
La sangre del museo
Por Daniel Larriqueta Para LA NACION
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Francisco Pizarro ha vuelto a morir en el Museo Nacional de Bellas Artes. Ha vuelto a morir, durante algunas semanas, de su muerte trágica y augural, después de haber conquistado y fundado la América del Sur que hoy somos. Y, con ese cuadro impresionante, que le valió ser admitido en el Salón de París de 1886, Graciano Mendilaharzu ha revivido también; ha reaparecido la figura "maldita" de ese formidable pintor, que sucumbió a su locura en el Buenos Aires de 1894.
Pizarro y Mendilaharzu, dos genios trágicos de nuestra construcción y nuestra memoria, se juntaron después de mucho tiempo en la muestra Primeros modernos en Buenos Aires 1876-1896 , que reunió una espléndida colección de grandes obras argentinas, generalmente dispersas o guardadas.
Con el retorno a la luz pública de El asesinato de Pizarro , nuestros museos recuperan patrimonio y memoria. Propiedad del Bellas Artes, la pieza estuvo prestada al Museo Histórico Nacional, que no tenía, últimamente, posibilidades de exponerlo, y que no dispone de una dotación de especialistas como la que fue necesaria para restaurarlo, para que la curadora Laura Malosetti Costa lo incluyera, con muy buen criterio, en un lugar destacado. Y el gran cuadro ha vuelto a hablar de Mendilaharzu y de Pizarro.
Tenía menos de treinta años el artista cuando realizó la pintura, con tal talento que parece volver a contarnos aquel momento crucial de nuestra historia. La osadía, el coraje, la desmesura y el dolor de la construcción de la América indiana están en la escena. Pizarro, con sus vestiduras negras y su pelo blanco, sangrando por la estocada mortal en el cuello y dibujando con su propia sangre la cruz en el piso, se impone en un primer plano dramático. El matador, acaso Martín de Bilbao -pues no hay certeza histórica sobre el desarrollo de los hechos- lo mira absorto y con la espada todavía en la mano; una claridad muy limeña entra por el portalón donde se agolpan los otros conjurados y, a la izquierda, una barandilla de hierro forjado de un minucioso realismo da al conjunto el sentido paradójico de lo cotidiano.
Sabemos que el inspirador de la conjura era Diego de Almagro el joven, hijo del descubridor de Chile, que, poco antes, había sido ejecutado por orden de Hernando Pizarro, luego de sofocar una rebelión que ensangrentó a Cuzco y a todo el sur del Perú.
La rebelión y la ejecución del mariscal Diego de Almagro, compañero y socio de Pizarro, por diferencias en las jurisdicciones y la autoridad en el Nuevo Mundo, dio el tono iracundo de la época.
Francisco Pizarro se enteró en Lima del éxito y la furia de su hermano. Tenía entonces unos setenta años y hacía nueve que había entrado en el Perú, ya hombre mayor para la época. Sus logros le valieron todo el reconocimiento del emperador Carlos V, que lo hizo marqués, una distinción infrecuente en ese tiempo, y lo nombró gobernador por delegación personal, mientras el anciano esperaba ser ascendido a virrey.
En aquel día de junio de 1541 los conspiradores organizaron todo un plan de ataque a la residencia del fundador de Lima. Los rumores llegaron a oídos de Pizarro, pero éste los desechó, acostumbrado como estaba a una vida de excitación continua.
Cuando los conjurados avanzaron sobre la casa y lograron entrar en el patio interior matando a los primeros guardias, uno de ellos pudo gritar: "¡Socorro, socorro, que los de Chile vienen a matar al marqués!". El anciano conquistador alcanzó a armarse para enfrentar a los atacantes, mientras algunos de sus parciales huían o eran heridos, y, a pesar de su edad, sableó a dos de los atacantes antes de recibir la primera estocada. Caído, logró trazar la cruz con su sangre mientras los demás conspiradores lo acuchillaban, en un magnicidio que acaso tiene resonancias americanas de la muerte de Julio César. También en Lima se escucharon los gritos de "¡muera el tirano!", aunque matizados por el consabido "¡viva el rey!".
Esa escena trágica es la que pintó Mendilaharzu. Pero la fuerza del cuadro y su proyección hacia el espectador sugieren que el autor nos quiere hablar de lo que siguió. Porque con el asesinato de aquel supremo representante real se abre un período de guerra civil sin cuartel y sin límites.
Con el tiempo y la demora propia de las comunicaciones de la época, Carlos V y su hijo Felipe, entonces gobernador de España, designaron el primer virrey del Perú en la persona de Blasco Núñez de Vela, encargado de aplicar reformas económicas en la línea de lo predicado por Bartolomé de las Casas y de someter y juzgar a los sediciosos. Otro hermano de Pizarro, Gonzalo, encabezó la resistencia contra la autoridad real y, luego de un sangriento enfrentamiento, apresó y ejecutó al virrey en 1546. ¡Nada menos que al virrey, figura de jerarquía real!
La Corona reaccionó con toda su autoridad, pero en lugar de enviar a un jefe militar al insumiso Perú, encomendó la tarea a un clérigo inteligente, paciente y enérgico: Pedro de la Gasca. El "pacificador" La Gasca -tal el título de la época- controló la situación, restableció el orden y ejecutó a Gonzalo Pizarro en 1548.
Para inmortalizar su tarea, La Gasca eligió fundar, en pleno altiplano, una ciudad a la que simbólicamente llamó La Paz. Es la hoy capital de Bolivia, a la que Carlos V dio un escudo con la expresiva leyenda: "Los discordes en concordia / en paz y amor se juntaron / y pueblo de Paz fundaron / para perpetua memoria". La sangre de Francisco Pizarro había coagulado en la fundación de una capital americana.
El cuadro de un gran pintor argentino, que retrata con la fuerza del arte un gran momento de la historia fundacional, es de la mejor sangre de nuestros museos: Mendilaharzu y Pizarro.
Las autoridades del Museo Nacional de Bellas Artes están estudiando la posibilidad de incorporar ese cuadro a su muestra permanente, en la que hay pocas interpretaciones de aquellos lejanos tiempos iniciales. Ojalá sea posible.




