
Las golondrinas del peronismo alzan vuelo
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Parte del desconcierto que campea en el Frente de Todos hay que adjudicarlo al silencio de quien detenta el poder. No hay quien ordene. Retirada a cuarteles de invierno desde fines del mes pasado, Cristina Kirchner acaso esté analizando cómo posicionarse, con quién confrontar, de qué modo eludir su responsabilidad por el caos en el que su gobierno ha sumido al país. Sin una voz a quien responder, y cuando el agua empieza a llegar a los camarotes vip en los que disfrutan del viaje, aquellas facciones que la astucia electoral había unido en imposible alquimia empiezan a hincarse los dientes entre sí por la misma razón que los confundió en un abrazo: la supervivencia en el poder.
Ignorada, desprotegida, la sociedad asiste al espectáculo de lucha libre que protagonizan quienes, exprimiendo al Estado desde hace décadas, han hecho de la Argentina un proyecto inviable.
Se trata, claro, de que todo siga así, de que nada cambie, de que la riqueza de esa verdadera oligarquía siga aumentando a costa de la pobreza inversamente proporcional de aquellos a quienes dice representar.
Otra parte no menor del desconcierto se debe a que esas facciones saben que es tiempo de huir, pero todavía no tienen en claro hacia dónde ni detrás de quién. Menemismo, duhaldismo, kirchnerismo. ¿Qué viene después? No se sabe todavía. Pero siempre aparece un nuevo líder que aporta un nuevo relato con el que los conocidos de siempre se despegan del presente en ruinas que van dejando a su paso. Porque los peronistas, se sabe, huyen hacia el futuro.
Sin embargo, hoy las fichas están en el aire. Hay un gobierno vacante porque, ante el invierno de nuestro descontento, las golondrinas ya están orientándose para salir en busca del próximo verano. Pero la bandada aún no tiene quien la guíe. Vuelan en círculo, como las aves de presa. La temible maquinaria electoral que es el peronismo está perdida en el limbo de la duda.
Hoy los herederos de Perón simulan una crisis de identidad que no es tal y vuelven a invocar su fidelidad a las fuentes. Habrá que ver si el truco funciona esta vez”
“Yo nunca fui kirchnerista, siempre fui peronista”, dijo sin sonrojarse la golondrina Carlos Kunkel en pleno vuelo, cuando el sueño de una Cristina eterna se resquebrajaba en 2013 y llegaban las primeras defecciones. Hoy, todavía nadie saca los dos pies del plato.
Luis Alberto Romero escribió que el momento en que el peronismo cambia de líder tiene la carga dramática de los documentales de la National Geographic en los que una manada de leones consagra nuevo jefe. ¿Estamos cerca de esa instancia? Como sea, las distintas facciones del peronismo se han comportado en estos años como una manada, pero no precisamente de leones. Durante la década perdida, el liderazgo de la vicepresidenta les dio lo que querían, pero a un costo muy alto: la sumisión absoluta a su voluntad y capricho. Por razones que solo la psicología conoce, además, ella se solazaba humillándolos. Más que leones, durante estos años hemos visto a curtidos sindicalistas, a incombustibles barones del conurbano y a recios caudillos de provincias feudales bajar la cabeza con mansedumbre vacuna. Se tragaban el orgullo por un bien superior: seguir atados al poder.
Además del menoscabo en su imagen de partido viril, hay otro daño simbólico que el peronismo se autoinfligió al permanecer durante casi veinte años encolumnado detrás de los Kirchner. Y es que todos –sindicalistas, barones y caudillos– acompañaron con aplausos serviles la deriva autocrática de la señora y sus muchachos camporistas, aun cuando apuntaban los cañones sobre la Justicia y los medios para quedarse con todo y para siempre, mientras en simultáneo vaciaban las arcas con bolsos insomnes. Ese aval incondicional selló la degradación material y moral del país. También, marcó la lenta autoinmolación de un peronismo que acaso solo vio en el kirchnerismo una versión extrema de sus apetitos más o menos ocultos. Un peronismo que en su afán de ser eterno nunca imaginó, o no quiso imaginar, que el desvarío acabaría en un país quebrado y un gobierno sonámbulo de personalidad múltiple.
Hoy los herederos de Perón, resilientes, simulan una crisis de identidad que no es tal y vuelven a invocar su fidelidad a las fuentes. Habrá que ver si esta vez funciona el gastado truco de Kunkel, una artimaña que ha sido capaz de esconder, hasta ahora, que detrás del menemismo, del duhaldismo y del kirchnerismo estuvieron y están los mismos peronistas de siempre, solo que más arrugados a medida que pasan las décadas. Un elenco inamovible.
Pero cuidado, que volver del kirchnerismo quizá no resulte tan sencillo. Así parece sugerirlo un próspero sindicalista vitalicio propenso a la honestidad brutal, que esta semana se despachó con un crudo diagnóstico. “El peronismo está hecho mierda”, sentenció con ojo clínico e impune elocuencia, divertido incluso, y surcando cual golondrina ese cielo de los que ya están más allá de todo. Se trata del mismo viejo y ubicuo lobo que durante el menemismo dijo al aire y sin filtro: “Tenemos que dejar de robar por los menos dos años”. Tras el paso del kirchnerismo, compañeros, que sean veinte.





