
La semana en la que se eclipsó el cambio
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Según viene la mano, habrá que prepararse. Los cascotazos empezaron a llover antes de la llegada del nuevo gobierno. Fue una primera pedrada retórica, arrojada nada menos que por el ministro de Seguridad. Aníbal Fernández no se muestra muy interesado en prevenir el delito, pero sí las consecuencias de una derrota que acaso, a juzgar por la desmesura de sus palabras, ya considera inevitable. Es difícil no escuchar en ese exabrupto una amenaza proferida con ínfulas proféticas por parte de quien pertenece a una fuerza política que no ha mostrado inhibiciones a la hora de apelar a la violencia en la disputa por el poder. Tal vez pronosticó “calles regadas de sangre y de muertos” si la oposición gana las elecciones porque hay numerosas pruebas, en la historia reciente, de que el peronismo puede proveer las condiciones necesarias para que esa clase de desgracias vuelvan a ocurrir y nos devuelvan, una vez más, al estado de barbarie. Son muchas las veces en las que el peronismo no se detuvo ante el límite de la violencia. Por eso no habría que tomar las palabras del ministro a la ligera. El recuerdo de las catorce toneladas de piedras sobre el Congreso mientras se votaba la reforma jubilatoria está aún fresco. Gobierno que no es el propio, lo cascotean. Primero con palabras y después con elementos más contundentes. En nombre del pueblo, al que sin embargo también cascotean, desde el poder, con inflación, inseguridad y jubilaciones de miseria.
La poca fe que el oficialismo se tiene para las elecciones también queda expuesta en la novela de la proscripción de la gran jefa. Con Axel Kicillof a la cabeza, el kirchnerismo marcha hacia Tribunales para denunciar una “dictadura judicial” con un relato a esta altura insostenible. Cada vez más encapsulados, reinciden en él con el gesto reflejo o condicionado del perro que le ladra a la luna. El gobernador brama que a Cristina Kirchner la quieren “proscribir” con “1600 hojas llenas de palabras y mentiras y ni una sola prueba”. Posiblemente, la mayor parte de quienes lo escuchaban (sobre todo funcionarios y dirigentes) no creen en eso (ni en la sanata de la proscripción ni en la falta de pruebas), pero aplaudían con fervor, consustanciados con la épica del perseguido que tanto rédito les ha dado. El problema es que la vicepresidenta no está proscripta y, si quisiera, puede ser candidata. Un detalle. No está prohibido decir que llueve para arriba.
La ciudadanía necesita depositar su confianza en políticos que, a su legítima ambición personal, antepongan un bien mayor, que los excede. El país, por ejemplo.”
Mientras, del lado de la oposición hacen lo posible por devolverle alguna esperanza al oficialismo. Está muy bien que un político anhele llegar al poder y compita con decisión en las internas de su partido. Pero ya no es tan bueno que el contendiente intente prevalecer a cualquier precio. Nos hemos cansado de ver a dirigentes con ambiciones inversamente proporcionales a su capacidad que se sienten llamados a sacrificarse para gobernar el país. No lo digo por ninguno de los precandidatos opositores, sino porque presumo que buena parte de la ciudadanía necesita depositar su confianza en políticos que, a su legítima aspiración personal, antepongan un bien mayor, que los excede. El país, por ejemplo. ¿Suena idealista? Seguro, pero me temo que, sin una cuota de idealismo capaz de plasmarse en hechos concretos, difícilmente la Argentina pueda dar el giro que necesita para salir de la espiral descendente en la que se encuentra.
El arte de divorciar las palabras de los hechos o las intenciones de manera ostensible debería ser prerrogativa exclusiva del oficialismo. Cualquier señal de que Juntos por el Cambio no representa precisamente eso, el cambio, provoca un daño a su capital electoral, porque aquel ciudadano que apueste por el cambio puede deducir, si la bronca le escamotea el contexto, que en el fondo son más de lo mismo. Es el efecto que podría tener la disputa entre Mauricio Macri y Horacio Rodríguez Larreta acerca del modo en que se llevarán a cabo las elecciones porteñas.
“A la sociedad no le importa esto”, dijo con buen tino María Eugenia Vidal. Sin embargo, pareció que al expresidente y al alcalde no les importaba otra cosa que imponer su voluntad por sobre la del otro. Y en público. ¿Quién ha cambiado las reglas de los comicios porteños? ¿Macri en 2019, al unir esa votación con la nacional en una boleta sábana, o ahora Rodríguez Larreta, que decide separarlas en elecciones concurrentes? La respuesta no tiene mucha relevancia si, como parece, lo que privilegia el alcalde es su candidatura a presidente y Macri actúa defendiendo la de su primo con el empecinamiento de quien, pudiendo ejercer ya otro tipo de autoridad, no ha renunciado del todo al poder.
Además de alejarlos de la sociedad, la pulseada entre ambos puso en riesgo no solo la fortaleza de PRO, el partido que fundaron, sino también la de la coalición de Juntos. Harían bien en preservarla con una cuota de desprendimiento. La van a necesitar. Primero, para imponerse en octubre a los populismos, lo que no está garantizado. Después, si resulta lo primero, para mantener firme el timón y seguro el rumbo cuando empiecen a llover las piedras.





