
¿Las apariencias engañan? Política y verdad
Es fácil acusar de frívolos a quienes hacen comentarios sobre la ropa, el peinado o el maquillaje de los candidatos, en especial cuando se trata de mujeres. Sin embargo, la lectura del detalle intenta descifrar qué hay de auténtico detrás del simulacro cuando se ponen en marcha las refinadas estrategias de la seducción electoral
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Mátenme si quieren por lo que voy a decir pero, a fin de cuentas, en el espectáculo de alta definición que es la política -como en cualquier otra cosa- las apariencias importan. Las apariencias, nos guste o no, se han convertido en la moneda corriente, nuestro tema de conversación: en nuestra Era Visual saturada de imágenes, impiadosamente mirona, operamos con ellas, ya sea que hablemos de Victoria Beckham o Hillary Clinton. "Todo discurso significativo busca terminar con las apariencias", escribió Jean Baudrillard en su libro De la seducción , que es un hito en la materia. Pero luego reconoce que ése, en realidad, "es un objetivo imposible de lograr".
Las apariencias siempre han importado en alguna medida, para las mujeres más que para los hombres, aunque tal distinción se esté erosionando. En los tiempos victorianos, más sobrios, mucho antes de que todo el mundo estuviera pendiente de la celulitis de la gente famosa y de que se abrieran sitios web tales como Awfulplasticsurgery.com ( cirugíaestéticahorrible.com ), William Thackeray acusó a Charlote Brontë de vulgar cuando ésta se aventuró, finalmente, a dejar su existencia de solterona en el campo en Yorkshire para introducirse en la sociedad londinense. No importaba que hubiera escrito la incomparable Jane Eyre o que le dedicara la segunda edición a Thackeray mismo. Y mucho antes de que las revistas de modas inventaran la noción de la vestimenta del poder, el extravagante Luis XIV se cubría de trajes bordados con hilo de oro y plata adornados con diamantes, en concordancia con la tradición moral cristiana que destaca los cargos jerárquicos por medio de la vestimenta. En aquel lejano tiempo anterior al invasivo ojo de la cámara, no se asignaba a una persona un pedigrí noble o una alta calificación social por la luz que irradiara desde su interior o por exudar valores, así como, hoy en día, no son particularmente edificantes los famosos cuyas acciones son seguidas tan minuciosamente por los medios. En ese entonces las personas eran evaluadas, tal como sucede actualmente, por el estilo y por la manera de conducirse.
Simulación y autenticidad
En estos tiempos buscamos constantemente percibir la persona detrás de la plataforma para ver hasta qué punto está a la altura de la imagen que tenemos de ella. (Y, en términos de respuesta visceral, la Mirada Femenina es tanto o más dura que la Mirada Masculina.) El liderazgo es una mercancía, y el votante se ha convertido en comprador.
Entonces, ¿qué aspecto tiene la integridad, esa cualidad de tener convicciones incuestionables que afirmamos reclamarle a quienes representan el interés común? ¿Cuán fácil es fingir esa cualidad? ¿Tiene eso alguna importancia, especialmente en el ámbito político, donde la simulación es todo y la autenticidad, a menudo, no reside en el mensaje sino en los detalles?
Lo cierto es que no podemos mirar el interior del alma de la gente. Es fácil acusar a quienes se atreven a hacer comentarios frívolos sobre las mujeres en el poder - sobre su ropa, su peinado o su modo de maquillarse- de que las trivializan o de que no toman en cuenta su inteligencia. Pero éste es un argumento negador, por así decir, de que en realidad vivimos en una cultura profundamente orientada a la superficie, a las apariencias, que ha permeado nuestra manera de percibir a quienes querrían estar a cargo de nuestras vidas.
Por más que nos guste creer que basamos nuestro voto en las posturas frente a cuestiones tales como el aborto o los derechos de los homosexuales, las candidatas femeninas necesariamente llevan consigo demasiado equipaje -equipaje en sentido literal, donde hay lugar además para una muda de ropa interior- cuando salen al ruedo. Ese equipaje tiene que ver tanto con los accesorios del estilo personal de cada cual como con lo que Vance Packard llamó una vez los "persuasores ocultos" detrás del estilo personal.
Es precisamente porque nuestro ser interior es esencialmente inescrutable que dependemos tanto de indicios superficiales. Todo lo superficial -desde el peinado (¿quién puede olvidar la vincha de nena de Hillary?) hasta los accesorios (¿recuerda el lío por la costosa cartera Tanner Krolle de Cherie Blair?)- nos proporciona las herramientas contextuales para interpretar al Otro, la persona que no es yo, ya se trate del extraño que está al otro lado del cuarto o del extraño que se postula para un cargo político. Las perlas del poder y las pañoletas multipropósito anudadas de modo llamativo definen de qué modo tajantemente eficiente Nancy Pelosi logra que se hagan las cosas; un traje blanco a lo Juana de Arco o una blusa almidonada blanca complementaban los dientes recién arreglados de Ségolène Royal, lo que daba a su programa socialista un fulgor de pureza, y un poco de escote en quien normalmente prefiere los conjuntos negros de pantalón le puso un toque de coquetería a la apariencia un poco seca de Hillary.
Cuando se trata de mujeres que buscan el poder, la presión por crear una persona reconocible y coherente (sea auténtica o falsamente auténtica) sólo puede intensificarse bajo la distorsiva luz de los primeros planos de televisión y de las imágenes digitales en replay . En estos tiempos los píxeles cuentan una historia demasiado fácilmente fragmentada. La cosa es lograr que esos micropuntos cuadrados que aparecen en nuestras proliferantes pantallas adquieran coherencia en una simulación de verosimilitud, en algo más semejante a un retrato de Chuck Close [pintor representativo del fotorrealismo estadounidense] que a una nube al estilo del impresionismo puntillista de Seurat. Un calzado mal elegido puede descomponer todo el cuadro: Ségolène andando en tacos altos por los barrios pobres de Chile o Condoleezza Rice usando lo que un comentarista llamó sus "botas machonas" nos deja con piezas que no encajan en el rompecabezas.
Si analizamos a nuestra mujeres políticas tan fina y obsesivamente, no es sólo porque siguen siendo en cierta medida una anomalía -simplemente estamos menos acostumbrados a ver mujeres en el centro de la escena- sino también porque su vestimenta está menos homogeneizada que la de los hombres, lo que ofrece abundancia de oportunidades para el análisis inductivo: estudiamos su tono de lápiz labial, estamos atentos a una nota chillona defensiva en su discurso, inferimos, proyectamos, aceptamos o restamos credibilidad a posiciones oficiales por motivos que no son plenamente conscientes y ni siquiera racionales. Camille Paglia concentró su comentario sarcástico sobre la actuación de Hillary en uno de los primeros debates de los Demócratas casi exclusivamente en su modo de expresarse, y para ello tomó como punto de partida una lectura fácil y altamente especulativa de la dinámica familiar que la moldeó: "En la segunda mitad quiso hacer más de lo que podía y comenzó a interrumpir y actuar de manera dominante. Lo que salió a la superficie en Hillary fue el viejo psicodrama familiar en el que la hija se mostraba despreciativamente superior a sus hermanos confundidos, resentidos y mediocres en la mesa familiar."
Una manera que tienen las mujeres de superar este dilema es anticiparse a los comentarios hablando con total desparpajo respecto de la manera en que se ocupan de su aspecto, como en el caso de Cristina Fernández de Kirchner, la primera dama y senadora argentina, que se postula para ganar la presidencia en las elecciones de octubre próximo. Su llamativo estilo de vestimenta, que incluye una campera de cuero carmesí y ruidosas joyas que se entrechocan (se la ha cuestionado por su ostentoso Rolex), así como sus locas tinturas marrón-violáceas en el pelo y su pesado maquillaje en el rostro y en los ojos, son notoriamente exagerados, y ella declara sin vueltas y alegremente: "Desde los 14 años me pinto como una puerta".
Otra manera de evitar -o, al menos, limitar- esta cháchara deconstructiva es imponer una presencia neutra a fuerza de voluntad, o contar con antecedentes profesionales impecables totalmente por fuera de la arena política. Si se es Margaret Thatcher y se irradia sin esfuerzo una especie de autoridad de nodriza de tacos bajos, o se es la canciller de Alemania, Angela Merkel, que descansa en sus laureles científicos, todo lo que hay que hacer es mostrarse a la altura de sus propios antecedentes. En estos tiempos impiadosos, los hombres tampoco escapan a la evaluación microscópica. John Kerry y su supuesto flirteo con el tratamiento anti-envejecimiento en base a Botox fue motivo de casi tanto debate acalorado como sus antecedentes de la guerra de Vietnam, pero los hombres presentan un cuadro poco llamativo comparados con las mujeres. Wallace Stevens, poeta de lo trivialmente revelador, puede haber encontrado trece maneras de ver un mirlo, ¿pero cuántas maneras puede haber de mirar una corbata, sea de un boyante rojo republicano o a franjas azules demócratas?
¿Y qué hay si alguien prefiere mocasines, como John Kennedy, o zapatos acordonados más comunes? Y si bien la persistente barba mal afeitada, la postura encorvada y los ojos huidizos de Nixon no lo ayudaban a caerle bien a la gente ni a los medios, todo eso no era analizado por expertos de la manera en que la prensa disecciona interminablemente la inflamación en torno de los ojos de Hillary o el cuerpo delgado de Ségolène Royal que parece desmentir que tiene 53 años y cuatro hijos. "¿Por qué para meterse en política hay que ser triste, fea y aburrida?", dijo Royal ante la conmoción que causó su bikini turquesa, haciendo con ello un estereotipo de las mujeres políticas cuyos argumentos se asemejan a los de cualquier sexista o cualquier recidivista femenina que cree que el lugar de las mujeres es la cocina.
Lo que nos lleva a Hillary y a sus dubitativos comentarios antimujeres-del-hogar, algo que puede haberle causado un daño irreversible a su imagen entre los americanos medios menopáusicos. Pero qué puede pensarse de una candidata que se muestra despreciativa hacia las artes domésticas y, al minuto siguiente, bailotea en torno a la cuestión de su género declarando que es un factor importante en su campaña. Y justo cuando una se siente tremendamente confundida, Hillary va al programa de televisión The Insider [dedicado a "chismes del ambiente"] para hablar tres minutos con la vital Lara Spencer y admira los zapatos dorados de la anfitriona ("Nena, ¡qué bien que se ven!"), comparte sus inexistentes secretos de belleza y dietas (hay que dormir bastante, no darse sobredosis de chocolate, encontrar un buen producto para ocultar las canas y practicar la respiración profunda) y recuerda un dicho poco característico de su amada Eleanor Roosevelt como uno de sus adagios favoritos: "Las mujeres son como las bolsas de té, nunca se sabe lo fuertes que son hasta que se meten en el agua hirviendo".
¿Quién es Hillary? ¿Lo sabremos alguna vez? Parecería que no si ella puede evitarlo. Ha estado en escena por 15 años y sigue siendo impenetrable, como una mujer detrás de un velo. Es famosa por su capacidad de manejar hasta el último detalle (lo que terminó volviéndose en contra de los cambios que pretendió imponer en los servicios de salud de los Estados Unidos cuando su marido era presidente) y por conducir una campaña herméticamente sellada, en la que nadie dice nada off the record ni fuera de lo que ella quiere que se sepa. Parece disfrutar ser al mismo tiempo visible y anónima ("Quizás sea la persona más famosa que ustedes no conocen realmente"), como si esta combinación aumentara su mística o le diera una especie de glamour inverso. Pero en vez de sentirnos intrigados, terminamos irritados. "Siempre parece muy negativa", dice una mujer de la calle. "Es muy dura, y sin duda no se ve bien en pantalones."
Y aquí estamos, de nuevo en el agujero negro de la apariencia de Hillary y el por qué siempre volvemos a ocuparnos de ello. ¿Por qué no ha aterrizado en un estilo que la distinga, fuera de su posición básica de saco y pantalones combinados? Es discernible la incomodidad que siente por la forma en que quiere presentarse en cualquier momento dado. Se podría argumentar que las mujeres, probablemente en todas partes, se identifican con eso. Sus manejos torpes con la ropa, su búsqueda de un conjunto que le sirva, deberían provocar simpatía: "No es para nada un tipo de cuerpo fácil de vestir" dice Debi Greenberg, dueña de Louis Boston. "Otras mujeres podrían tener ventajas con distintas proporciones corporales". Salvo por el hecho de que incluso en esto es controladora, desafiando su propia incomodidad, poniéndose aros genéricos de mamá, trajes de secretaria ejecutiva y una sonrisa brillante que no convence a nadie. Lleva su ropa -sea el viejo estilo desarreglado o el más reciente y ajustado- como armadura y, por más que use su nuevo maquillaje, que le sienta bien (cortesía de Vincent Longo), lo que trasluce es una dura decisión de lograr lo que quiere, algo que frustra todo los esfuerzos por feminizarla y humanizarla. El efecto neto de su incomodidad es hacerla parecer gélida en vez de vulnerable. La observamos y nos esforzamos por entender quién es esta persona. Y debido a que ha embargado su imagen, la ha colocado fuera de límites hasta el momento en que quiera revelárnosla (si es que existe tal momento).
Al final -y al comienzo-, lo que está claro es que Hillary Clinton no se maneja bien. Parece probar continuamente distintos rostros, como si en algún lugar de su armario pudiera encontrar finalmente la persona adecuada para mostrar en público. Y quizás sea admirable que Hillary no permita que la política de las apariencias la confunda, mucho menos la detenga. Sólo que lo único que parece real en ella -demasiado real, se podría decir-es su ambición. Pero para saber cómo resultará eso en Dubuque, Iowa [una típica ciudad chica del interior americano], aun con su delineador berenjena suavizado en los ojos y su toque de brillo coral en los labios, no quedará más remedio que esperar y ver.
LA NACION y The New York Times
Traducción de Gabriel Zadunaisky





