
Las clases de yoga

Hace unas semanas arranqué yoga. Desde que sé lo que es yoga quiero hacer yoga porque hay algo en la gente que hace yoga. No sé qué. La pasa mejor o entiende más algo que yo aún no comprendo. Este es mi cuarto intento. El primero fue en un departamento de la calle Bulnes, en el que hacía el saludo al sol con poca habilidad y me pedían que me parara de cabeza: duré tres clases; el segundo no recuerdo dónde fue pero sí que solo fui esa vez porque a mi cuerpo le faltaba maestría para las posturas de rutina; el tercero fue sobre la calle Las Heras y en un salón a 42 grados: fue el que más me gustó, pero era tal el agobio de ese calor empapado, el sofoco, el ardor que sentía por dentro en en el pecho, en la mente, en los pies, que tuve que parar. No estaba lista. Ahora hago yoga en un primer piso sobre la calle Austria. Yin yoga.
Es sutil. El objetivo es armar posturas para nada complicadas para estirar el cuerpo y permanecer allí, así, de una forma particular, tres minutos. Sentarse en el mat, estirar la pierna derecha, abrirla hacia la ventana del lugar, doblar la pierna izquierda para que el pie se apoye en el muslo, inclinar el cuerpo hacia el frente y allí, así, tres minutos. Arrodillarse en el mat, sentarse sobre los talones, llevar las manos a los muslos y allí, así, tres minutos. A la par inhalar por la nariz durante cuatro segundos y luego exhalar por la boca por ocho segundos y allí, así, por una hora y cuarto.
Yo consigo algo que hasta ahora no. Me calmo. Me meto en ese espacio y me creo todo o me engaño: la luz tenue y anaranjada del atardecer o de alguna lámpara de sal, el olor a aceite de pachuli o a sahumerio o a palo santo, ese gusto a barniz en la garganta, la música de sonidos dorados, cobrizos, metálicos como zumbidos, el combo de la espiritualidad. Y la voz de la profesora, Lucía, que parece saber lo que me pasa y entonces habla pausada, sin sobresaltos, completamente afinada, en tono caramelo. Dice palabras como “bienvenidas”, “gracias”, “sientan”, “busquen”. Dice que encontremos el punto de estiramiento “jugoso”, “sabroso”, “gustoso”. Que cuando duela nos quedemos allí, así, hasta que deje de doler. Eso también es para mí. El otro día nos hizo apoyar las rodillas sobre el mat y luego apoyar las manos sobre el mat y nos dijo que sintiéramos el peso del cuerpo entero, que lo entendiéramos, que lo equilibráramos. Y lo intenté, yo, que por estos tiempos siento el peso de toda la Tierra encima.
Hay días en que salgo de la clase y mientras camino las cinco cuadras que me separan de casa pienso en la clase. En cómo me sentí, en esa voz recetada por un médico. Pienso que la necesito para todo, que tendría más fuerza si la tuviera en mi cabeza desde que despierto y me dijera: “Vamos Dolores, levantate, tenés que tener un gran día hoy, disfrutalo, va a estar todo bien”. Pienso que me ayudaría con lo simple, que si esa voz me leyera el libro de Gertrude Stein que empecé con ánimo y que ahora me aburre lo terminaría antes. Pienso que me da tranquilidad sin justificativo, que me aísla y que eso me encanta, allí, así, el vacío. Pasan los autos, los colectivos, los vecinos y no me doy cuenta, escucho la música y la voz. Estoy en clase y tengo poco: dos o tres compañeras, mi cuerpo, algunas ideas. O solo una. No hay afuera, no hay pruebas, no hay resultados, no hay horarios, no hay charlas pendientes, no hay reuniones, no hay novedades, no hay angustia. Soy yo sin historia.
Podría hacer una clase de cuatro horas de yin yoga. Podría hacer incluso un par de horas más. Podría ir a la mañana, ir al mediodía, regresar por la tardecita y una última vez antes de dormir. Podría ir los miércoles y los viernes y los martes y los jueves y hasta los domingos. Podría dejar de hacer cosas para hacer esto. Podría ser peligroso. Podría querer mucho más de yin yoga y cada vez menos del resto.

