Leones en Buenos Aires

Santiago Legarre
Santiago Legarre PARA LA NACION
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5 de enero de 2017  

Mientras se espera que el gobierno porteño dé a conocer el proyecto definitivo del ecoparque, la mirada de alguien que ha observado con frecuencia animales salvajes en la naturaleza acaso pueda aportar un grano de arena al debate.

Hay pocas cosas tan maravillosas como disfrutar de los animales en su entorno natural; existen pocos espectáculos como contemplar a dos millones de ñus atravesar un río en busca de pastos frescos, al acecho de los cocodrilos; observar a una leona que caza a un antílope; compartir la llanura con una manada de elefantes bañándose...

Desde hace un tiempo, realizo safaris fotográficos en África, con ocasión de visitas académicas a Kenia. Allí tuve la fortuna de gozar por primera vez de la vista de un león en uno de sus hábitats naturales. Tomaré el león como el paradigma de aquello exótico que deslumbra al visitante promedio en un zoológico típico; pero lo que diré a continuación, si es cierto, también lo es de una jirafa, de un elefante y de un sinfín de bestias africanas.

La sensación de ver a un león suelto es imposible de explicar. A veces he pensado que la razón de nuestra admiración por el animal salvaje tiene que ver con el hecho de la independencia incontrolable de ese ser que se nos presenta. El león se planta allí, frente a mis ojos, sin que yo pueda hacer más que mirarlo. Es "el otro": más otro que mi congénere, con quien, al menos en teoría, siempre puedo dialogar. Al animal, en cambio, nunca podré convencerlo mediante la palabra persuasiva, aunque a veces logre que reaccione frente a los sonidos que emite mi boca. En realidad, sólo mediante la violencia, la astucia, la encarcelación, el hombre puede "ganarle" a un león. Y podría pensarse que eso es precisamente lo que el ser humano hace cuando pone a un león en cautiverio.

Al mismo tiempo, algún tipo de encierro es lo que permite a la enorme mayoría, que no tiene la posibilidad de viajar a África, ver y admirar a un león. Si son presa del deslumbramiento, los turistas de un ecoparque eventualmente se convertirán (ésta es mi hipótesis y también mi deseo) en campeones de la defensa de la sobrevivencia del animal salvaje en la naturaleza, amenazada cotidianamente por la caza furtiva y el encogimiento casi imparable de los ecosistemas.

Mi hipótesis resume tanto el dilema como la oportunidad que plantean los vetustos zoológicos. Y, también, la duda que me genera la teoría de que los futuros ecoparques ciudadanos sólo deberían, en el mejor de los casos, contener fauna local. Si se concretara esta posición (esgrimida repetidamente en los actuales debates porteños) se echaría a perder, de raíz, la única posibilidad que muchos tienen de enamorarse del animal africano.

Disto de ser un experto en conservación. Pero especialistas de fuste reconocen que la solución del problema de los zoológicos no pasa por su desaparición, sino por el cambio de las infaustas condiciones de las jaulas que solían caracterizarlos. La sustitución de pequeños cubículos rodeados de barras por espacios de gran amplitud es una tendencia mundial consolidada, como lo demuestran numerosos parques extranjeros y alguno argentino.

No se trata de traer a cualquier precio un pedazo de África a nuestras ciudades, sino de aprovechar los muchos animales que ya se encuentran en nuestro país para dar a todos la posibilidad de quedar prendados de su belleza. Éste puede ser un modo práctico de sumar más adeptos a un capítulo crucial de la causa conservacionista.

Autor del libro Un profesor suelto en África

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