
Libros no escritos
Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Si entendemos la publicación como una forma de erradicar algo de la intimidad, es cierto que ayuda al desprendimiento. Quitarse narraciones de encima para emprender nuevas páginas en blanco. Esta visión no coincide exactamente con cierto afán de trascendencia de algunos escritores que consideran a sus libros promotores de una identidad imperecedera. Pero escribir no es firmar un pacto con la eternidad, sino ceñirse a la vida lo más posible. Claro que depende de la audacia del escritor. Ser autor de su propia vida es también dejar de escribir. Quizá por eso a George Steiner, uno de los intelectuales más aclamados de la última parte del siglo XX, le divirtió publicar Los libros que nunca he escrito (FCE), una serie de siete proyectos que dan cuenta de sus obsesiones, pero también de su límite. En pocas páginas, revela una intención narrativa que se interrumpió o diluyó por distintos motivos. Se advierte cierto desamparo: "Un libro no escrito es algo más que un vacío. Acompaña a la obra que uno ha hecho como una sombra irónica y triste; es una de las vidas que podríamos haber vivido, uno de los viajes que nunca emprendimos". Sin embargo, luego de leer estos textos disímiles, parece que lo no escrito es también un camino elegido.
Los temas van desde las mitologías del saber, fábulas negras salidas de la erudición mandarinesca en el capítulo "Chinoiseries"; el ingenio de las matemáticas, el humor de la música (Haydn, Satie), las travesuras de la arquitectura (el pepinillo que se eleva sobre Londres) y el encanto de las estructuras moleculares, en "Cuestiones educativas", hasta los vericuetos eróticos del lenguaje. En este último capítulo, titulado "El idioma de Eros", Steiner se deleita con una serie de hipótesis que evidentemente no ha querido verificar, dado que, al fin de cuentas, no ha escrito el libro completo. Algunas de ellas enaltecen la procacidad de la lengua como ejercicio onanista de lo multicultural, al establecer una relación estrecha entre sexualidad y semántica. Así, se refiere al "donjuanismo del políglota", capaz de amar en distintas jergas, con distintos énfasis. Lo corrobora con su propio ejemplo: "He tenido el privilegio de expresar y hacer el amor en cuatro idiomas". Sobre esta experiencia -bastante notable, por cierto- dice, risueño: "Tal vez el orgasmo compartido sea un acto de traducción simultánea".
Steiner cuenta que un par de estos libros no fueron escritos por falta de agallas. Ya sea por excesiva discreción o para evitar un viaje introspectivo.
En su extensa trayectoria, Steiner se ha colocado en un lugar intelectualmente extraño, entre el ensayo libre, una gozosa erudición y cierto desdén hacia lo teórico. Sin llegar a convertirse en maestro de la soledad, como Kierkegaard, Nietzsche o Wittgenstein, su desconfianza natural lo convirtió en ciudadano del retraimiento, harto ya del discurso político. Obsesionado por la privacidad, probablemente festeja más el cumpleaños de su perro que el triunfo de Obama. Este libro lo acerca a los lectores desde una entrega distinta: compartir lo no hecho para entender lo dicho. De allí que culmine sus ensayos (literalmente, ensayos) diciendo: "Ya he dicho -he dejado de decir- demasiado".






