel de las instituciones educativas norteamericanas tradicionales como con el desfasaje entre las metodologías de enseñanza y los desafíos del mundo real.
Lo que puede ser visto como una excentricidad propia de un multimillonario no deja de ser también una pincelada propia de esta era, que abre interrogantes: ¿cómo se despiertan las vocaciones científicas? ¿por qué el potencial y los valores del quehacer científico no logran inundar las aulas?
Consciente de los desafíos que hoy enfrentan las aulas, Daniel Córdoba, profesor en física y coordinador del taller "La Física al alcance de todos", de la Universidad Nacional de Salta, reconoce que "el hecho de ponerle a nuestras disciplinas científicas su mejor ropaje, sacarlas al ruedo y mostrar su dimensión más humana y más accesible resulta formidable".
"Sin embargo, –agrega el educador– se hace necesario hacer aparecer a la escuela y repensarla como clave de la educación científica y generadora de vocaciones por la ciencia. El formato comunicacional de la divulgación científica es muy distinto al que gira en el aula en formatos más plegados a las necesidades de los docentes con lógica curricular y didáctica en torno a los libros de texto. Pero está bastante probado que no son incompatibles para nada y que seguramente más bien se complementan", analiza Córdoba, quien fue uno de los expositores del Congreso "Volver al Futuro", organizado por la Asociación de Recursos Humanos de Argentina.
Desfasajes que desalientan
De todas maneras, la percepción de lo científico en Iberoamérica continúa siendo desalentadora, de acuerdo con el estudio "Percepción y vocaciones científicas en los jóvenes iberoamericanos" cuyo autor es el investigador del centro Redes, Carmelo Polino. El trabajo se basa en las conclusiones de una encuesta iberoamericana realizada a estudiantes de nivel medio por el Observatorio de la Ciencia, la Tecnología y la Sociedad de la Organización de Estados Iberoamericanos entre los años 2008 y 2010.
Según la mencionada investigación, el interés por la profesión científica en las ciudades de Asunción, Bogotá, Buenos Aires, Lima, Madrid, Montevideo y San Pablo alcanzaba, en promedio, el 10,4% mientras que en Buenos Aires, apenas llegaba al 6,8%. Del total de jóvenes encuestados –unos 8832– seis de cada diez afirmaban que nunca o casi nunca se utilizaba la biblioteca como recurso pedagógico; también seis de cada diez reconocían que nunca o casi nunca se preparaban trabajos para ferias u olimpíadas científicas, en tanto que un 70% señaló que nunca o casi nunca se realizaban viajes de estudios o visitas a laboratorios o instituciones científicas.
Polino, reconoce las dificultades de la escuela en materia de educación científica. "Muchos especialistas señalan que el modelo de la escuela media está en crisis. Lo cierto es que es muy difícil enseñar ciencia cuando tenés alumnos con déficits básicos de lectoescritura o comprensión, o con dificultades para realizar cálculos básicos. En cualquier caso, la elección de una trayectoria de formación y profesión futura no depende de un factor como puede ser el hecho de que la ciencia tenga buena reputación. En cambio, lo que está claro, es que lo que pasa en el aula tiene incidencia importante a la hora de que la balanza se incline hacia una vocación científica."
De acuerdo con el especialista, la balanza local en materia de vocaciones se inclina hacia el Derecho, las Ciencias de la Comunicación y las Ciencias de Administración en general. "Tiene que ver con los modelos de éxito social. Por eso yo creo que la divulgación científica cumple una función fundamental: mostrar que hay otros modelos posibles de sociedad, basados en valores como la competitividad, el talento y la innovación."
Pero así como el mayor protagonismo de la ciencia en la escena pública redunda en notables beneficios, no está exento de riesgos o claroscuros.
"A pesar de esa visión más real de la ciencia que se promueve ahora (lúdica, descontracturada, informal), la difusión de lo puramente entretenido trae aparejado un segundo aspecto que no es real, y es que hacer ciencia no conlleva escuerzo. Eso es falso. Si queremos que la ciencia tenga muchoa más gente interesada en ella, por ejemplo, para elegirla como carrera profesional, tenemos que mostrar una imagen real. Desarrollar el pensamiento científico toma mucho tiempo, y hacer ciencia conlleva mucho esfuerzo. A pesar de todo ese esfuerzo, los momentos de placer intelectual y de satisfacción y relación personal que nos da la ciencia son impagables", analiza Rodrigo Laje, quien se presenta en Twitter como: "Físico+neurociencia+Expedición Ciencia+preguntas".
Polino, en tanto, señala que la mayor relevancia de lo científico en la escena mundial también pone de manifiesto sus complejidades, al asociar la ciencia con factores de poder y hasta con ciertos desequilibrios del medio ambiente. "El cambio climático, el desarrollo de sociedades más desiguales y, de fondo, la paradoja de que, para resolver muchos de los problemas que enfrenta el mundo como el hambre o el déficit habitacional no podés dejar de apelar al desarrollo tecnológico. Un desarrollo que si bien hoy ofrece mayores posibilidades de acceso, todavía no está al alcance de todos ya que persisten ciertas asimetrías relacionadas con la propia estructura social", advierte el especialista.
Con su enorme potencial y sus claroscuros, la ciencia ha dejado de ser un tópico exclusivo de iluminados o aburridos. Es también la posibilidad de robarle secretos a la naturaleza, o ponerle números al sentido común. Es, en definitiva, un territorio inspirador que invita a que lo redescubramos.



