Las patas de la mosca
Por Mario R. Féliz Para LA NACION
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" Se habla mucho de este país, se habla demasiado -es éste un problema curioso: la desproporción entre lo que aún es la Argentina y el ruido que produce en el mundo-, se habla casi siempre mal."
José Ortega y Gasset
Cuentan que en la época de Aristóteles algunos hombres sabios discutían, con toda seriedad, la cuestión de si la mosca doméstica tenía cuatro o seis patas, en lugar de atrapar la primera mosca que se les pusiera al alcance de la mano y contarle las patitas.
Si aquellos idealistas platónicos hubieran constatado que la mayoría de ellos tenía la idea de una mosca de cuatro patas, habrían declarado que todas las moscas reales eran una reproducción defectuosa de la mosca ideal.
Esta ideología que ha impregnado, y aún lo hace, el pensamiento occidental, aquí, en la Argentina actual satura los poros del intelecto colectivo. Siempre está dispuesta a emerger, como el agua en la arena húmeda, ante el mínimo golpeteo.
La forma en la cual enfrentamos el conflicto de las papeleras es un dramático ejemplo de nuestro rechazo a la "necedad" que implica dedicarse a la investigación de los detalles del mundo exterior.
Analizamos el mundo de la realidad desde el "idealismo" de la filosofía adquirida en la humedad del café.
Una somera revisión del panorama mundial nos muestra que no ha habido otra industria que se haya visto afectada por los movimientos sociales ambientalistas, en tal extensión, en tan corto tiempo y en una amplitud geográfica tan amplia, como la de la celulosa y el papel.
Desde la mitad de la década del 80, los productores, alrededor del mundo, han gastado billones de dólares en la adopción de nuevas tecnologías y en el desarrollo de innovaciones locales para cumplir con las crecientes demandas, expectativas y regulaciones ambientales.
En consecuencia, ésta se ha convertido en una industria ambientalmente amigable. Tanto es así que, en países que se cuentan entre los más cuidadosos del ambiente, como Suecia, Finlandia y Canadá, la industria forestal es hoy un factor muy decisivo para su sostenido desarrollo.
Este proceso evolutivo nos muestra la importancia que pueden tener los movimientos sociales ambientalistas, que, en convergencia con los Estados y las empresas, han logrado este fenomenal resultado: la modernización ecológica de la industria de la celulosa.
Por el contrario, las actitudes anticientíficas, antimodernistas y antiprogresistas que sostienen algunos grupos ecointegristas serían de gran daño para la población de los países en desarrollo si llegaran a tener éxito.
Las plantas que se construyen en Uruguay pertenecen a esta nueva generación. Fueron pensadas y diseñadas siguiendo las exigencias establecidas en las normas del IPPC-BAT, producidas por la Unión Europea en 2001 y que deberán entrar en plena vigencia en 2007.
En definitiva: todo aquel que quisiera conocer, honestamente, cuál es la verdad, sólo tendría que cazar una mosca y contar sus patas.
Es curioso que siendo un asunto tan simple y poseyendo nuestro país gente tan bien preparada no haya habido científicos o entidades académicas que hayan dado un paso al frente para orientar a la sociedad.
En primer lugar, el poder administrador no ha requerido tal intervención, o ha ignorado la que le puede haber sido ofrecida. En consecuencia, las instituciones de ciencia financiadas por el Estado han preferido, finalmente, el "silencio debido".
Tal vez, el silencio de la ciencia no sea más que una inevitable consecuencia del silencio general, acentuado por aduladores y difusores de la historia oficial.
¿Cómo es posible que el Poder Ejecutivo, súbitamente, sin las imprescindibles consultas técnicas, proclame que el problema es ambiental y que hace falta un estudio de impacto, que debería ser realizado nadie sabe por quién?
¿Cómo es posible que el Poder Ejecutivo sepulte el Mercosur y nos lleve a un estado de preguerra con Uruguay y que, mientras tanto, el Congreso permanezca en silencio?
Hay quienes susurran que el gobierno es populista. ¿No es ésta una visión naïf de la realidad? Si el silencio se extiende sobre la sociedad, si el Poder Legislativo cede sus potestades, si las decisiones que incumben a todos las toman unos pocos, arrogándose una representatividad que no poseen, no será que hubo un estilo que la democracia ha quitado a la vida del pueblo ni que el fascismo se lo devuelve al darle una línea de conducta, esto es, color, fuerza, pintoresquismo, sorpresa y mística, todo aquello que, en fin, cuenta en el alma de la multitud.





