La vuelta del comunismo en Francia
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Querida Turca: habría parecido imposible, en 1989, cuando la demolición del muro de Berlín, o en 1990, cuando la implosión del imperio soviético. Pero la historia tiene sus vueltas, y en 1997 tres miembros del Partido Comunista francés ocupan cargos ministeriales en el gobierno de la cuarta potencia del mundo.
"Ya no son los comunistas de antes", se consuela Sybille, la librera del Boulevard Saint Germain, pero Josseline Aboneau, redactora política de Le Figaro, la contradice totalmente: "Robert Hue (el jefe de los comunistas) es discípulo de George Marchais, el ex jefe estalinista del PC francés, hoy enfermo y retirado. El PC no se ha renovado para nada y es dirigido por los mismos políticos anteriores a la glasnost y a la implosión soviética. Jospin es simpático, pero está rodeado por duros", dice Josseline. Ello va a hacer difícil la cohabitación, no entre el socialista Jospin con el gaullista Chirac, sino del primero con el comunista Hue.
A todo esto, y hablando de Le Figaro, ayer no apareció. Lo impidió el sindicato de gráficos, que, consecuencia no casual de las elecciones, no está satisfecho con su poder de cubrir los cargos vacantes, dejando de lado una de las facultades esenciales del empresario, sino que desea además participar en la redacción de los titulares. En la edición de mañana, por la del sábado, Josseline me advierte que seguramente ninguna explicación se dará por la no aparición del diario, pues podría ser censurada por el sindicato. Efectivamente, el diario apareció el sábado, pero no pude encontrar ninguna referencia al cierre de ayer. Lo que señala el inquietante avance del sindicato sobre la capacidad de decisión de la dirección del diario o, lo que es lo mismo, la negación de la libertad de prensa en la Francia socialista y sindicalista de hoy. También es de preocupar la forma en que el diario se abstiene de informar a sus lectores sobre los problemas que le plantea el sindicato, comunista, innecesario decirlo.
La excepción francesa
Juan Archibaldo Lanús, nuestro embajador en París, en un discurso pronunciado en Bonn dos semanas atrás, señaló que "Francia, cuarta potencia industrial del mundo y el país con mayor potencial militar en Europa, experimenta la crisis más profunda desde la guerra de Argelia (dicho, es del caso aclarar, antes que el resultado electoral confirmara su preocupación). Una parte de la población cuestiona el modelo socioeconómico de su Estado-providencia -construido a partir de las nacionalizaciones de 1945- por considerarlo inadaptado a la realidad mundial. A la frustración interna por la creciente desocupación e insignificante crecimiento económico, se suma la dificultad de mantener la llamada excepción francesa frente al contexto que impone la integración europea al proceso de globalización de las economías y la comunicación".
Se trata de un desafío histórico tironeado por dos fuerzas contradictorias: quienes pregonan con distintos matices un cambio de modelo (incluso dentro de la coalición RPR/UDF) y los que intentan conservar los valores de una sociedad cautivada por el Estado centralista garante de una solidaridad social.
"Existe una clara tensión entre la excepción francesa y las reglas de juego que parecen imponerse en la economía mundial -sigue diciendo nuestro embajador-. Mientras el mundo ha aceptado el rol dominante del mercado y de las empresas en la asignación de recursos y decisiones productivas, Francia, fiel a su tradición cultural, sigue otorgando primacía a la política voluntarista como contrapeso a lo que el presidente Chirac definió como capitalismo salvaje. El alto apego de Francia a su noción de independencia nacional y la soberanía se acomoda con dificultad al sistema internacional que condiciona cada vez más la libertad del Estado-nación. La excepción francesa -continúa diciendo Lanús- es el arma psicológica para luchar contra la dominación anglosajona. Los chivos emisarios son las ambiciones globalistas de Estados Unidos, la inmigración, el dumping social y el liberalismo enemigo de la política agrícola común."
Se me ha ocurrido pensar que la estructura mental de los franceses, que son empujados hacia la planificación, el centralismo, la construcción de la sociedad por el Estado, la desconfianza hacia el mercado, proviene de su razonamiento cartesiano, basado en la deducción desde los principios generales y simples a los particulares y complejos.
Políticamente, entonces, predomina lo general, que es el Estado, del que se va yendo hacia lo particular, de la macroeconomía a la microeconomía, con todo su complicado conjunto de empresas que actúan dentro de las premisas del plan, emparentado con el soviético.
Esta forma de pensar no se compadece con la de los anglosajones, basada en el método inverso, el experimental e inductivo, que parte de la observación de lo particular, la "mano invisible", de Adam Smith, y el triunfo del más fuerte de Charles Darwin para elevarse hacia los principios generales. Quizá no sea casualidad que Jean-Baptiste Colbert, el ministro de Luis XIV que llevó a sus extremos los principios mercantilistas contrarios al libre cambio y favorables al proteccionismo, haya sido contemporáneo de René Descartes.
En Francia se aplica un debe ser conforme con un plan sobre lo que es factible hacer, de donde surge la predominancia de un voluntarismo a menudo sin sostén. Es el caso de los trenes de alta velocidad, que se extienden por toda Francia y que llegan a una velocidad de 300 kilómetros por hora. Los franceses están justamente orgullosos por esta proeza técnica, pero las pérdidas de la SNCF son horrorosas. Al punto de que el sindicato ferroviario se excusa de las mismas diciendo que no es culpa de la ineficiencia de la empresa ni de la baja productividad de su personal, sino de los gobiernos de derecha e izquierda que decidieron ir adelante con el plan cueste lo que cueste.
En cuanto a la productividad, un análisis de la consultora Mc Kinsey, pedido por el gobierno de Juppé, mencionado en el discurso del embajador Lanús, arriba a la alarmante conclusión de que la productividad francesa es 40% inferior a la de los Estados Unidos. La financiación de la pesada carga del Estado de bienestar francés lleva la imposición al 43,9% del PBI, según la OCDE. Se trata de una de las exacciones más altas al sector privado de los países más ricos de esa organización, cuyo ingreso está tramitando el embajador Lanús (en París está la sede de la OCDE). Solamente los socializados países escandinavos y Holanda superan ese coeficiente que constituye un freno a la competitividad francesa ante el 39% de Alemania, el 35,1% de España, el 29, 7% de los EE.UU., el 29,1% de Japón, el 33,6% del Reino Unido, y un promedio de los países de la OCDE del 38,5% y del 41% de la Unión Europea.
En fin, éste es el país que recibe Lionel Jospin, hijo de una familia protestante, al igual que su Nº 2 en el gabinete, Martine Rubry, lo que con gran consternación de los católicos acrecienta la confianza en ambos, aunque Jospin es descripto como librepensador. Derrotado en la elección de 1992, Jospin se quedó sin banca y, desilusionado del dominante Mitterrand, abandonó la política e intentó regresar a la diplomacia. No lo logró. Pero cuando Jacques Delors, entonces presidente la Comisión Europea, renunció a disputar en la elección presidencial, hace dos años, un aburrido Jospin se lanzó imprevistamente en la carrera con el apoyo del socialismo, logrando un más que honorable 47% de los votos. Aun así, los politólogos afirman que no creía poder ganar la elección legislativa de este año, motivo por el que no discutió un programa económico de difícil viabilidad, pero que ahora debe cumplir ante la presión de sus socios comunistas.
Convivencia imposible
Como bien dice Charles Lambroschini en Le Figaro, Jospin tendrá la imposible tarea de tener que compartir el gobierno francés con los comunistas y el gobierno de Europa con los alemanes.
A todo esto, los socialistas europeos se reunieron en Suecia. Se pusieron de acuerdo en no acordar en nada. El recién estrenado Tony Blair concurrió a la reunión afirmando que el empleo es la prioridad europea, pero para lograr bajar la desocupación, reducida en su país, los gobiernos socialistas deben "modernizarse o morir". Lo que significa ser competitivos. El gobierno debe ahora dar a sus ciudadanos educación, conocimientos, know-how técnico para que las empresas sean florecientes. Chau a los remedios de la antigua izquierda basados en el gasto público y las reglamentaciones. Una buena lección para los socialistas que gobiernan en Finlandia, Suecia, Dinamarca, Rusia, Gran Bretaña, Holanda, Francia y Portugal y comparten el poder en Italia, Irlanda, Bélgica y Luxemburgo.
Evidentemente, todavía conservan mucho poder, pero sus recetas incluyen en muchos países la austeridad de gobiernos reducidos y la economía de mercado. De estatización ya ni hablan, pero al menos en la Francia de Jospin se ha suspendido el lanzamiento a la bolsa parisina de las acciones de France Telecom, y lo mismo parece que ocurrirá con la programada privatización de Air France. Sin embargo, no sería raro que Jospin las llevara adelante, no por creer en la superioridad del manejo privado sobre el estatal, sino para obtener fondos para financiar el prometido aumento del salario mínimo en el sector público y el costo de aumentar en 350.000 el número de empleados públicos, en un difícil de aceptar esfuerzo de disminuir el desempleo. En más gastos deberá incurrir el fisco con la reducción de la jornada de trabajo de las 39 horas actuales a 35 sin reducción de la remuneración. Iguales esfuerzos le serán exigidos al sector privado, pero mientras Jospin tendrá los posibles ingresos de las privatizaciones, ¿cómo financiarán las empresas estas exacciones? Con pérdida de competitividad seguramente, contra los consejos del nuevo líder del renovado laborismo británico.
Como verás, la política y la economía están al rojo vivo aquí.
Te manda un beso tu

