La última tentación de Christo
En una de sus novelas más curiosas, Kassel no invita a la lógica, el catalán Enrique Vila-Matas realiza una defensa in situ del arte contemporáneo. El narrador, un escritor que podría ser él mismo, es invitado a participar de la Documenta de Kassel. En esa influyente muestra de arte contemporáneo que se realiza una vez por lustro (a él le toca la de 2012) deberá sentarse a escribir cada mañana para convertirse en una instalación viviente. Vila-Matas o su álter ego se pasean mientras tanto por una puesta de Sam Durand, una obra de Tacita Dean o Untilled de Pierre Huygue, a las que describe con minucia alucinada.
Christo -el renombrado artista búlgaro quefalleció hace una semana en Nueva York, a los 84 años- bien podría haber sido de la partida de la novela si no fuera porque dejó su marca en Kassel mucho antes. En la Documenta IV de 1968, para mayor precisión. Entonces, con Jeanne-Claude (1935-2009), su mujer y coequiper artística, lograron montar en posición vertical la mayor estructura inflada del mundo (de 85 metros por diez) sin armazón alguna que la sostuviera.
"En algo hay que darle la razón al Enemigo del Arte contemporáneo -escribe César Aira en un librito ineludible que le dedicó al tema- y es en que (Marcel) Duchamp tuvo la culpa". Su hipótesis es que el espíritu del francés fue una latencia de medio siglo que eclosionó en la obra de muchos actores de los años sesenta: a eso (más allá de todas las modernidades del siglo pasado) llamamos hoy arte contemporáneo.
En todo caso, Christo (su verdadero nombre de pila) Vladimirov Javacheff tuvo ya, apenas bajado del tren que lo trajo del otro lado de la Cortina de Hierro, gestos de ready-made duchampiano recargado: lo primero que hizo fue envolver objetos (botellas, muebles, una moto) con papel, tela o plástico. También se entretuvieron con Jeanne-Claude en bloquear la visión de vidrieras con artilugios similares. En tiempos de rebelión ideológica, el gesto pasaba por una crítica al consumismo. Las obras crecieron casi de inmediato, sin embargo, en ambición: desde comienzos de los años sesenta, el dúo empezó a idear proyectos deliberadamente espectaculares que consistían en intervenir paisajes o cubrir con telas edificios emblemáticos. El primero fue Dockside Packages, cuando llenaron de barriles empaquetados el puerto de Colonia. En un valle de Colorado, a comienzos de los años setenta colgaron un gran cortinado (duró en su lugar solo un día). Rodearon islas de Miami con propileno de color rosado y ubicaron muelles flotantes en el lago Iseo, en Italia. A mediados de los años ochenta, le llegó el turno de cubrir con tela color arena la estructura del Pont Neuf, en París. La misma pareja destacaba que en el gesto había, por sobre todas las cosas, una intención eminentemente estética.
Los complicados proyectos de Christo -lo destacan todas las historias sobre el tema- fueron decisivos para sacar el arte de los museos y plantarlo, aunque sea de manera transitoria, al aire libre. A veces parece más importante el empecinamiento de llevarlos adelante (ya sea por las dificultades de los permisos o de financiamiento) que su ejecución. La más conocida de esas intervenciones fue la del Reichstag, en Berlín. Su idea de cubrir con telas el parlamento alemán comenzó en 1973, tuvo una cantidad ingente de bocetos y solo logró materializarla en 1995 (entre el 17 de junio y el 7 de julio), ya terminada la Guerra Fría.
La última tentación de Christo fue la de envolver el Arco del Triunfo, en París. El evento iba a producirse en septiembre, pero se trasladó por la pandemia para el año próximo. Es la última tentación y una de las primeras. Según se cuenta en la página web del artista, ya en 1961, cuando todavía vivían con Jeanne-Claude en la capital francesa, tenían su departamento cerca del monumento y habían hecho un singular fotomontaje del arco embalado. Sesenta años después, Christo prometía algo más: que el fuego fatuo que llamea en el lugar no se apagaría en ningún momento. Será, cuando llegue el momento, otro símbolo.








