
La violencia y el peligro del acostumbramiento
Por Claudio Magris Para Corriere della Sera y LA NACION
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MILAN.- El vicio es el pecado convertido en hábito, es la costumbre de adoptar conductas ilícitas que diluye la conciencia del mal y termina por considerarlo normal o por lo menos inevitable, y por eso mismo aceptable. La extendida práctica del robo, de la corrupción y de la concusión, que se viene dando desde hace algunos años, ha convencido a parte de la opinión pública -manipulada por los ladrones- de que el latrocinio es admisible o al menos excusable, y que los aguafiestas no son los delincuentes sino los jueces y los policías que persiguen sus delitos. Alberto Cavallari, siendo director del Corriere della Sera, fue querellado por haber criticado esta costumbre de violar la ley. La frecuencia de violencias inauditas y bestiales cometidas contra personas y cosas en nombre del fútbol está considerada como un hábito que hay que tolerar o, como mucho, limitar (débilmente), en vez de ser vista como un grave delito, agravado aún más por motivos fútiles y despreciables, que debe ser reprimido con energía y dureza, porque es inadmisible devastar, golpear, y a veces masacrar, por un gol.
También las discusiones sobre los hechos de Génova -dejando de lado el juicio político sobre el Grupo de los Ocho y sus detractores- revelan una tendencia general a considerar aceptable -o directamente loable- un cierto grado de violencia y de violación de la ley, a los cuales evidentemente nos hemos acostumbrado. Incumbe a los magistrados determinar la responsabilidad de todos los implicados -manifestantes y fuerzas del orden- y, una vez comprobados los eventuales delitos, castigarlos, sin miramientos para nadie, sin ceder a ningún hábito ni a la fuerza que pueda tener la costumbre de la violencia.
El G8 y los débiles del mundo
Si un policía golpea con su cachiporra a un ciudadano pacífico que no tiene intenciones de cometer ningún acto peligroso, es castigado con mayor razón por haber violado la ley que se supone debe hacer cumplir. Pero si alguien agrede con un cascote o un adoquín a un policía y es castigado, generalmente no solo se lo compadece sino que con frecuencia se lo justifica sentimentalmente, y prácticamente se lo alaba por no haber tirado, en cambio, una bomba molotov.
Los magistrados calificarán jurídicamente la responsabilidad por la muerte trágica de Carlo Giuliani. Pero la imagen de aquel vehículo policial rodeado y agredido con armas no convencionales pero que constituían una grave amenaza es la imagen de una situación intolerable que se puede y se debe reprimir sin provocar muertes (para eso existe una policía eficiente), pero que no puede ser tomada a la ligera, como un exceso de exuberancia.
A todo esto se podría responder, con razón, que no solo existe la violencia explícita sino también aquella ejercida tácitamente por los regímenes, por los gobiernos, por quienes poseen el poder social y pueden cometer infamias manteniéndolas bien ocultas o haciéndolas incluso aceptables por medio de las buenas maneras.
En su obra maestra El discreto encanto de la burguesía , Buñuel demuestra cómo todos nosotros, engañados por la buena educación de esos personajes respetables, nos olvidamos de que son delincuentes, traficantes de drogas, torturadores, y estaríamos muy bien dispuestos a compartir la mesa con ellos, fascinados por esa garbosa, asombrosa e infernal seducción de clase.
Ciertamente existen la violencia oculta y la injusticia practicadas por muchas instituciones y por quienes están en la cima de la sociedad y a veces de los Estados. Pero ante esta realidad es necesario tomar una decisión. Podemos opinar que vivimos en un régimen democrático sólo en apariencia, y de hecho totalitario y violento, que no puede ser cambiado y mejorado democráticamente, y pensar entonces que hay que combatirlo con violencia, tal como se hace en una guerra. Esta es la elección terrorista, que conocimos hace un par de décadas. En este caso nos colocamos fuera de la ley y contra la ley, por considerarla como la violencia del poder. Pero no pretendemos ser protegidos por ella y no protestamos contra sus violaciones por parte de la policía.
Si por el contrario se piensa (como, obviamente, creo que debe pensarse) que vivimos en un sistema que, a pesar de sus defectos, permite una sustancial democracia y por ende puede y debe ser corregido solo democráticamente, entonces debemos combatir valientemente todos los desvíos de nuestra sociedad, pero respetando la ley. No tenemos que acostumbrarnos a ninguna violación de la ley, por mucho que se la practique, y no se puede tolerar ninguna golpiza injustificada de la policía, y ninguna agresión física a ningún policía, ningún incendio de autos, ningún delito. Frente a la violencia, aunque sea contenida, el Estado no puede "entrar en tratativas", como no podía ni debía hacerlo con los terroristas.
La tragedia de Génova es doblemente dolorosa, más aún por haberse producido en medio de una gran puesta en escena retórica, empezando por la reunión del G8, cuya importancia es bastante menor. En efecto, más allá de todo lo que enfáticamente se diga, no es por cierto en estas ocasiones cuando los poderosos de la Tierra deciden la suerte del mundo y de los más débiles, la cual, desgraciadamente, aun sin el G8, depende de los que son económica y políticamente más fuertes. Además, los papeles de los adherentes y de los contestatarios del G8 se han invertido, porque quienes deberían oponérsele son los ultraliberales, contrarios a cualquier interferencia en el puro y salvaje mecanismo del mercado, mientras que los partidarios de la solidaridad y de la intervención frente a la miseria deberían más bien acusar al G8 de intervenir demasiado poco, de invertir demasiado poco en la lucha contra el hambre y el sida.
Historia conocida
Sin capacidad de razonar no hay democracia. Entre los muchos comentarios oídos en estos días, uno de los mejores ha sido un comunicado del pequeño Partido de los Comunistas Italianos, que, a diferencia de tantas voces demagógicas, autoritarias, hipócritamente cautas o clericalmente vagas -o, mejor dicho, vacuas-, ha estigmatizado la confusa rebeldía de tantas protestas y de los dirigentes que la apoyaron, una rebeldía con frecuencia de salón e ideológicamente reaccionaria, a pesar de los indudables sentimientos nobles de tantos jóvenes. El comunismo siempre ha combatido esta rebeldía sentimental y desprolija, que históricamente, en el pasado, ha sido caldo de cultivo para el fascismo. El mérito del comunismo (no menoscabado por sus culpas) ha sido transformar en una fuerza política consciente y responsable a la que siempre había sido la plebe oprimida, genéricamente revoltosa e irritable, sin conciencia política y fácilmente manejable. El comunismo hizo de ella un componente constructivo del Estado.
El Pueblo de Seattle es y puede ser un movimiento de gran relevancia internacional, capaz de influir en la política mundial, sólo con la condición de que no degenere en desahogos apasionados pero reaccionarios. La rebeldía -dejando de lado sus aspectos explícitamente criminales- es un sentimiento del corazón fácil de manipular, una protesta voluble de la que fácilmente puede nacer un movimiento de derecha. Esta es una historia ya conocida, como la de los que en 1968 destruían libros, expresión según ellos de la falsa cultura burguesa cómplice del "sistema", y poco después, en muchos casos, se pasaron alegremente al bando contrario, del que constituyen, incluso, un firme sostén.




