
La situación de posguerra en Irak
Por Francisco Corigliano Para LA NACION
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Transcurrido algo más de un año de la intervención militar de Estados Unidos y sus escasos aliados en Irak -Gran Bretaña, España, Italia, Australia y Polonia-, el balance arroja elementos de incertidumbre e inestabilidad. La guerra, dispuesta en abril de 2003 por las autoridades de Washington sin tomar en cuenta ni la voluntad mayoritaria de los Estados miembros de Naciones Unidas ni las manifestaciones callejeras populares en contra de la opción bélica, pasó por alto las enseñanzas que Hans Morgenthau nos legó en su libro Política entre las naciones , escrito en 1948.
Ya en sus primeras páginas, el "padre del realismo" nos enseña que la historia no muestra una correlación exacta entre la calidad de los motivos y la calidad de la política exterior. Aplicado al tema que nos ocupa, e independientemente de las buenas razones que la administración de George Bush (hijo) pudo haber alegado en su momento para justificar la intervención en Irak -la supuesta tenencia de armas de destrucción masiva y las masivas violaciones a los derechos humanos por parte del régimen de Saddam Hussein, además de otras menos loables-, dichos motivos estimularon una alternativa de fuerza cuyas consecuencias están reñidas con la prudencia, la suprema virtud en política para Morgenthau. Lejos de constituir un caso exitoso de building nation como lo fueron Alemania y Japón después de 1945, el Irak de la actual posguerra reúne componentes propios de los Estados colapsados o fracasados ( collapsed states ), tales como el vacío de poder estatal, la exacerbación de los conflictos étnicos preexistentes, la acentuada presencia de las fuerzas paramilitares y/o parapoliciales y alarmantes indicadores de violencia sobre la población civil, como lo atestiguan las imágenes de torturas a prisioneros de guerra difundidas recientemente por los medios. En esta situación de liberación de tendencias centrífugas, el único elemento aglutinante en la sociedad iraquí es la generalizada resistencia a la presencia norteamericana, trágicamente evidenciada en diarios atentados y secuestros.
En el cierre de la primera parte de su obra, Morgenthau nos advierte acerca del dilema central del poder norteamericano tras el fin de la Segunda Guerra Mundial: el de ser muy poderoso y, al mismo tiempo, no ser omnipotente. Por cierto, Estados Unidos tiene atribuciones y compromisos de orden mundial, pero no es tan poderoso como para ignorar el impacto que tienen sus políticas -o sus omisiones de política- en su posición respecto de las otras naciones.
Esta importante lección fue hasta el momento ignorada por la administración republicana de Bush, la cual lanzó una guerra de alcance mundial contra los grupos terroristas y los Estados que los cobijan. En esta cruzada, Estados Unidos define la misión y las reglas. ¿Pueden y deben las autoridades de Washington actuar como un Leviatán hobbesiano con jurisdicción global? Una posible respuesta a esta pregunta puede rastrearse en la distinción conceptual que hace Morgenthau entre poder legítimo y poder ilegítimo.
El poder define a cualquier vínculo social o instrumento que tenga por fin el control del hombre sobre las mentes y voluntades de otros hombres. Es decir, abarca un amplio abanico de alternativas que van desde el extremo de la violencia física hasta el más sutil mecanismo de control psicológico. Mientras el poder ilegítimo se basa en la fuerza bruta, el legítimo utiliza otros recursos para lograr su meta. La pluma del especialista alemán nos advierte, por ejemplo, que un poder ejercido en nombre de las Naciones Unidas tiene más posibilidades de conseguir su propósito que otro poder equivalente ejercido por una nación agresora o a los efectos de violar una ley internacional. Reflexión perfectamente aplicable al caso tratado en estas líneas. Mientras la primera intervención norteamericana en el Golfo Pérsico de 1991, destinada a frenar la invasión de Irak a Kuwait y evitar una alteración del statu quo vigente en la región, contó con el apoyo de la mayoría de los Estados miembros de Naciones Unidas, de los aliados tradicionales y del mundo árabe (con la excepción de Yemen, Jordania y la Organización para la Liberación de Palestina), la llevada a cabo en 2003 -justificada sobre el argumento de la existencia aún no comprobada de armas de destrucción masiva en territorio iraquí- no contó con el aval de legitimidad proveniente de las Naciones Unidas o de otros canales de expresión de la comunidad internacional.
Junto a estas precisiones, Morgenthau denuncia la tendencia de los estadistas a reducir el poder político a la aplicación efectiva de la fuerza, sin tomar en cuenta la importancia del prestigio. Una política de prestigio logra un verdadero éxito cuando ofrece a la nación un poder que la exime de tener que emplear el poder que realmente tiene. En este éxito intervienen dos factores: una indiscutible reputación de poder y la reputación de restringirse en cuanto a su empleo. Durante los años de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética utilizaron instrumentos vinculados con el prestigio.
En una pugna ideológica presentada por ambas superpotencias como una contienda entre dos filosofías, dos sistemas económicos y dos modos de vida definidos como incompatibles entre sí, la lucha por el poder -nos advierte Morgenthau- no sólo requiere los métodos tradicionales de la presión política y la fuerza militar, sino otros instrumentos más adecuados para triunfar en la lucha por conquistar las mentes de los hombres. Instrumentos tales como la propaganda -cuyo objetivo es el de incrementar el propio prestigio y disminuir el del enemigo- y la asistencia externa, que procura cautivar a la nación que la recibe con la supremacía económica y tecnológica de la nación que la otorga.
Al respecto, el autor de estas líneas se pregunta: ¿no será hora de que el gobierno de Bush dosifique las estrategias punitivas y coercitivas que sólo contribuyen a irritar a los aliados tradicionales de Estados Unidos, incrementar el resentimiento existente hacia el poder norteamericano en diferentes rincones del planeta y debilitar el prestigio de los Estados Unidos? ¿No será hora de que la administración republicana complemente los recursos "duros" de poder militar con recursos "blandos", hasta el momento descartados, tales como las medidas de asistencia y desarrollo socioeconómico en áreas marginadas, probables caldos de cultivo de futuros terroristas?
Como puede apreciar el lector en este apretado comentario, las lecciones del viejo maestro no han perdido vigencia. Buceando en la historia, Morgenthau nos advierte que en su momento de máximo apogeo e influencia, los Estados suelen caer en tres errores de apreciación respecto del poder propio y del de las otras naciones: la creencia de que la ventaja obtenida tiene un carácter absoluto y no relativo; la suposición de que dicha ventaja es inmune al cambio; y el presupuesto de que un único factor de poder define la superioridad de un Estado respecto de los demás. Las actuales autoridades de Washington caen en las tres falencias señaladas, al suponer que la supremacía militar constituye una ventaja necesaria, suficiente e inmutable que permitirá ganar la guerra contra el terrorismo.
La exhibición de la fuerza en forma unilateral, caprichosa y excluyente no resulta un instrumento adecuado ni legítimo para enfrentar al terrorismo y sus cómplices estatales y no estatales. A menos que las autoridades de la Casa Blanca y del Pentágono reemplacen esta rígida estrategia por otra que tome en cuenta la opinión de los aliados tradicionales y permita ganar nuevos adherentes a través de la sutil combinación de recursos duros y blandos de poder, esta guerra tendrá un solo resultado posible: la pérdida del prestigio y legitimidad internacional de los Estados Unidos.





