La solidaridad sustentable

Por Miguel Enrique Espeche Para LA NACION
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30 de mayo de 2003  

Ya hace tiempo que se está hablando de la cantidad de voluntarios que se acercan a diferentes instancias organizadas en función del bien común. Miles de personas se convocan en torno de fundaciones, comedores comunitarios, grupos de ayuda mutua, hospitales, organizaciones no gubernamentales y organizaciones barriales, demostrando que algo ocurre, muy interesante por cierto, en el corazón de una sociedad amenazada por el virus del escepticismo y la angustia. La enorme ayuda recibida por la inundación en Santa Fe es sólo un corolario de tal fenómeno, que llega a sorprender a quienes creían que todo estaba perdido en el terreno de la ética social.

Es claro que, si bien existe, como reflejo banal del auténtico amor comunitario, lo que podría llamarse una "moda solidaria", esta tendencia no podría sostenerse sin una genuina base dentro del cuerpo de la sociedad. De hecho, la llamada cultura solidaria ha existido aun en los peores momentos, cuando por diversas causas se permitía la caída de redes de contención social existentes desde hacía mucho tiempo. Aun vencida, la solidaridad no se dio por vencida y vivió oculta en millones de gestos de vereda barrial, de rancho, de iglesia, de hospital, de familia, etcétera. No reconocer esto sería desmerecer esa llamita que sobrevivió a un largo invierno, sin prensa y sin boom de por medio.

De cualquier manera, el espíritu solidario corre riesgos de malentendidos. Existe una suerte de "solidaridad materialista", que empieza y termina en el hecho de ver al "necesitado" como una especie diferente, tan sólo definido por ser carente de proteínas o de abrigo, y nada más.

Se entenderá que lo anterior no es dicho en contra de la solidaridad plasmada en, por ejemplo, el envío de alimentos a quienes sufren hambre. Dios nos libre de tal desatino. Queremos decir aquí que la solidaridad de urgencia es eso: urgente, pero para que se transforme en un acto integral deberá trascender esa dimensión para transformarse en algo que podrá ser material, pero no materialista. De esa manera, encontrando la humanidad del otro, las oportunidades de generar condiciones humanas más dignas se acrecientan.

Otro malentendido posible con relación a la solidaridad es el vicio casi ancestral de asemejarla a lo heroico. Esa tendencia, muy narcisística por cierto, y lamentablemente muy difundida, hace estragos a la hora de constituir una solidaridad organizada y sostenida de manera genuina. De hecho, la época más que héroes requiere sabios, y esto significa que quien vive solidariamente y se ocupa específicamente del asunto en alguna organización debe, sobre todo, gozar con lo que hace, con el espíritu de compartir. Si no, mejor que se dedique a otra cosa. Ese, sin duda, sería un gesto de sabiduría y generosidad.

El sacrificio, a veces angustioso, de los "héroes solidarios" hace que lo solidario parezca una patriada individual y, por lo general, genera cierto tipo de problemas en las organizaciones solidarias o, yendo más en profundo, afecta negativamente la noción de la solidaridad como cultura, como red, y no como acción espectacular aunque aislada. Las acciones de ayuda recíproca, a la hora de ser sustentables, requieren más de la red que del mero individuo, más del sano reparto de funciones que de la epopeya heroica e individual que a mediano plazo se nota altamente ineficaz.

En función de este malentendido en que suele caer la acción de muchos voluntarios, las organizaciones terminan derivando recursos en forma estéril hacia ellos, ya que los individuos que se acercan con voluntad sólo de ayudar a los otros sin pensar en sí mismos como partícipes del beneficio terminan muchas veces con niveles de estrés y frustración peligrosos. Dicha actitud puede propiciar una cultura del sufriente sacrificio "hasta la muerte" por parte del abnegado de turno, cuando no, por el contrario, propicia que muchos terminen creyendo que las organizaciones o, peor aún, los "pobres" tienen una deuda con ellos, por tanto como les han dado a los demás.

Este tipo de situaciones se ve en las organizaciones solidarias mucho más a menudo de lo que se supone. Es algo que genera desgaste institucional, y angustia y malestar, que hacen que se dilapiden demasiados recursos, fundamentalmente anímicos, para "digerir" situaciones muchas veces enojosas y siempre frustrantes.

Fiesta de abundancia

Por eso es imprescindible que el foco de la acción solidaria tenga como uno de sus ejes a quienes realizan las acciones específicas dentro de las organizaciones. Es que, al tener agentes solidarios plenos y sostenidos anímicamente, se garantiza que las acciones que ellos llevan a cabo sean eficaces y genuinamente generosas. El fenómeno del burnout de los voluntarios es común y, paradójicamente, muestra cuán poco solidarios son a veces los agentes de la solidaridad consigo mismos y con sus colegas.

Los grupos de intercambio y sostenes de los propios voluntarios son cada vez más valorados por las razones antedichas, ya que si bien es un recurso numeroso no es el de los voluntarios un recurso inagotable. Por otra parte, no se trata de"mandar al sacrificio" a la gente sino de generar una sustentabilidad de la acción, a partir del hecho de que sus mismos agentes son también beneficiarios. Es que la solidaridad organizada beneficia a todos los comprometidos con ella. De lo contrario, no es verdadera solidaridad.

La economía solidaria (economía en sentido amplio de la palabra) es una economía de abundancia y no de escasez. En ella no hay deudas, ya que todos ganan. El que ofrece recibe y el que recibe ofrece. Entender eso permite salir de algunos perversos juegos de poder (el clientelismo político, por ejemplo) que se basan en la idea de que hay alguien inferior (el pobre) y alguien superior (el que "más tiene").

En los hechos, la noción de gozo del agente solidario con relación a su tarea es imprescindible para cualquier organización que tenga en sus planes la sustentabilidad genuina de su acción. Esta sustentabilidad, que va más allá de la acción de emergencia y más allá de los fondos con los que pueda contar la institución del caso, se basa en el alma de sus integrantes y no en otra cosa. Ese gozo no es el mero placer, sino que es una noción de sentido y una gratitud por la experiencia que, sin duda, agranda el alma y la mente, permitiendo la humanización de los vínculos y de las personas que los viven en forma compartida.

En esa clave, y aunque parezca contradictorio, el gozo en la tarea solidaria es compatible con el dolor de ver el sufrimiento ajeno y sentirlo como propio. El gozo del que vive la solidaridad, dentro del significado que aquí queremos darle, implica la vital sensación de plenitud que surge de encontrarle un sentido al dolor, no a su ausencia, y, dentro de ese sentido, encontrar las fuerzas para crecer y dar o recibir una mano.

Hay que hacer el bien mirando a quién. Ser solidario es a veces dar pan y otras no darlo, para que el otro aprenda cómo amasarlo por sí mismo. Ser solidario es, también, a veces aprender a recibir el pan, o a amasarlo uno mismo. Discernir entre estas alternativas sólo es posible con ojos y corazón abiertos.

Podrá pasar la moda, pero la solidaridad va a seguir, humilde, tal como siempre lo hizo, aun en los peores inviernos. Veremos si nos hacemos eco de ella como sociedad o dejamos pasar la oportunidad de vivir la fiesta que propone. Una fiesta de abundancia no material necesariamente, pero sí de ánimo y de coraje, a veces con lágrimas y rabia, pero que convoca lo mejor de nosotros, eso que no se ve, pero está allí, esperando que nos demos cuenta.

El autor es psicólogo, coordinador general del Programa de Salud Mental Barrial, del hospital Pirovano.

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