
Lo pasos iniciales del bipartidismo
Según sea el régimen de partidos de un país, así resultará la calidad de su vida política. El régimen de partido único, cuando sólo es admitido un partido oficial en tanto los demás son arrojados a la ilegalidad, es característico de los sistemas totalitarios. La Unión Soviética de Stalin y la Alemania nazi de Hitler son clásicos ejemplos en esta materia. En el régimen de partido dominante se admiten varios partidos, pero sólo uno de ellos gana necesariamente las elecciones mediante el fraude o mediante la imposición. Esta fue la situación del PRI en el régimen de partidos mexicanos desde 1929 hasta las recientes elecciones en que la oposición ganó por primera vez en casi setenta años el control del Congreso y de la ciudad de México.
Ni el partido único ni el partido dominante son compatibles con la democracia. El régimen de partido predominante lo es, aunque imperfectamente. Decimos que hay un partido "predominante" cuando, pese a que son admitidos varios partidos en un clima de libertad y transparencia electoral, sólo uno entre ellos gana y vuelve a ganar las elecciones por largo tiempo. Esto pasó en el Japón desde la posguerra hasta hace un par de años con el "predominante" Partido Liberal Democrático.
Decimos que el régimen de partido predominante revela una democracia imperfecta porque, al no asegurar la rotación de los partidos en el poder, desemboca al fin en el desgaste y la corrupción de los eternos vencedores.
El régimen es bipartidario cuando dos partidos de fuerza equivalente se alternan en el poder según el vaivén periódico de los votantes no comprometidos que hoy se inclinan por uno de ellos y mañana lo harán por el contrario.
Este es el régimen que coincide con la madurez democrática de las naciones. Demócratas y republicanos en los Estados Unidos, laboristas y conservadores en el Reino Unido, se alternan en el poder según se lo indique la oscilante voluntad de los ciudadanos.
El régimen es multipartidario cuando tres o más partidos compiten con posibilidades equivalentes por el favor del electorado. A la larga, sin embargo, el multipartidismo tiende a convertirse en bipartidismo en función de las coaliciones a que da lugar o en régimen de partido predominante si alguna de esas coaliciones gana habitualmente. Francia, España y Alemania han terminado por reducir su multipartidismo al bipartidismo. Bajo la cubierta de un régimen multipartidario, Italia fue por décadas un régimen de partido predominante, ya que la democracia cristiana capitaneó las coaliciones gubernamentales desde la posguerra hasta que la operación Mani pulite del juez Di Pietro y sus colegas, desarmando esa estructura de complicidades, inauguró en los hechos el régimen bipartidario de hoy, con la ciudadanía dividida por mitades entre dos coaliciones rivales.
Según sea el régimen de partidos de un país, así resulta la calidad de su vida política. A partir de la formación de la alianza opositora, la Argentina ha cambiado su régimen de partidos. Políticamente hablando, somos un nuevo país.
El sexto régimen Gracias a la ley Sáenz Peña, de 1912, la Argentina vivió una experiencia bipartidaria. Ella fue un breve paréntesis en medio de una larga historia de desencuentros democráticos. De 1853 a 1912, los conservadores de distinto signo constituyeron la fuerza dominante en un país que aún no albergaba el voto universal. La experiencia bipartidaria de 1912-1930 fracasó en función de la intolerancia entre conservadores y radicales. De 1930 a 1955 volvió el régimen dominante, que primero benefició a los conservadores y después al peronismo del primer Perón. Aquéllos mediante el fraude, éste mediante la imposición, impidieron que la experiencia de 1912-1930 se prolongara. Pero la vida política se ensombreció aún más de 1955 a 1983, cuando las débiles presidencias civiles de Frondizi, Illia y Perón-Perón no impidieron que esa cuarta etapa de nuestra historia moderna estuviera signada no ya por un partido, sino por una fuerza dominante: las Fuerzas Armadas.
De 1983 a 1997 hemos vivido los albores de la inmadurez democrática. Y esto porque Alfonsín primero y Menem después presidieron regímenes "predominantes". Cuando Alfonsín ganó sorprendiendo a todos en 1983, imaginó que encabezaría por largo tiempo lo que por entonces se llamaba "el tercer movimiento histórico" (los dos primeros eran supuestamente el de Yrigoyen y el de Perón), a partir de la reelección que buscó y no logró en la catástrofe electoral de 1987. De 1989 a 1995, Menem buscó y logró la reelección con el justicialismo como partido predominante.
Gane o pierda el justicialismo en 1997 y en 1999, sin embargo, el régimen ha cambiado. La paridad entre Menem y Duhalde de un lado y la alianza UCR-Frepaso del otro permiten pensar que ahora estamos ensayando, por segunda vez en nuestra historia, el bipartidismo de la madurez democrática.
Para que esta vez la experiencia no se frustre como ocurrió en 1912-1930, arrastrando a la Argentina de la cima del desarrollo incipiente al abismo del subdesarrollo del que estamos saliendo trabajosamente, deben darse ciertas condiciones.
La primera de ellas es la tolerancia. Los conservadores y los radicales de los años veinte pensaban casi igual; sin embargo, no se soportaban. Y esto hasta el punto que se prefirió el ingreso del árbitro militar antes que cederle el poder al adversario. La historia se repitió con el odio renovado entre peronistas y antiperonistas. Pese a ciertos fulgores del ancestral encono, esta patología no parece repetirse hoy. El debate entre Roque Fernández y José Luis Machinea no enfrentó a dos enemigos, sino a dos competidores para los cuales el triunfo del rival no es el fin del mundo. Y ésta es la condición de la tolerancia política: que la victoria del rival sea preferible al quebrantamiento de las reglas democráticas.
La segunda condición del bipartidismo es que unos y otros coincidan en algunas políticas fundamentales. Cuando Machinea apoya en nombre de la Alianza la estabilidad, la convertibilidad, las privatizaciones y la apertura económica, está demostrando que entre los dos partidos en pugna existe una amplia base de consenso. Esta es la base que asegura las inversiones de largo plazo sin las cuales no hay desarrollo.
En otro terreno, la formación del Mercosur y la desmilitarización del sistema político gracias a la anulación de las hipótesis de guerra con Brasil, Chile y Gran Bretaña que inició Alfonsín y Menem consolidó, son hilos conductores de una continuidad que, por más que los rivales quieran disimularla en el ardor de la lucha política, está a la vista de los observadores internos e internacionales.
La tercera condición es que ni el justicialismo ni la Alianza obtengan, de ahora en más, triunfos electorales excesivos. Es natural que cada partido busque convertirse en predominante, pero es necesario que los ciudadanos se lo impidan inclinándose hoy de un lado y mañana del otro para impedir el monopolio. En el sistema dominante o predominante, los ciudadanos al votar renuevan un único contrato. En el sistema bipartidario se reservan en cambio el poder de decidir hasta dónde llega el poder del partido gobernante y cuándo corresponde cederle la alternativa, también por un tiempo limitado, al adversario. Por eso el bipartidismo es la única expresión cabalmente democrática: porque, negándosela a los políticos, cede a los ciudadanos la llave del poder.





