
La revolución micro
El mundo está viviendo lo que Thomas Friedman llama “un momento Prometeo”

En 1980, en un reportaje concedido a LA NACION, Jorge Luis Borges afirmó que cuando comprendió que había perdido la vista recordó una idea del alemán Rudolf Steiner, que había sentenciado que “cuando algo concluye, eso es señal inequívoca de que algo comienza”, lo que –dijo– resulta de difícil interpretación porque cada uno sabe que algo ha concluido cuando eso sucede, pero no puede saber qué es lo que va a comenzar.
Ocurre ahora que el mundo está viviendo lo que Thomas Friedman llama “un momento Prometeo”. En su obra Thank You for Being Lte, Friedman expresa que nuevos poderes –especialmente tecnológicos– están cambiando las posibilidades de lograr metas (“fuerzas antes concedidas a los dioses ahora están en manos de muchas personas”). Y agrega: no es un momento en el que están cambiando muchas cosas sino que es un momento en el que está cambiando una: “todo a la vez”.
Un problema que tenemos es que los graves acontecimientos geopolíticos nos están obturando la visión sobre otra parte de la realidad. Estamos sesgados ante la puja arancelaria desatada por Estados Unidos, las tensiones con China, las guerras en Ucrania, Medio Oriente o el Golfo Pérsico y la desaparición de lo que el primer ministro Mark Carney llamó la ilusión del mundo basado en reglas (en el que –dice– creímos por lustros pero que siempre fue “parcialmente falso”). Ahora vivimos un orden impuesto por la fuerza y los intereses de los países. Y eso afecta las capacidades políticas, el funcionamiento de la economía, las tendencias sociológicas.
Pero en este mismo mundo está cambiando “todo”. Y así, en simultáneo, está produciéndose desde hace algunos años una mutación sustancial: una revolución microeconómica. A la que no siempre se le concede atención adecuada. Esto ocurre porque vivimos una era en la que las empresas han logrado, a través de una revolución tecnológica inédita, una capacidad de inventar, crear, operar y producir llegando a resultados inéditos. Y esa revolución microeconómica permite a la economía continuar evolucionando más allá de las convulsiones de la época.
A través del desarrollo de nuevos modelos de organización y el desarrollo de nuevos recursos técnicos, las empresas mundiales llevan adelante cuatro grandes transformaciones: la de la información, la de la automatización, la de las biociencias y la de la remodelación de las organizaciones. Y esta última (de la que dependen las otras tres) se refiere a nuevos modelos de empresas horizontalizadas, abiertas y supertecnologizadas que actúan dentro de redes creadoras de valor que funcionan a través de lo que Michael Jacobides llama “ecosistemas”, en los que se llegan a producir bienes y servicios inimaginables. Allí, las empresas innovativas son cada vez más poderosas (más poderosas incluso que muchos gobiernos). Y no se trata solo de las grandes empresas sino que también se destacan lo que Hal Varian (de Google) llama “las micromultinacionales”.
En 2025 esas empresas globales han generado innovaciones tales como los robotaxis; el procesador Blackwell (el mayor salto en hardware para IA); las plataformas de IA aplicadas a salud, vehículos y simulación; o los avances en los bancos financieros digitales. El World Economic Forum resalta entre las disrupciones de 2025 la ingeniería de terapias vivas, las baterías estructurales y los sistemas de generación de energía por ósmosis. Más aún: estas empresas están haciéndose cargo de actividades antes eminentemente estatales (como los satélites, la ciberseguridad, las telecomunicaciones globales, los avances en la salud pública, el desarrollo energético moderno, la infraestructura y administración de datos o la exploración espacial) y hoy controlan los cables submarinos de internet, las nubes globales las constelaciones satelitales, los centros de datos y las redes de IA. Mucho de lo que antes dependía de lo público hoy depende de ellas.
Hasta han modificado el flujo de valor económico internacional poniendo a los intangibles como los principales contenidos de las cadenas internacionales de valor (como enseñan Jonathan Haskell y Stean Westlake en Capitalism without Capital). Y mientras antes se destacaban por la exportación de sus productos y luego lo hicieron por la de sus tecnologías, hoy lo hacen por la de sus estándares.
La capacidad de las empresas mundiales ha llegado más lejos que nunca y permite concebir un nuevo tipo de innovación: la creación de nuevos mercados para actividades antes inexistentes. Dice Efosa Ojomo (siguiendo a su mentor Clayton Christensen, en Harvard) que la innovación ahora llega a través del “market creating innovation”: la innovación crítica ya no se refiere a cómo producir más con menos costos o a cómo añadir alguna cualidad a cierto producto para que permanezca en el mercado, sino a la generación de nuevos mercados con prestaciones antes inexistentes que solucionan necesidades antes inabordables de poblaciones antes inalcanzadas (la “innovación disruptiva”).
Para entender lo que ocurre en el mundo, entonces, conviene advertir que el cambio al que asistimos es sistémico. Y holístico. Y añadir al gran interés que despiertan los acontecimientos geopolíticos, un interés mayor en la revolución microeconómica. Es esta la que está cambiando la realidad más velozmente que lo que jamás había ocurrido.
Lo que, para la Argentina, sumergida en un proceso de cambio dirigido hacia la instauración de una economía de mercado con iniciativa de las empresas privadas y un sector público poco interventor, es crítico: la convergencia con la revolución microeconómica global es un requisito.
Presidente del Comité Argentino de la International Chamber of Commerce (ICC) y Director de la Maestría en Business & Technology del ITBA


