
Leer y viajar
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Emprender un viaje se relaciona con el comienzo de un libro. Una aventura está por empezar, se inicia una página en blanco de la vida. Cuando abrimos un libro, nos preparamos para ingresar en otro tiempo, no sólo el de la lectura, que implica una cadencia vital muy distinta, sino también el de la propia trama. A su vez, la lectura es una travesía que emprendemos sin necesidad de desplazarnos (salvo con la mirada). La presencia de un libro corrobora nuestro tránsito por el mundo. Nos convertimos en un personaje de la novela de nuestras vidas. Muchos escritores confiesan que en el momento de un viaje dejan de escribir y se preparan para leer. Al viajar leyendo, es como si duplicaran la experiencia.
El medio de transporte también influye, como si el movimiento sostuviera mejor determinados argumentos. No es lo mismo estar por los aires con un libro de Julio Verne (muy recomendable) que hacerlo en un ómnibus. Para este último es preferible una novela de Aira (que suelen ser lo suficientemente breves como para terminarlas en el curso de una ruta costera) o Gorodischer, para sorprenderse en el medio del camino. Asimismo un tren predispone a lecturas muy diversas: sin duda Extraños en un tren, de Patricia Highsmith; pero también Maupassant, sobre todo su inolvidable cuento Idilio, en el que “una robusta campesina piamontesa, de ojos negros, pechos abultados y mofletuda” termina amamantando al joven desempleado y hambriento que viajaba con ella en el mismo vagón, aliviándose del peso de sus senos henchidos de leche.
En la ciudad, los vehículos del transporte público predisponen a ciertas ficciones. No hay como el subte para sumergirse en el género fantástico. Más precisamente el género fantástico del “más acá”, lo extraño que ocurre a nuestro lado. Desde Ambroce Bierce hasta Bioy Casares o Marcelo Cohen. La oscuridad en pleno día que brinda el subte, más el chirrido de los carriles y los pasamanos bamboleantes, es única; lo más próximo a las entrañas de la ciudad.
Y finalmente llegamos al más cotidiano de todos –no por ello menos apto para la lectura–: el colectivo. Aquí la oferta está digitada, pero con jerarquía y buen gusto: acaba de aparecer el segundo libro de Cuentos breves para leer en el colectivo, con selección y prólogo de Maximiliano Tomas. En la portada aparecen varias “paradas”: Machado de Assis, Katherine Mansfield, Saki, Poe, Schwob, Twain, Darío, Kafka, entre otros.
La selección es tan azarosa como el azar que dispone un libro en nuestras manos.
Por ello, a todo aquel que emprenda un viaje, se recomienda entonces prepararse para otros posibles, sin costo de pasaje ni necesidad de seleccionar la indumentaria: los mundos de la ficción.




