
La temida implosión occidental
Por Abel Posse Para La Nación
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ALGUNA vez desde estas mismas columnas denunciamos la inminencia de una implosión del sistema occidental, una catástrofe necesaria, semejante a la que convulsiona al ex universo socialcomunista. La corrosión no es sólo económica sino fundamentalmente cultural y social. Los anglosajones y el complejo tecnofinancierista desencadenaron esta etapa terminal de mercantilismo nihilista. El proceso anunciado por Nietzsche y Heidegger se cumple en los umbrales de este siglo fascinante y criminal que expira sin mayores esperanzas ni proyectos. A tal punto, que sentimos preocupación y pena por nuestros jóvenes, que deberán entrar en el nuevo centenio creyendo que obtener un conchabo es una bendición y que todo espíritu de aventura o de dimensión poético-religiosa de la vida es un desatino antieconómico.
Hombres muy capacitados pero cultural y metafísicamente limitados, como los ministros de Economía que prevalecieron en los últimos lustros, apostaron la Argentina a una globalización rosada, a un seudonuevo orden en que los valores nacionales, el Estado, la dignidad diplomática y las tradiciones y la calidad de vida nuestra parecían antiguallas para echar por la borda. Así, hasta el tequilazo y la rebelión cultural de Chiapas nos hicieron creer que el Nafta y el México de Salinas de Gortari eran los modelos por seguir. Nos dijeron que el mundo tenía admirables bastiones de organización económica: Tailandia, Malasia, Indonesia, Hong Kong y los tigres de Asia, y que el epicentro de todos los ejemplos era Japón. Ante nuestros admirados ojos recibieron en el teatro Coliseo a Gorbachov -"el Atila de todas las Rusias", como le dicen en Moscú- como el libertador y conductor de Rusia hacia la bonanza economicista.
El síndrome de los Austrias
Los tigres eran de papel. El Fondo Monetario Internacional se quedó sin fondos. Rusia es literalmente "imbancable". El 30 por ciento del crédito interno de Japón es irrecuperable para los descuidados bancos (modélicos). En los Estados Unidos se pone en evidencia el desencuentro insalvable entre una cultura primaria que quiere dominar y dar ejemplo en el mundo y un poder militar superior que busca enemigos débiles. (Según el ensayista Paul Kennedy, los Estados Unidos padecen el mismo síndrome que llevó a la España grande de los Austrias a la rapidísima decadencia del siglo XVIII.) En este punto, no interesa si se trata de implosión o no del sistema occidental. Lo que podemos afirmar es que nos lleva a inseguridad, injusticias y eventuales catástrofes financieras. Hoy el mundo, unánimemente, cambiaría las maravillas tecnológicas y espaciales por la seguridad individual, el pleno empleo y el equilibrio de la "sociedad de bienestar", demolida y desprestigiada por el mercantilismo totalitario, y sustituida por la actual "sociedad de malestar". Esta es la profunda contradicción de nuestro tiempo. Los éxitos tecnológicos no incrementan la calidad de vida cuando no existe la adecuada conducción política. El individuo, los jóvenes, los viejos, las mujeres, se vuelven a sentir manipulados, prescindibles y eventualmente servilizados como en los tiempos de las hilanderías de Manchester.
La Argentina y la crisis
Crisis implica desamparo, desprotección. El mundo externo -el nuevo orden global de los optimistas e ingenuos- nos abandona en la zona de debilidad. Es probable que si Brasil logra cabalgar el tigre, la Argentina pueda emerger indemne. Esta sería la mejor posibilidad. En todo caso, la pobre clase política, que sigue entretenida en su batalla campal por el puesto público y en su querer el poder para nada, debería comprender que es el momento de construir alternativas ante una mutación probable de nuestra forma y calidad de vida. Es momento de unión desesperada, esa "unipluralidad" de Nimio de Anquin, que deberían tener los políticos ante los cinco o seis grandes problemas de la patria (no de ellos ni de sus tribus políticas) en esta hora mundialmente difícil.
Deberíamos comprender que las crisis se pueden transformar en renacimientos. Que con ideas claras y firmes podríamos hacer los reajustes que nos serían finalmente beneficiosos. Una crisis o catástrofe del mundo financiero no significaría una destrucción de nuestra riqueza y de sus dones primordiales: capacidad humana, increíble poder alimentario, ventajas geográficas, capacidad productiva, etcétera.
Seguiríamos siendo los "ricos de la catástrofe", siempre que supiéramos pasar de la metafísica financiera y de nuestros modestos horrores bursátiles a una enérgica economía política, en la que el poder político fuera el protagonista principal de la organización de la comunidad y de la distribución. Sin poder político firme, solidario y experimentado no podremos enfrentar lo que se viene.
La Argentina vive hoy el sustazo de la limitada área de la City, esos protagonistas cotidianos de un juego vicario de falsos valores, falsas ganancias y pérdidas de tahúr ingenuo que no comprende que la "banca" la tienen otros de otra parte.
Los limitados políticos, que hace años creen que gobernar pasa exclusivamente por el Ministerio de Economía, se encuentran sin "modelo". Por suerte, la Argentina grande y fuerte sigue estando a sus espaldas. Y quiere ser, pese a la mediocridad de ellos.
La Argentina tendrá que enfrentar junto con Brasil una política económica, previendo y consolidando alternativas, creando una zona de seguridad frente al impacto exterior y formas económicas regionales cautelosas ante el economicismo en imprevisible descalabro. (Ya nuestra diplomacia se mueve en ese sentido.) No es fácil pasar del economicismo a la economía, como no es fácil salir del consumismo, de la droga, de la subcultura, y volver a un universo de necesidades y consumo justo, de producción regional, equilibrada, de calidad de vida basada no exclusivamente en la cosa, sino en valores, placeres, y trascendencias de carácter cultural.
La implosión, en un país tan rico como el nuestro, nos devolverá a nuestra realidad y a salir de esa anodina angustia del supuesto "modelo", que ya empobrece o esclaviza a la gran mayoría. Es hora de estadistas y de economistas que sepan manejar nuestra realidad económica más allá del globo pinchado del "globalismo" y de la macroeconomía como única realidad de las ciencias económicas. Estamos llenos de temores ante el descalabro mundial, pero debemos comprender que el mercantilismo, con su amoralidad de la pura ganancia y del "todo se compra y todo se vende", es en realidad la base de un mundo invivible e inviable.
Es tiempo de serena creación. Esto significa no destruir ni negar los cauces económicos logrados, sino desplegar una nueva imaginación con el objetivo imprescindible del bien común, ese mandato aristotélico sin el que la política no tendría sentido para el espíritu occidental.
Es tiempo de coraje
Hemos querido manejar la comunidad y la política desde la economía. Hemos creado un globo monstruoso y hasta hemos creído que el mercado creaba cultura, calidad de vida o bienestar.
Hoy es tiempo de la política. Debemos reorganizar el desmantelado Estado, debemos desarrollar con Brasil una urgente estrategia continental defensiva de nuestras empresas, de nuestro mercado y de nuestros pueblos, espacios, y trabajadores. Es tiempo de crear con los empresarios de nuestra América una red de producción, comercio e intereses compartidos y armonizados.
Si la crisis se afirma o degenera en implosión, los argentinos debemos saber que tenemos grandes partidos nacionales que pueden desplegar su suspendido vuelo como en tiempos de Roca, Yrigoyen y Perón. Esta es nuestra gran riqueza. Debemos reforzar el Estado como el mecanismo natural para la enérgica armonización de la vida comunitaria en esta hora de peligros. Es tiempo de una clase política que tenga el coraje de aprovechar la crisis y transformarla en renacimiento.
Tarde o temprano se tiene que ir produciendo ese gran viraje para zafar de esta sociedad absurda que crea en escala mundial el mercantilismo nihilista, y que antes de la implosión financiera actual ya nos dio muestras de su fracaso, desde la crisis moral-política de los Estados Unidos hasta esos tristes tigres desintegrados. © La Nacion






