
La violencia, ¿una obra de arte?
Por Fermín Févre Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Las declaraciones del compositor alemán Karlheinz Stockhausen acerca del terrible atentado a las Torres Gemelas cayeron mal. Fueron interpretadas como un elogio y dieron lugar a la cancelación inmediata de sus conciertos ya programados. Entre otras cosas, el reconocido gran músico dijo que lo que había sucedido era "la mayor obra de arte que haya existido jamás".
En un primer momento compartí el rechazo generalizado que tal opinión produjo. Luego me puse a pensar. ¿Qué habría querido decir? En la segunda parte de su sorprendente declaración, Stockhausen comparaba el trágico y repudiable hecho del 11 de septiembre último con la composición musical, y añadía: "Es la mayor obra de arte que existe en todo el cosmos".
Entonces entendí algo más.
Tuve que dedicarle una mirada al arte del siglo XX y a la inusitada violencia que lo caracterizó. Al compararlo con el del siglo XIX, pude sacar la primera conclusión. Mientras en este último predominó en la cultura (no, por cierto en la vida social) Eros, el dios niño del amor, en el XX dominó Tánatos, el genio alado que personifica el instinto de muerte.
Y es que, durante el siglo que pasó, el arte, con sus rupturas permanentes y sus procesos desacralizantes, encarnó los paradigmas de la violencia. Todos los vanguardismos fueron violentos. Al exaltar el carácter expresivo del color, los fauves ("fieras") ponían el acento en la ruptura de las armonías cromáticas. Los expresionistas, por su lado, daban jerarquía absoluta al instinto primitivo e inmediato. Los dadaístas rompían toda relación lógica para privilegiar lo azaroso e incongruente. Los surrealistas, a su vez, privilegiaban el inconsciente como fuente del conocimiento y expresión más genuina del sujeto gracias al automatismo psíquico y su poder gestual. Hasta los cubistas, con sus fragmentaciones del plano y sus exigencias para con el contemplador, que debía reconstruir la unidad de la imagen en su mente, ejercieron por ese hecho una forma de violencia intelectual.
La muerte se instaló en la cultura occidental desde las primeras décadas del siglo XX. Con su clarividencia, Walter Benjamin ya señalaba que algunos gestos, como encender una cerilla, constituían hechos violentos que rompían con una concepción más armónica de la vida humana. Como lo ha señalado Daniel Bell, "la esencia del modernismo estético está en el deseo de violar las normas establecidas, cuestionar la autoridad y desafiar los estándares de la comunidad". ¿Qué otra cosa hacía el futurismo al oponer al hombre inerte frente a la máquina y a la velocidad?
Mientras tanto, la Revolución Bolchevique, la matanza armenia, las dos guerras mundiales, la Guerra Civil Española, los campos de concentración, el Holocausto, las sangrientas dictaduras latinoamericanas, los aviadores suicidas del Japón, la bomba de Hiroshima, el chinoísmo, Corea, Vietnam, los procesos violentos de colonización y descolonización, Laos, Camboya... La muerte ha sido una protagonista principal del siglo que pasó.
Las rupturas formales en el arte fueron tomadas como hechos positivos, que iban a ampliar la percepción humana y le darían al hombre nuevos horizontes. Había que esperar. Todo se iba a legitimar en el futuro, según lo afirmaba cierta infalibilidad hegeliana. Hacia allí apuntaban las ideologías dominantes: el marxismo, el capitalismo liberal, los fundamentalismos de todo tipo, la esperanza en la democracia.
Las vanguardias artísticas eran concebidas como signos de progreso y de desarrollo humano. Se creía que el arte iba a cambiar la vida y que la sociedad terminaría por reconocerlo. La utopía tecnológica contribuía a estas creencias de manera notable. El industrialismo haría el resto y permitiría una mejor distribución social.
En los últimos treinta años, todas estas concepciones triunfalistas se derrumbaron. El pensamiento filosófico del siglo fue más cauto; desde el existencialismo hasta el positivismo lógico y los científicos sociales, no dejaron de colocar, como mojones, algunas señales de alarma. Desde finales de los años 60 el arte se ha manifestado a través de diferentes formas de nihilismo. Todos los procesos "post" lo han denotado.
La mirada hacia atrás ha prevalecido por sobre las expectativas del futuro (palabra que ha desaparecido prácticamente de nuestra cultura). El vacío de sentido, la hermeticidad de los lenguajes, su autismo, su oscilante posición entre un conformismo acomodaticio y una denuncia desesperanzada lo han llevado a la intrascendencia y al divorcio con los grandes públicos.
La fragmentación, el desencanto, la cita irónica o cínica del pasado, el mestizaje desabsolutizado de las formas expresivas, la deconstrucción constante, se han manifestado como formas larvadas de impotencia, violencia y descreimiento. Un arte tanático, bordeando siempre la muerte.
Cercana y familiar
El malestar de la cultura actual se contentó con hacer de la violencia formas metafóricas y virtuales, enfriadas por los medios tecnológicos, pero no menos patentes. El cine y la televisión popularizaron las más diversas formas de violencia, con sofisticados recursos tecnológicos. Hicieron de la violencia un hecho cercano y familiar. La guerra de las galaxias, el planeta de los simios, el enemigo irredimible (casi siempre identificado con los orientales), las narraciones destructivas, el cine catástrofe, integran una larga lista de ejemplos.
El final del siglo nos encontró con un mundo de grandes desniveles sociales y económicos, con dos tercios de la población mundial marginados, guerras étnicas, conflictos latentes de gran violencia real y potencial, con la expansión de la pobreza, la pérdida de derechos sociales y laborales, la creciente inseguridad, la acción terrorista, la corrupción generalizada, el dominio de las redes opresoras del sistema financiero, la informática y los medios masivos de comunicación.
Violencia en el arte y en la vida. El hecho aberrante del 11 de septiembre, ya virtualizado por la televisión, que ha logrado que lo internalicemos a su gusto, pone de manifiesto, con un tono de intensidad y tragedia mayor, aquello que en la cultura venía expresándose desde hacía décadas.
Así, ¿no se entienden mejor las controvertidas opiniones de Stockhausen?




