
La sociedad, amedrentada
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El cúmulo de episodios de carácter delictivo que la crónica periodística registra a diario (en la que no están abarcados, probablemente, todos los hechos vandálicos que se producen) y su honda repercusión en la vida cotidiana han llevado a la sociedad a un preocupante estado de amedrentamiento.
Sin ir más lejos, es posible percibir esa sensación, en la cual se aunan el temor y la impotencia, en las conversaciones rutinarias y, asimismo, en la generalizada adopción de conductas precavidas que, por innecesarias, no eran frecuentes en otras épocas.
Uno de los factores que provocan este malestar colecctivo es la reiterada sucesión de una vasta gama de delitos, cometidos por lo general con singular violencia y absoluto desprecio por la vida y los bienes ajenos. Los ladrones de automóviles, antaño pacíficos, actualmente suelen hacer exhibición de armas; en las puertas y las inmediaciones de los bancos menudean las salideras; en cualquier parte se producen arrebatos de toda laya, hasta por valores ínfimos, y decenas de ardides son puestos en práctica para despojar a incautos -por las buenas o por las malas- sin hacer mención, por supuesto, de otros delitos de mayor envergadura y, acaso, más sangrientos carices.
No sólo quienes han optado por transitar la torcida senda de la mala vida hacen alevosos uso y abuso de la fuerza. El injustificado ejercicio de la violencia, demostración evidente de endémica irracionalidad, también está enquistado en otros sectores del cuerpo social. Para probarlo bastaría, tal vez, mencionar las correrías de las barras bravas, dedicadas a asolar los estadios de fútbol y sus alrededores, o tener en cuenta que un adolescente se encuentra en gravísimo estado tras haber recibido un botellazo en la cabeza, como consecuencia del tumulto desencadenado por una patota en un pub de Pinamar. Y hay que recordar, además, los numerosos accidentes de tránsito en que inocentes transeúntes fueron abandonados, en calles o caminos, por quienes los habían arrollado.
Ese amedrentamiento se agudiza, si cabe, porque la comunidad, sensibilizada por este progresivo deterioro de su calidad de vida, no alcanza a percibir la existencia de soluciones eficaces para frenar el avance de esas múltiples formas de violencia. Las autoridades son conscientes de esos temores y los cuerpos de seguridad han redoblado esfuerzos para mitigarlos, por lo menos: la nómina de policías caídos en cumplimiento del deber es un reflejo de esa preocupación.
No obstante, y como ha sido expresado en otras oportunidades en esta columna editorial, cabe reiterar que la labor policial está lejos de haber alcanzando los niveles de eficiencia y credibilidad deseables. Al sentimiento de desprotección que experimenta la comumidad por las causas apuntadas hay que sumar los temores generados por la presunción de que subsisten ciertos reprobables excesos de celo -materializados en el vulgarmente denominado gatillo fácil-, que no contribuyen precisamente a enaltecer a las fuerzas de seguridad y que deberían ser erradicados en forma definitiva y terminante.
Otros conflictivos hechos recientes, que deberán ser dirimidos por la Justicia, son expresivos acerca de un cierto grado de deterioro de la confianza que la población necesariamente debe depositar en las instituciones a las cuales ha encomendado su seguridad.
Solucionar estos brotes de violencia no es tarea fácil, por cierto. Se trata de un objetivo que debe convocar a la sociedad en todos sus niveles. Sólo mediante la educación, la prevención y, en última instancia, la adecuada represión, llevada a cabo conforme a las leyes vigentes, podrá ser cauterizada esa sensación de temor que afecta negativamente a la sociedad.



