
Lazos entre lo natural y lo artificial
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Lo más natural para el ser humano es crear lo artificial. Esto se revela en el largo proceso de "hominización" de nuestros ancestros, como testimonia el Homo habilis, que hace unos tres millones de años desarrollaba técnicas rudimentarias para tallar la piedra. Para ello contaba con un cráneo de unos 600 cm3 de capacidad (que en el Homo sapiens actual, adulto, varía entre los 1200 y los 1400 cm3). Merece destacarse que nuestros cerebros y manos han evolucionado conjuntamente, durante unas 50.000 generaciones.
Las manos del Homo erectus que vivió hace un millón y medio de años ya eran como las nuestras, y con esas manos ingresó lo artificial en el mundo.
Pero "ni las manos ni el intelecto por sí mismos son suficientes, es preciso contar con instrumentos y ayudas que los perfeccionen", decía el filósofo Francis Bacon en las primeras líneas de su Novum Organum (1620). Y allí aparece toda suerte de "prótesis" que amplifican nuestras capacidades sensoriales, motoras y mentales: telescopios y microscopios, máquinas y medicamentos, lenguajes y códigos.
En el campo de la educación es muy interesante observar cómo se entrelaza lo natural con lo artificial. Tomemos el caso de la escritura, un invento relativamente reciente, un código artificial que deja su traza en un soporte material estable para convertirse en una suerte de memoria externa, más allá de nuestra memoria transitoria o cerebral. La escritura nació con la habilidad manual, ya muy desarrollada en nuestra especie, pero sólo se convirtió en instrumento del pensamiento cuando logró tener "vida propia", es decir cuando pudo "hablar por sí misma" al lector iniciado.
Con la escritura se abrió un nuevo nicho en la "ecología cultural", como sucedió con la producción controlada del fuego o la invención de la rueda. Estos tres monumentos del ingenio humano se hicieron gracias al uso inteligente de las manos, que fue obra del desarrollo de procesos cerebrales, muy complejos, de control y de diseño.
Esencialmente hoy usamos tres tipos de instrumentos para escribir: el lápiz (o su equivalente), el teclado (de una computadora) y la voz (cuando dictamos). Cuando escribimos a mano sobre el papel construimos símbolos gráficos con un trazo continuo, se trata de un proceso analógico. Cuando lo hacemos con el teclado de una computadora empleamos un proceso discontinuo, digital. Cuando dictamos un texto a alguien o a una computadora usamos ambos, el digital y el analógico.
El cerebro humano no tiene dificultad alguna de pasar de un proceso a otro. Pero para hacerlo debe modificar sus conexiones, es decir utilizar circuitos neuronales diferentes. Estos cambios en la corteza cerebral suceden cuando un escritor se ayuda con una traducción automática o con un corrector de texto, cuando usa un reconocedor de voz para dictar, cuando recurre a un sintetizador de voz a partir de la palabra escrita en la computadora, en el caso de que no pueda leer para revisar su texto.
Podemos afirmar que hoy usamos mejor la capacidad de nuestros cerebros al emplear nuevos "instrumentos y ayudas" de carácter artificial, cada día más complejos. Es bueno que este amplio espectro de ayudas o prótesis, este mundo de lo artificial, se incorpore a nuestros cuerpos para constituir una segunda naturaleza, para crear nuevos hábitos en la escritura, desde los primeros años de la escuela.
Los más jóvenes de todo el mundo así lo hacen, con naturalidad pasmosa, pero ello no significa que escriban mejor; muchas veces sucede lo contrario, el texto resultante se ha empobrecido. Para enriquecerlo se necesita dar un paso más allá de lo artificial. Es preciso pensar, y esta es una acción que trasciende todo lo instrumental. La educación es enseñar a pensar al Homo sapiens.





