
Las rencillas en el Gobierno
1 minuto de lectura'
Una vez más la sociedad argentina padece una grave conmoción como secuela de los conflictos que sacuden la estructura del gobierno nacional. Los enfrentamientos entre la conducción económica y los funcionarios que manejan el área política del Estado -sin excluir al Presidente mismo- alcanzaron un grado tal de hostilidad que la opinión pública percibe graves riesgos en esta larga sucesión de disputas que no parece tener fin.
En efecto cuando las rencillas comenzaron -bastante antes de la denuncia de Domingo Cavallo sobre las mafias- se las atribuyó al choque de caracteres fuertes a divergencias naturales en cualquier equipo de trabajo e inclusive a lógicas aspiraciones políticas. Hoy la comunidad percibe que debajo de cada pelea subyacen una sorda lucha de intereses económicos poco claros de esos que no pueden sostenerse por sí mismos sin apoyo político e inclinaciones autoritarias y corporativas en la obtención el uso y la conservación del poder.
La ciudadanía asiste a estas desgastantes pujas perpleja y con profunda inquietud; ve que cada remezón desdora la imagen del Gobierno y de los funcionarios deteriora la confianza en la estabilidad de la moneda y de la política económica y declina la credibilidad en las instituciones. Los sectores que movilizan capital e inversiones buscan evitar riesgos apartando sus recursos de la economía nacional y quienes -más numerosos- viven o procuran vivir de su trabajo intuyen con temor que la recesión puede prolongarse y con ella las angustias del desempleo el subempleo y los recortes salariales.
Aunque alianzas y disputas suelen armarse y resolverse una y otra vez no falta quien visto el cariz de este nuevo choque sostenga que el divorcio entre Menem y Cavallo de esos que no pueden sostenerse por sí mismos sin apoyo político e inclinaciones autoritarias y corporativas en la obtención el uso y la conservación del poder.
Y no sólo porque en pocos días más vengan a Buenos Aires dos o tres millares de ministros banqueros y hombres de negocios de todo el mundo para la reunión del Banco Interamericano de Desarrollo y convenga mostrarles una imagen de armonía política y confiabilidad económica. La Argentina se encuentra en medio de un proceso de transformaciones estructurales que requiere una acción sostenida y firme; no ya para seguir avanzando en el camino elegido bajo la actual administración sino para consolidar cuanto se ha hecho y evitar un penoso retroceso.
El Gobierno por encima de desencuentros personales y rivalidades políticas o sectoriales debe serenarse y demostrar coherencia en pos de los objetivos que la comunidad le ha encomendado. Cuando el Presidente habla del mandato conferido por el pueblo no debe olvidar la decisiva influencia de la política económica y sus resultados en la adhesión electoral.
No sería coherente con lo realizado hasta ahora un giro político que soslayase la necesidad de restablecer el orden en las finanzas provinciales depurar el sistema previsional replantear las obras sociales flexibilizar las relaciones laborales reformar el régimen de convenciones colectivas reducir los impuestos que gravan el salario. La creación en respuesta a presiones requiere una acción sostenida y firme; no ya para seguir avanzando en el camino elegido bajo la actual administración sino para consolidar cuanto se ha hecho y evitar un penoso retroceso.
El Gobierno y la conducción económica deben maniobrar con extrema prudencia en circunstancias tan difíciles para no malograr lo verdaderamente trascendente de cuanto llevan realizado. Una frustración no sería el fracaso de la conducción económica ni del Gobierno ni del oficialismo sino de toda la sociedad argentina que confió en un proyecto votó por él y sobre esa base elaboró durante cinco años sus decisiones.





