El futuro. Lo que el mañana le pide al ahora para verse realizado

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28 de julio de 2019  

Salvemos primeramente un equívoco arraigado. Contra lo que suele creerse, no cuenta con porvenir, como suele decirse, quien tiene mucho tiempo por delante, sino quien viene hacia el presente desde sus sueños y aspiraciones. Son estos los que constituyen su futuro, es decir: lo que anhela verse realizado, lo que pide concreción, su lugar entre los hechos. No otra cosa es el futuro sino aquello que nos exige que lo inscribamos en el presente.

Sin que eso implique dejar de estar expuestos a lo imprevisible, nos encaminamos hacia el hoy desde los proyectos que dan forma al mañana, y no hacia el horizonte difuso e incierto de los días por venir. De no ser así, si lo que nos aguarda es primordialmente inasible y desconocido, nuestra vida se agotaría en la discutible consistencia del ahora, en la intangible actualidad del instante, en una ciega sucesión de horas que nos enloquecería si un propósito esencial no las hilvanara en un sentido que infunda dirección y sustento a esa sucesión.

Desde sus aspiraciones supieron encaminarse hacia los desafíos de su tiempo Belgrano y San Martín, Alberdi y Sarmiento. Todos ellos se empeñaron en responder a esos desafíos alentados por sus proyectos. Fueron con ellos desde la abstracción de lo imaginado hacia la consistencia de lo vivido. Desde el futuro que es aspiración hacia el presente en el que esa aspiración se encarna.

¿Qué es una vocación sino el mandato tenaz que el porvenir le formula a la actualidad para que la convierta en presente? Cuando, por el contrario, la inmediatez consume una vida, esa vida pierde libertad y solidez. Es que, a mi entender, la existencia, en lo que tiene de fundamental, es insistencia en el despliegue de un propósito que la organiza. Carecer de ese propósito equivale a verse privado de uno mismo. A quedar a merced del azar o de los otros.

Se ingresa protagónicamente al tiempo cuando se lo configura desde el futuro, o sea desde el horizonte de valores personales que aspiran a regir nuestra vida, a orientar nuestra acción cotidiana.

La niñez es sin tiempo. En ella, las horas se acoplan y no vulneran la vivencia de los días como un continuo. En la infancia la vida es un hoy perpetuo.

A los 12 años ya no pude jugar más. Mis soldados de plomo, centro de mi emoción infantil, dejaron de vivir. La fascinación que me despertaban se agotó. ¿Qué me ocurría? Lo presentía dolorosamente: había crecido. Una infinita desolación, allí entre mis juguetes quietos, me anunciaba la muerte de mi infancia. La eternidad había llegado a su fin. ¿Quién era yo si ya no era un niño? No había en mí, aún, ningún proyecto que me librara de ese vacío. No tenía futuro. No contaba con nada desde donde encaminarme hacia un presente con el cual dejar atrás mi realidad devastada. No era más que un chico expuesto a la inmediatez, sin planes, sin metas. Entregado a la dura sucesión de los días privados de ensueño. Poco a poco, sin embargo, el futuro se fue configurando. Un proyecto fue naciendo de la ceniza de ese mundo perdido. Y en él y con él, el deseo creciente, imperioso, de dar forma a un presente. Presentí entonces, a los 13 años, que sería un escritor.

A diferencia de la infancia, la adolescencia nos arroja a la turbulencia de las horas desmadradas. Al perder inscripción en ese continuo, ellas nos fuerzan a encauzarlas mediante un propósito, un anhelo, una intención. Nacemos así a las primeras evidencias de la vida adulta. La ruina de la infancia nos impulsa a ir más allá. Y desde ese propósito de orientarnos y superar el vendaval desatado por el derrumbe de la niñez, planificamos como tarea el sentimiento del tiempo. Pasamos a ser entonces, si logramos reponernos, los que obran en consonancia con lo que se aspira a ser. La palabra la tiene, a partir de allí, nuestro deseo. Es él quien dará sostén a la demanda de identidad.

Sigo siendo, a la mucha edad que tengo, un hombre que ingresa a su actividad diaria desde sus aspiraciones. El sustento de mis días, el soporte que les imprime un rumbo, como dije, es una vocación ya bien asentada en mí a los 15 años: la de ser un escritor. Es ella la que me permite seguir transitando desde el deseo hacia su realización. La que otorga sentido a mi tiempo y lo arranca al tropel sin rumbo de las horas. La que convierte en presente mi futuro, aun cuando ese presente no llegue a ser nunca la configuración terminal de ese futuro. Es que si una vocación no se extingue, ninguno de sus logros puede bastarle aun cuando sean ellos, finalmente, los que le dan forma y vida.

Al decir "Te quiero", manifestamos a quien nos conmueve dos cosas simultáneas: cuánto lo apreciamos y lo mucho que aún deseamos recibir de él. Es que lo que se nos da al amar nunca basta para saciarnos. Remota enseñanza del griego y el romano: el deseo no se colma sino transitoriamente. Querer es quedar a merced de lo insaciable; tener entre manos lo que nunca termina de ser nuestro. Cercanía y distancia a la vez. Un riguroso bicefalismo. La literatura supo desde siempre retratar el éxtasis y el tormento del amor como vivencia simultánea de plenitud e insuficiencia. Bien lo expresan estos versos de Jaime Sabines: "Los amorosos/ viven al día, no pueden hacer más, no saben./?/ Los amorosos son los insaciables." Es que el deseo no se apaga con lo que lo apacigua, solo cede por un instante. El deseo, voz de un futuro que clama, incansable, por presente; de un presente que alcanzado se vuelve a desintegrar bajo la presión insomne de ese futuro, de esa exigencia desenfrenada de más.

La Tierra nos prueba, a través de su brutal alteración climática, que su padecimiento es también el nuestro. Ella nos impone lo que le hemos impuesto. Su destrato, ahora lo sabemos, es un daño autoinfligido. El futuro desde el cual hemos venido a su encuentro no responde sino a un criterio depredador. Si hemos asfixiado al planeta en un presente opresivo se debe a que hemos ido hacia él desde un futuro en el que solo supimos concebirlo como objeto de explotación sin límite.

Poco tiempo queda para reformular nuestro posicionamiento ante la Tierra. Poco tiempo, antes de que su desequilibrio termine por comprometer radicalmente nuestra subsistencia. La hondura de su malestar puede medirse por la profundidad del nuestro: regiones enteras sepultadas por las aguas. Otras quebrantadas por la sequía. Vida acosada por la muerte sembrada en el aire contaminado. Más y más gente sin hogar, errante, sin destino.

No hay forma de que el flujo del tiempo resulte soportable sino se convierte la pura actualidad en presente. Donde nuestras aspiraciones no encuentran lugar, los excluidos somos nosotros mismos. Cuando el futuro pugna por incidir en la actualidad y no logra transformarla en presente, ella termina por aplastarnos.

Mi abuelo Samuel abrió los ojos desmesuradamente cuando, a mis 15 años, me disculpé diciéndole que no sabía francés y que no podía emprender la lectura del libro que venía de regalarme: una hermosa edición encuadernada del Diccionario filosófico de Voltaire. Acercó luego su mirada severa y perpleja a la mía y con su voz imperativa y grave sentenció como quien dice algo natural:

-¡Me lo aprende!

¿Qué futuro me auguraba el abuelo Samuel al decirme eso? ¿Qué presente me invitaba a modelar? Donde yo había visto una barrera, él veía un desafío. Lo que para mí era imposibilidad, para él era tarea. Inmigrante ruso, judío acosado por los progromos zaristas, autor de una crónica en idish de las colonias creadas en Entre Ríos, él se plantaba ante su nieto y, a su modo, le decía: "Aprenda a desear; que si el deseo de superarla gobierna el trato con la dificultad, el hombre se afirma al enfrentarla".

Guardo todavía entre mis libros esa esmerada edición francesa del Diccionario de Voltaire. Hoy, a más de medio siglo de aquella tarde aleccionadora, creo seguir oyendo la voz de mi abuelo: "Perfeccione su presente, infúndale la potencia de los sueños que dan vida al presente. Dele consistencia a su propósito, gane sus días, uno a uno, con esos sueños. Que el futuro los oriente y les imprima su sello".

Pienso, ahora, que tal vez haya escrito estas páginas para honrar su memoria, esa hermosa idea que el abuelo Samuel tenía del porvenir.

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