Las arepas de la buena memoria
"Macondo. Me críe en Macondo. ¿Te acordás de El Principito, la boa que se comía al elefante? Yo la vi, desde la casa de mis abuelos." Catery sonríe. Sirve arepas -un viaje crujiente, directo y sabroso al Caribe-, reparte vasos de cerveza, algún vino. Y recuerda.
Aunque tras las ventanas de su casa el barrio de Almagro parezca derretirse en la noche apretada y húmeda del sábado. Pese a este final de verano que a todos nos está dejando exhaustos. Catery saca del freezer más harina de maíz blanco, sigue amasando las arepas de su Venezuela natal y suma a los amigos, porque sí, absoluta y necesariamente porque sí, a ese modo particular del recuerdo que nace en el calor de las cocinas.
Y cuenta. "Yo era chica, tendría unos ocho años. La boa constrictor bajaba del monte -en ese punto, los ojos se le hacen enormes; es otra vez la niñita maravillada, rodeada por una naturaleza superlativa-. Zigzagueaba entre cuatro árboles de mango, ¿entendés? Esas podían comerse un becerro".
Si la extranjería fuera un gen, Catery lo poseería a niveles mayores. Padre nacido en el Marruecos francés, madre argentina, abuelos españoles; infancia y adolescencia -de las que dejan huella-venezolanas. Un espíritu nómade que cada tanto se le hace mandato. Y que, sospecha, nació en el misterio mayor: su abuelo.
"Creo que era un buscavidas -sonríe-. Tenía como un don para hacer contactos, saber dónde estaba el negocio." Un audaz que en los años 30, en Valencia, resultó ser acreedor de un señor de buena familia. La deuda, difícil de pagar, se condonó en los términos del acreedor: "Me olvido de lo que me debe. Pero me caso con su hija". Y allá fue la futura abuela, 17 años vividos entre clases de piano, francés y quehaceres de señorita, de la mano del aventurero que la doblaba en edad y que pronto la haría cruzar el Mediterráneo para instalarse primero en Orán, luego en Casablanca.
En los años 50 les tocaría atravesar el océano. Los abuelos se subieron a un barco y recalaron en Barcelona, ciudad venezolana que hoy muestra las marcas de la industrialización, pero que por aquel tiempo apenas medraba entre la vastedad del mar y la exuberancia de la vegetación tropical. El abuelo, carente de títulos pero hábil para todo, impulso y encaró las obras del acueducto que llevaría agua y modernidad a la por entonces pequeña población. Lo recompensaron con la administración de dos salitrales. También terminó al frente del Cajigal, teatro que dirigió por años mientras su esposa, extranjera a conciencia y con orgullo, paseaba -en auto, pantalones y cigarrillo en mano- por las calles de la ciudad. La misma mujer que, obstinada en establecer de qué lado estaba la civilización, le recitaba Góngora a su nieta. Como si secretamente temiera que cualquiera nacido en esas tierras de naturaleza desbordante pudiese estar condenado a la barbarie.
Le digo a Catery que me la imagino en el jardín de una mansión tropical, con vestiditos blancos almidonados y rodeada de árboles de frutos exóticos. Ríe y dice que no era para tanto. Aunque la casa sí tenía dimensiones considerables. Y los abuelos, como si se soñaran antiguos nobles, dormían en habitaciones separadas, con una puerta al medio que las vinculaba a voluntad. También había sirvientes, en un número y un trato -entre dominante y paternal- inauditos para nuestras vidas de clase media urbana.
Un día, a principios de los 80, los abuelos, con la misma ausencia de explicaciones, lazos o legado con que habían encarado sus anteriores mudanzas, armaron equipaje y se volvieron a España. Nada quedó de los salitrales, del caserón asediado por lagartijas, mariposas, serpientes y mangos. Nada, salvo la bruma del recuerdo y los hilos sueltos del relato familiar.
Por un segundo, la nieta a la que el vértigo porteño arrancó de la blandura tropical se ensimisma. Pero vuelve rápido, levanta su copa y celebra el agobio de estos días de calor: es una hija del Caribe, y el frío la marchita tanto o más que la carencia prolongada de mar.
Así que todos brindamos por los últimos gestos del verano y por esa maldita bendición, la de estar destinados a pertenecer a varios lugares y a ninguno. Esto de ser el resultado de las osadías, los errores, la razón y sinrazones de quienes nos precedieron.





