
La sobreactuación de la historia
Ignacio Echevarría El Mercurio/GDA
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BARCELONA
Corren los años setenta, y un cineasta argentino dice: "Creo que después de Marx la gente es muy consciente de la historia. La decadencia del colonialismo, la aparición del Tercer Mundo... la gente se ve a sí misma interpretando un papel en este proceso. Esto resulta tan peligroso como no tener ninguna visión de la historia. Envanece mucho a las personas. Viven en una especie de capullo de seda intelectual. Quítales la palabrería y la idea de revolución, y la mayoría se quedaría sin nada".
Es V.S. Naipaul quien cita estas palabras, sin dar el nombre del cineasta. Lo hace en uno de sus formidables reportajes sobre la Argentina de aquellos años (El cadáver de Puerta de Hierro, de 1972). Conviene tener presente el contexto: un país bajo dictadura militar, azotado por la guerrilla y una inflación salvaje, a la espera de que Perón regrese y se produzca un milagro.
Este trasfondo tumultuoso impregna de dramatismo las palabras del cineasta, que aluden al perfil de muchos de esos guerrilleros que entonces sembraban el terror y que, cuando caían en manos de la policía, eran brutalmente torturados: jóvenes de clase media que oscilaban entre el peronismo y el comunismo, y que se veían a sí mismos "como una especie de héroe de revista de cómic".
Han pasado más de tres décadas, aquel trasfondo ya no es el mismo, pero la observación del cineasta resulta perfectamente valedera en cualquier lugar del mundo, si bien las consecuencias parecen ahora más inocuas, al menos en Occidente. La gente, de hecho, es cada vez más consciente de la historia, pero ya no se lanza a la calle ni mucho menos toma las armas en nombre de ninguna revolución. Ello se debe, entre otras cosas, a que en todo este tiempo no ha dejado de rebajarse el nivel de lo que admite ser calificado de histórico. Con este reclamo, el de que se trata de "un acontecimiento histórico", se percibe indistintamente la visita del Papa o de una estrella de rock, los funerales de un líder político o los de la víctima de un sonado atentado, una huelga general o una manifestación por la paz.
Todos acuden a la convocatoria de turno provistos de su cámara digital o de su teléfono celular, y no dejan de tomar fotos que acreditarán luego su presencia: "Yo estuve allí". Lo de menos son los motivos. Lo importante es eso mismo: haber estado allí, haber participado del acontecimiento, haberlo vivido en carne propia, como quien dice, convertido uno mismo en reportero de su propia experiencia.
Los medios de comunicación amplifican de antemano esa dimensión histórica del acontecimiento, y eso mismo incrementa el atractivo del reclamo. A partir de cierto nivel de "historicidad", determinado por los cálculos de asistencia, que es a su vez determinado por el énfasis que los medios ponen en preverla muy cuantiosa, la cifra real de los asistentes se desorbita y resulta, al cabo, insignificativa.
Un ejemplo reciente lo ha proporcionado, en España, la masiva manifestación convocada en Barcelona el pasado mes de julio para protestar contra los recortes impuestos por el Tribunal Supremo de Justicia a la reforma del Estatuto de autonomía catalán. Al lector latinoamericano no tienen por qué importarle los detalles sobre esta convocatoria, que aquí se menciona únicamente por la comicidad que se desprende de los cálculos tan diferentes sobre el número de asistentes: un millón y medio, según la organización convocante; más de un millón, según la mayor parte de los medios afines al nacionalismo catalán; 400.000, según la Guardia Urbana; 56.000, según una evaluación encargada por la agencia de noticias EFE y realizada a partir de tomas fotográficas...
¿En qué quedamos? No hay por qué quedar en nada. La dimensión histórica del acto ya estaba decidida, y cualquiera que fuera la cifra real de asistentes resultaría imposible deslindar de ella el número de quienes acudieron sin otra motivación que la de actuar como reporteros de su propia vivencia de la historia. Por lo demás, la misma gente que acudió a aquella manifestación celebraba al día siguiente, de forma no menos masiva, la victoria de España en el Mundial.
La visión más común que en la actualidad suele tenerse de la historia -y que abonan la mayor parte de las novelas de género que gozan del favor de los lectores- se corresponde en la actualidad con la de una especie de gran parque temático en la que, según la época de que se trate, los personajes van ataviados de un modo u otro, y se codean, llegado el caso, con los más célebres personajes del momento. Esto por lo que al pasado respecta.
Por lo que respecta al presente, la historia es un relato tan desarticulado e ideológicamente tendencioso como el de cualquier noticiero televisivo, con su variado menú de acontecimientos históricos al que el ciudadano es muy libre de incorporarse mediante un simple desplazamiento al lugar de los hechos.
No es raro que, absorbidos por esta dinámica, los ciudadanos sobreactúen e incurran, en consecuencia, en ciertos excesos. Es posible que la historia padezca, en la actualidad, un problema de sobreactuación, en efecto. Pero eso es algo inevitable cuando se trabaja con tantos actores. Y, además, no hay nada que un buen guionista no pueda arreglar.






