
La vuelta del zorro y del erizo
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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Isaiah Berlin abre su magnífico ensayo sobre León Tolstoi incluido en el libro Pensadores rusos con una cita del poeta griego Arquíloco: "El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una gran cosa". Se trata de un verso de oscuro significado, que motivó controversias. Berlin observa que podría sugerir, simplemente, que la múltiple astucia del zorro terminará siendo derrotada por una defensa única del erizo, o bien, de modo figurado, aunque mucho más sugestivo, que establece "una de las diferencias más profundas que dividen a los escritores y pensadores y, posiblemente, a los seres humanos en general". Esa diferencia consiste en que mientras unos, los erizos, relacionan todo con una visión central, con un único principio organizador -ya se trate de un dogma religioso, un mandato ideológico o una rigurosa jerarquía de valores-, los otros, los zorros, persiguen muchos fines a la vez, a menudo contradictorios, quizá conectados por necesidades de hecho (pero no por imperativos morales o estéticos), y por eso captan gran variedad de experiencias, trabajando más bien por acumulación que por exclusión.
Con toda la prudencia del caso, y con plena conciencia del riesgo simplificador que generan estas oposiciones, Berlin sitúa, entre los erizos de la historia, a Platón, Dante, Pascal, Hegel, Dostoievski y Nietzsche, y entre los zorros a Aristóteles, Montaigne, Erasmo, Shakespeare, Goethe y Balzac. En lo que concierne a León Tolstoi, el ensayo procura demostrar -y lo logra- que el gran novelista ruso creía ser un erizo pero en realidad era un zorro, y que ejemplificó mejor que nadie, en vida y obra, el trágico conflicto entre lo que se es y lo que se debe (lo que se cree que se debe) ser.
¿Podríamos también nosotros extrapolar esta dicotomía a nuestra historia y cultura, y, más modestamente, a nuestra escena política actual? Es lícito hacerlo, siempre y cuando no sacralicemos los resultados y no les adjudiquemos una impropia severidad científica. Sea como fuere, el juego merece ser jugado.
Habría que empezar eludiendo algunas fáciles tentaciones. No hay erizos absolutos ni zorros definitivos. Más allá de circunstancias genéticas o decisiones voluntarias, el tiempo y el lugar obran como estímulos inevitables. Es cierto que Dante es un erizo ejemplar, que ordena su mundo con una visión teológica unitaria, pero está inserto en la Edad Media europea, atravesada de cabo a rabo por la compacta cosmovisión cristianorromana. Es cierto que Shakespeare es un zorro por excelencia, neutral, omnicomprensivo y abierto a lo alto y lo bajo, pero fructifica en el cruce de la Reforma, el final del Renacimiento y el nacimiento de la modernidad, período en el que las seguridades han desaparecido.
Por eso tal vez haya que ser comprensivo, en nuestro pasado, ante la presencia de un verdadero mar de erizos, cada uno encerrado en su verdad y dispuesto, a menudo, a imponerla por cualquier medio, con inclusión de la violencia. La tenue construcción institucional, que data apenas de un siglo y medio y que casi nunca ha sido tomada en serio, obligó a un esfuerzo de adaptación a quienes la habitaban. Hubo erizos sombríos, que proclamaron la intolerancia de las "doctrinas superiores"; hubo erizos amigables, que consagraron su vida a la caridad o al decoro; faltaron, quizá, zorros astutos y desprejuiciados, capaces de entenderse a sí mismos y a los demás, de conectar sin zozobra mundos variados y prácticas contrapuestas. Ni siquiera hombres como Sarmiento y Mitre, zorros tan dotados por la vastedad y profundidad de sus intereses, pudieron evitar el papel de erizos a que la historia los empujó en distintos momentos de sus vidas.
Hoy conviene, más que buscar simetrías en el pasado, preguntarse acerca del significado actual (si es que tiene alguno) de la tipología planteada por Arquíloco y Berlin. Después de una campaña electoral mediocre, caracterizada por desprolijas reglas de juego, un nuevo gobierno ha asumido. Despierta razonables expectativas y es bueno darle tiempo para que las justifique. ¿Podríamos pedirle que opte entre la aspereza del erizo o la piel sedosa del zorro?
Todo a la vez
Un solo ejemplo bastará para comprender por qué nos inclinamos, a pesar de la mala prensa que tiene y de su injusta imagen de animal depredador, por el zorro. Hay un principio unificador que parece explicarlo todo y que convierte a todo el que lo emplea (y son muchos) en erizo aguerrido y militante. Todos los males que sufrimos -pobreza, falta de inversiones y crecimiento, decadencia moral, cuarentena internacional- tienen un solo culpable: "el modelo". Inversamente, esos males se superarán con el cambio del modelo. Para que todos tengan a quien odiar, el modelo se suele adjetivar con la palabra maldita: "neoliberal". Por supuesto, en la vereda opuesta están los erizos que afirman que el modelo neoliberal nos salvará, siempre que lo apliquemos con honestidad y eficiencia, y no envuelto en la corrupción que lo malversó en el pasado.
Un zorro bien asumido diría: "No, no es sólo el modelo. Remitirle todas las culpas es acatar la ley del menor esfuerzo y rehuir nuestra propia responsabilidad. Demonizar el modelo, y a quien supuestamente lo encarnó en los años 90, es, en muchos casos, un acto de hipocresía, que pretende borrar aquiescencias anteriores. En lugar de unificar el mal para nuestra comodidad, habría que desmenuzarlo en sus múltiples causas y efectos".
Se necesita todo a la vez: luchar contra la desigualdad, construir el consenso político, mejorar las instituciones, hacer respetar la ley, integrar al país, priorizar la educación y el conocimiento, ocupar un lugar digno en la región y en el mundo. Si eso es cambiar el modelo, bienvenido sea, pero no se logrará por decreto, sino por una paciente, inteligente, esforzada tarea cotidiana. Trabajo duro. Y no volver a mencionar el modelo. Si nuestros recién estrenados zorros patagónicos lo logran, superando el hegemonismo y la tradición clientelista de su propio partido, ocuparán un lugar en la historia.




