
Lo que dijeron las razones del corazón
Cuando un columnista y sus lectores llevan años de comunicación, llegan a conocerse. ¿Pero qué pasa cuando el columnista atraviesa una experiencia personal que quizá lo ha cambiado? ¿Debe reservársela? ¿O debe compartirla con sus lectores para avisarles que, si bien es la misma persona en el plano de los principios, quizás ha dejado de serlo en otros planos adonde no llega la racionalidad cartesiana en la que fue formado?
Este dilema me acompañó desde el momento en que la insondable voluntad de Dios y la extraordinaria habilidad de mis médicos me reabrieron las ventanas de la vida hace veinte días, después de una cuádruple cirugía del corazón.
Seguiré bajo la advocación de Descartes en la aventurada empresa de explicar con la ayuda de la razón a la más sorprendente y bella de las naciones, aquella que he recibido como herencia. Pero Pascal escribió en sus Pensamientos que el corazón tiene razones que la razón ignora. La primera vez que leí este pasaje, lo juzgué sólo como una irónica refutación de la razón razonadora de Descartes. Ahora, después de los veinte días que pasé, tiendo a creer que Pascal no pudo haber escrito lo que escribió sin haber sido revolcado en alguna playa, como yo, por las olas del corazón.
Lo inexplicable
Lo primero que no entiendo es por qué decidí a mediados de enero hacerme un estudio del corazón. Me sentía perfectamente bien. Pero mis clínicos y amigos Luis Cao y Javier Rubianes lo incluyeron como el paso final de un chequeo general. La técnica disponible era la cámara gamma de esfuerzo, y pensé en demorarla hasta después de las vacaciones, pero un día, en las arenas de La Barra, donde veraneaba con mi familia, no sé por qué decidí viajar por unas horas a Buenos Aires para ponerme a disposición del doctor Otero en el Instituto del Diagnóstico. Hecho lo cual, y después de haber corrido en la cinta para la cámara gamma, volví a La Barra con los míos sin la menor preocupación.
Al día siguiente el doctor Otero me comunicó que en la cámara gamma había surgido un "problemita", aconsejándome hablar con Rubianes. Este me dijo que, a cierto nivel del esfuerzo, mis arterias coronarias le habían fallado al corazón. Se preparó entonces un estudio de más porte, el "cateterismo", mediante el cual una minicámara recorrería las paredes interiores de las coronarias. Le pregunté a Rubianes por qué, si tenía algo, nunca había sentido dolor. Su respuesta fue que las largas diabetes como la mía "tapan", a veces, los avisos del corazón.
El cateterismo suponía una operación con anestesia. Volví por lo tanto a la sala de terapia intensiva del Diagnóstico, ese Olimpo donde reina un Zeus bondadoso llamado Carlos Rubianes, acompañado por Elena y los míos. Entre las nubes de un sueño todavía no disipado, apareció ante mí como un Júpiter tonante el doctor Dardo Fernández Aramburu. Me confesó que, como liberal, siempre le da a sus pacientes un máximo de opciones. Estas eran las mías: operarme con él o con otro a la mañana siguiente. Entonces le dije en el mismo tono: Doctor, también como buen liberal, acabo de tomar una decisión enteramente autónoma: mañana, usted me va a operar.
Esas otras razones
Es que, en su fantástico viaje arterial, el catéter había revelado que mis coronarias estaban casi totalmente taponadas. Si no hubiera iniciado pocos días antes, sin razón aparente, el estudio de la cámara gamma, me habría esperado un infarto masivo o la muerte súbita a la vuelta de la esquina. Y así fue como llegué al reemplazo de cuatro arterias por otras venidas de diversas partes del cuerpo mediante una operación que incluyó cuatro grandes heridas, otras menores, el esternón abierto, un respirador artificial en vez de los pulmones, circulación sanguínea extracorpórea y transfusiones de sangre. Antes de entrar en el quirófano, el jueves 22 de enero, lo último que recuerdo es la victoria de la Argentina Sub 23 ante Brasil.
Otros han visto túneles luminosos durante las emergencias cardíacas. Lo que yo experimenté fueron intervalos de alta lucidez a los que casi siempre borraba la memoria. Algunas de esas intuiciones, sin embargo, aún me acompañan. Quiero contarlas antes de que se escapen.
Recuerdo que, en algún momento, Bernardo me susurró al oído: "No me dejes solo". Después supe que ese diálogo fugaz, al que suponía imaginario, había ocurrido. El legendario padre Brown del Diagnóstico y el padre Grassi me dieron la unción de los enfermos, que antes se llamaba la extremaunción. Sin saber todavía por dónde andaba mi cuerpo, el corazón me enseñó que, por debajo de la espuma inconstante de los episodios intrascendentes que a veces nos separan, hay en el mar de la vida una zona profunda de lazos inalterables. Elena y los míos. Los amigos que me rodearon como una guardia de amor. Dios, que todo lo sabe. La patria, que todo lo espera.
En un momento sentí que mi cabeza se había descomputado. La vigilia se hacía presente de noche. El sueño, de día. Fernández Aramburu me explicó que la primera señal interior de todos los seres vivos es un latido. Ser, para nosotros, es latir. Todos nuestros órganos, incluido el cerebro, viven pendientes de ese ritmo original. Cuando el latido se va, por ejemplo en la circulación extracorpórea, la cabeza ya no sabe a qué atenerse. Pensé entonces en Nozick, cuando sugirió que el cosmos es una inmensa sinfonía. Pero ahora sospecho que su instrumento solista no es el dulce violín ni la delicada flauta, sino el poderoso timbal. El golpeteo incesante de la Creación.
Mi hijo Mariano también atravesó hace un año una operación arterial de la mano de Juan Carlos Parodi, otro grande de la cirugía. Cuando lo vi a través de la anestesia en retirada, advertí que sólo entonces lo comprendía. Creo que lo mismo le ocurrió a él. A través de Mariano, se me hizo presente el dolor de los demás. Ahora lo conozco como ellos conocen el mío. El placer gratifica. El dolor, en cambio, abre los ojos del alma.
El mundo que me rodeó en estos días no pertenece al que he conocido como columnista político. Entre las decenas de médicos, enfermeras, auxiliares y kinesiólogos que me rodearon cada minuto, nunca vi brillar la ambición de poder. Detrás de los ojos que me miraban y las manos que me ayudaban, vi algo infinitamente más simple: el impulso universal de la solidaridad. Fui amado por desconocidos. Ahora sé lo que es amar no sólo a los míos, sino también a la humanidad.
Cuando me dormí sin otro horizonte que la magna operación que se acercaba, me colmó una sensación de paz. Había vivido una vida maravillosa. Una mujer maravillosa, una familia maravillosa, amigos maravillosos. Una vocación y una nación maravillosas. No podría haber pedido más.
Pero este razonamiento, sentí después, hacía agua por alguna parte. Dormirse con una sensación de paz, ¿no era un acto de egoísmo? ¿Cómo no pensaba en el dolor de los que quizás iba a dejar? De vuelta a la vida, ahora comprendo lo que me faltaba cuando casi la abandoné en paz: me faltaba sentir intensamente a los demás. Quizá por eso una mano me empujó suavemente hacia la cámara gamma. Me mandó de vuelta. No para que sea un mejor profesional. No por las razones de la cabeza sino por las razones del corazón. Para que intente ser, en los años que me quedan, una mejor persona.




