
Las mil y una maneras de viajar
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Llegó a mis manos un pequeño libro de Roger Bartra, El oficio de ser extranjero. Reflexiones sobre el viajar (Anagrama), en el que el autor combina sus experiencias con ideas de grandes escritores sobre el arte de salir de casa y andar. Lo curioso es que en las primeras páginas cita a un detractor de los viajes, Fernando Pessoa, quien, firmando como Bernardo Soares, dice en su Libro del desasosiego: “Ya vi todo lo que nunca había visto. Ya vi todo lo que todavía no vi. El tedio de lo constantemente nuevo, el tedio de descubrir, bajo la falsa apariencia de las ideas y la cosas, la perenne identidad de todo”. Podríamos sospechar que para el poeta portugués el viaje era solo otra excusa para transmutar su empecinada melancolía en estilo y belleza. Sin embargo, en sus palabras resuena una verdad. Yo la sentí en un viaje reciente en el que, aprovechando la visita a una hija que vive en España, conocimos Venecia.
Atestada de turistas, a tal punto que era difícil desplazarse entre el gentío en sus plazas y sitios más famosos, me pregunté si había valido la pena degradar con la visita esa imagen de Venecia que yo tenía antes de conocerla. El turismo y los vendedores de baratijas formaban un velo que ocultaba la ciudad, a la que tuvimos que buscar en sus barrios más alejados, donde canales silenciosos y puentecitos sin nombre salían al paso al doblar cualquier esquina. Pronto encontré recorridos a los que me gustaba volver, un café, una iglesia, un pasaje. Todo lugar empieza a entregarse cuando establecemos rutinas en él. Cuando se mostró, me reconcilié con Venecia. Y se me antojó una mujer muy mayor orgullosa de sus arrugas, marcas de los siglos que no oculta y la ennoblecen, una mujer que no le da la espalda a su propia finitud y nos recuerda que nada ni nadie se salva de la decadencia. Aun así, o quizá por eso, preserva su espíritu.
Vivimos en la tensión entre lo que somos y lo que podemos o deseamos ser; entre el puerto y el mar abierto
Volvamos a Pessoa. Para él, dice Bartra, todo lo que podría darle un viaje a China ya se lo ha dado su propia alma. ¿Para qué viajar, si todo está contenido en ella? “Somos transeúntes eternos a través de nosotros mismos”, escribe el poeta. Muy bien, vale. Es posible viajar sin movernos. Yo, por ejemplo, viajo a lugares insospechados desde mi sillón cuando leo. Pero, para incomodar a Pessoa, digo que a veces la travesía interior exige el movimiento exterior. Salir al mundo para descubrir “lo otro”. También para reconocer lo otro en uno mismo, ese yo que podemos intuir en nosotros y que permanece oculto, la otra cara de la moneda de aquello que mostramos todos los días en nuestro comercio con las convenciones del entorno.
Me pasó con poco más de veinte años. Quise escapar de mi casa, de mi ambiente, de lo conocido, del yo responsable que había construido y empezaba a ahogarme. Salí a la deriva por Sudamérica, un viaje largo en el que a poco de andar empecé a extrañar, qué paradoja, todo aquello que me había propuesto dejar atrás. Vivimos en la tensión entre lo que somos y lo que podemos o deseamos ser. Entre el puerto y el mar abierto. Sin embargo, esa añoranza fue un aliciente para seguir andando, y al fin me perdí en ese estado de disponibilidad al que el viajero accede cuando las circunstancias y las gentes que le salen al paso van decidiendo su horizonte e incluso las postas que hace en el camino.
Bartra convoca a Mark Twain para hablar del viaje como un medio de aprendizaje que nos convierte en mejores personas, en la idea de que “una amplia visión de los hombres y las cosas” resulta un remedio eficaz contra “los prejuicios, el fanatismo y la mentalidad estrecha”. Todo viaje educa, de acuerdo, aunque la medida del aprendizaje depende del viajero y sobre todo de su capacidad de reconocer, en las infinitas variaciones que adopta, el puñado de motivos principales que como seres humanos nos igualan.
La cuestión, al fin, está en la mirada. De algún modo, es lo que decía Chesterton: “Todo el objetivo de viajar no es poner un pie en una tierra extranjera; es por fin poner el pie en el país de uno como tierra extranjera”. Para Chesterton, dice Bartra, la única manera de ir a Inglaterra era alejarse de ella, al menos si lo que quería era desacostumbrar los ojos para redescubrir la belleza de su tierra. Esa belleza que tantas veces ignoramos hasta que nos la señala un visitante que llega de otro país. Poner distancia, alejarse, ganar perspectiva. Y un día volver. Quizá por eso el regreso a casa suele resultar una experiencia dulce. Y eso puede durar un tiempo, en tanto el ojo no vuelva a rendirse a las imposiciones de lo previsible o del lugar común.
Hay otro modo de viajar. Lo proponen, entre tantos otros, Rousseau y Thoreau, dos grandes caminantes. Podemos sumar a Baudelaire. El paseo, que no requiere de reservas ni pasajes, despeja la mente de preocupaciones e invita a liberar la cabeza al ritmo de lo que el paseante encuentra a su paso. Cuando mi hija mayor era un bebé, su madre y yo la poníamos en el cochecito y salíamos a caminar sin rumbo. A “bartolear”, decíamos. La primera vez, la que inauguró el hábito, cuando nos quisimos dar cuenta estábamos tan lejos de nuestra casa que decidimos seguir adelante hasta la casa de mis suegros, a unos siete kilómetros de la nuestra, en una visita sorpresa. Salimos con el sol encima, volvimos de noche. Y la niña, encantada. Hoy mismo, a veces, cuando voy a ver a mi madre y tengo tiempo, hago a pie los cinco kilómetros que separan su casa de la mía. Y me vuelvo a sentir un viajero. De cabotaje, pero viajero al fin.


