
Las malas palabras
Por René Balestra Para LA NACION
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"¿Les pegan a las otras palabras? ¿Son de mala calidad y cuando uno las pronuncia se deterioran? ¿Quién las define como malas palabras?"
ROSARIO
Las palabras son instrumentos que el ser humano ha forjado para expresarse. Para expresarse y para entenderse. Como todo en la vida, surgen de una necesidad. En un paralelismo con los oficios, fueron primero una acuciante apetencia de "algo" que el artesano, el otro o uno mismo, fue capaz de satisfacer. El nivel de calidad en la labor de respuesta significó siempre el grado de prestigio y de consideración social logrado por el protagonista de la tarea.
Con las palabras ocurre que todas son válidas, pero son buenas o malas si operativamente sirven al objeto que las hizo nacer: entenderse y hacerse entender, es decir, ser útiles. La palabra no puede prescindir del contexto. Tampoco del porqué y el para qué. Exactamente igual que cualquier otro instrumento. Un cuchillo tiene que tener filo; nació para cortar. Si no lo tiene, porque no se lo hicieron o su uso excesivo lo melló, puede servir como espátula pero no como cuchillo. Pero como espátula sería una especie de "premio consuelo", porque para esos menesteres está la espátula, precisamente, que ha sido fabricada para eso.
Si estoy colgando un cuadro y martillando el clavo me doy fuertemente en un dedo, difícilmente, como reacción, diga "¡cáspita!" o "¡caramba!". Como un verdadero imperativo categórico, a la manera de Emmanuel Kant, brotarán de mis labios los insultos y los improperios. Instrumentalmente, los brulotes calmarán mi ánimo alterado por el dolor y apaciguarán la conciencia precisa de la culpa de mi propia torpeza.
El tema excede la gramática y se desborda en todos los sentidos. Tiene una palpitante y pavorosa actualidad, en cualquier parte del mundo y en nuestro propio país. Tiene todo que ver con la disciplina y el rigor mental y nada con la tortura mental. Es simplemente una de las formas que asume la tarea inacabable de forjar al ser humano y elevarlo. Precisamente, las palabras "hominizan" la especie levantándola de la simple charca zoológica porque, con mayor razón, son las herramientas imprescindibles para convertirlo en persona, es decir, en protagonista y no comparsa de su propia historia.
Pidiendo disculpas por el ejemplo pedestre, diríamos que no es difícil, sino imposible, ajustar una tuerca con una cuchara o intervenir quirúrgicamente a un paciente con un tenedor. Estos ejemplos escandalosos por su evidencia sin embargo grafican con precisión de qué manera la utilización indebida de los instrumentos gramaticales -que deberían ser todos precisos- pervierten el sentido de la existencia y degradan al ser humano. Apelar a cualquier objeto que tengamos al alcance de la mano para una tarea específica, sin tener en cuenta su rendimiento y beneficio, es una torpeza (en el mejor de los casos). En general, es una manera de sacar patente de inútil o de imbécil.
La ramplonería del ser ineducado, que farfulla palabras banales y maneja incluso un repertorio reducido y magro, no es nuestra preocupación, sino la de aquellos que conocen el idioma y deliberadamente lo envilecen. Como una especie de deporte perverso que responde a una idea peor: no reconocer límites de ninguna especie.
Paradójicamente, estos falsos adoradores de una libertad absoluta en el idioma suelen ser, a su vez, adoradores de sistemas políticos sin ningún tipo de libertad en ningún sentido. Con el argumento de la espontaneidad, olvidan que toda la cultura humana está edificada sobre parámetros. Precisamente la barbarie y el salvaje no conocen fronteras. En todos los órdenes de la vida esto es así. El genio innovador, el que inventa, imagina o forja una nueva realidad en el arte, en la ciencia o en la existencia cotidiana, también crea y moldea nuevas reglas y nuevos límites que reemplazan a los anteriores. Siempre hay tablas de valores, caminos o senderos para llegar a cualquier parte. Es probable que ese nuevo camino haya sido una creación suya, pero es un camino al fin. Pueden modificarse las metas, y esas modificaciones siempre han enriquecido la vida, pero la manera de arribar ha sido y seguirá siendo a través de una vía.
La precisión en el habla es un presupuesto para el entendimiento mutuo. No es lo mismo "indistinto" que "indiferente". Las consecuencias prácticas de la confusión las pagamos todos. La mezcolanza gramatical se derrama y se expande. Inunda los cimientos y amenaza la totalidad del edificio social. Una idea perversa, que tiene buena prensa, ha logrado convencer a millones de que la milenaria reconvención educativa -"eso no se hace; eso no se dice"- es una idea necesariamente reaccionaria o dictatorial. No hay manera de aprender o de practicar nada salteándose las prohibiciones. El dibujo, la música, el deporte, la escritura, es decir, el pensamiento racional, es un producto de prohibiciones. Cualquier disciplina bien ejercitada es una consecuencia del rigor de un aprendizaje en el cual, como es lógico, entran las indicaciones de lo que no se debe hacer.
Como toda mentira, tiene patas cortas esa idea sedicente y sediciosa de que es un error y un horror educar a los hijos con el "eso no se hace; eso no se dice". En cualquier actividad que practiquen, estos supuestos progresistas respetan escrupulosamente las prohibiciones y se cuidan de decir ciertas cosas manifiestamente inapropiadas. Por ejemplo, si son admiradores del fútbol, que los goles se pueden hacer con la mano o que los jugadores pueden realizar anárquicamente lo que quieran en el campo de juego.
Las formas idiomáticas, como toda forma, no deben sofocar el contenido, que es lo que importa. Pero hay formas y formas. Algunas, insoslayables. Hay que evitar la procacidad gratuita y excesiva que puede servir para el varieté o para la pelea, pero no para la vida. Hay términos que son insoslayables; los necesarios. Y hay malas palabras; las superfluas. Las palabras -conviene no olvidarlo- son llaves destinadas a abrir el entendimiento o el sentimiento. Los que poseen aptitudes intelectuales y emocionales las emplean. Los que no, apelan a ganzúas, como los escaladores nocturnos. La ganzúa es la mala palabra: procaz, innecesaria y abusiva.
Un personaje querido de nuestra picaresca televisiva fue Juan Carlos Altavista, cariñosamente llamado Minguito Tinguitela. Minguito representaba con su humor inocente las peores faltas de virtudes del argentino medio en el manejo del idioma. Para él, todo era igual. Le preguntaban: "¿Querés una grapa o un cognac?" El contestaba: "Me es inverosímil". Le replicaban: "Se dice me es indistinto". Contestaba: "Se igual". Esto, que puede hacernos reír en la televisión, puede hacernos llorar en la política.
Altavista ha muerto físicamente hace algunos años, pero Minguito parecería reencarnado en algunas expresiones de la Casa Rosada.






