Lo que nos plantea el terror del islamismo violento
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Desde los atentados a la embajada de Israel (1992) y a la sede de la AMIAa (1994) convivo con las barreras físicas al frente de las entidades judías. Nunca terminé de naturalizar la situación. Funciona, para mí, como un recordatorio de la barbarie.
En otros lugares, de manera menos marcada, también lo edificios vinculados al judaísmo deben seguir pautas de cuidado más estrictas que otras equivalentes. La protección común es parte esencial del sentido de pertenencia. Sobre todo, cuando las amenazas asiduamente se cumplen.
Lo notable, en el paisaje porteño, son los cambios de intensidad de acuerdo con las circunstancias de la política internacional. Tal vez es mi obsesión, pero lo cierto es que la misma semana que se lee en la prensa algo referido a una tensión diplomática o una escaramuza, percibo que allí donde había un guardia pasa a haber dos. Hay una correspondencia clara entre tensión en Israel y necesidad de protección de la comunidad judía.
Es un tema perturbador para mí. Lo reconozco.
Hace tiempo comencé a pregúntame… cuando Erdogan persigue a los kurdos brutalmente, ¿la enorme comunidad turca en Alemania necesita protegerse especialmente? Cuando Putin, rompiendo las reglas del derecho internacional, invade Ucrania, ¿los rusos de Londres necesitan de protección adicional? Cuando Boko Haram masacra cristianos en Nigeria, ¿los cientos de miles de nigerianos en la UE deben tomar algún recaudo especial? Yendo a casos aún más horribles… cuando se publicitan ejecuciones en teocracias árabes, con imágenes de personas colgadas por sus preferencias sexuales, ¿los naturales de esos países en el exterior corren algún riesgo? Cuando Xi Jinping presiona a la “minoría” uigur, ¿la colectividad china en la Argentina padece sobresaltos? Cuando Donald Trump desata redadas “anti-inmigrantes” de cuestionada legalidad en los EE.UU, ¿los norteamericanos en el extranjero corren algún riesgo?
En todos los casos la respuesta es un rotundo no. Nadie en el mundo asimila a las colectividades turcas con Erdogan, a los rusos con Putin, a los nigerianos con Boko Haram, a los chinos con Xi Jinping. El estado de la opinión pública occidental es tal que logra distinguir entre las acciones políticas de los estados, y la realidad cotidiana de sus nacionales (no importa si apoyan o no aquellas acciones). Pero cuando Israel tiene una controversia abierta con alguno de sus vecinos o con organizaciones que (de modo explícito) entre sus objetivos se plantean su eliminación… los judíos en muchos lugares del mundo deben aumentar su seguridad, y en algunos casos ocultar su identidad.
¿A qué se debe esa particular diferencia? Tiene un solo nombre, es el prejuicio más viejo, más arraigado y pestilente de nuestra historia, se llama antisemitismo.
El antisemitismo existe. El antisemitismo no es ajeno a los análisis que se hacen sobre el estado de Israel.
A las pocas horas de implementarse los pasos establecidos en la tregua generada por el “plan Trump”, pudimos ver como en Gaza Hamas procedía a la ejecución de disidentes, de manera sumarísima, a plena luz del día. Al mismo tiempo, en Israel (como hubiera ocurrido en cualquier democracia), hay un estado de debate abierto sobre el accionar de sus fuerzas armadas en el conflicto.
De un lado terror y desprecio por la vida, del otro el siempre indescifrable laberinto de las tensiones entre seguridad/ libertad, entre deliberación abierta/ cohesión nacional, etc.
Personalmente, creo con absoluta convicción que si las fuerzas armadas israelíes cometieron crímenes de guerra deben ser juzgados y condenados. Atento la naturaleza plural, autoexigente y compleja de la sociedad israelí, es muy probable que eso suceda. En cambio, quienes creen que los perpetradores de la masacre del 7/10/23 son héroes o mártires, difícilmente puedan tomar distancia sobre ese proceder y juzgarlo.
De un lado las reglas de la democracia, rendir cuentas públicamente y aceptar las limitaciones al poder público; del otro los fundamentos teocráticos, cumplir un supuesto mandato divino que justifica la muerte de otros y la inmolación propia.
Los grandes juicios universales han sido plataformas que (al fin y al cabo) no solo juzgaron acciones, juzgaron un tiempo, una cultura. Eso fue Nüremberg, eso también fue nuestro Juicio a las Juntas.
El necesario juicio futuro sobre las acciones del ejercito israelí en Gaza será una prueba de fuego para evidenciar nuestro posicionamiento en este mundo convulso. A mí me resulta esencial determinar dos supuestos fundantes de un debate honesto: a) no se trata de un conflicto territorial. Es explícito que una de las partes (las distintas organizaciones del islamismo radical violento) se propone “eliminar a los judíos de la faz de la tierra”, y también “islamizar al mundo”. b) La evaluación de los hechos debe partir de la base, que es un deber de un estado (no es optativo) proteger a sus ciudadanos.
Los defensores del pluralismo, los derechos humanos, la convivencia religiosa y la primacía de la Ley civil; no podemos soslayar el asedio cotidiano que significa usar las conquistas de la civilización para erosionar la misma. Vivir en un mundo libre, tiene el cargo de defender la libertad.
Quien planificó y llevó adelante el pogromo del 7 de octubre de 2023 no es un “grupo de violentos”, es una organización con capacidad bélica para desestabilizar un estado.
El “islamismo radical violento” en los últimos 25 años asesinó con sentido propagandístico en Nueva York, París, Barcelona, Marsella, Lyon, etc. Episodios traumáticos, inaceptables pero esporádicos. En cambio, desde que en 2007 Hamas tomó control de Gaza (luego que en 2003 Israel la cediera a la Autoridad Palestina), hasta 2023 hubo más de 20.000 intentos de incursión desde Gaza a Israel (a un promedio de 4 por día). Es evidente que la Cúpula de Hierro que Israel diseñó y perfeccionó es una respuesta concreta a eso y no un mero ejercicio de sofisticación tecnológica.
Cuatro veces cada día, todos los días. Es una política deliberada de odio y de desgaste. El 97/98 % de los 20.000 ataques fueron estériles, sin daños importantes, sin víctimas. Pero entre 400 y 500 fueron ataques con daños claros, personas lesionadas, servicios afectados. Veinte mil ataques en 16 años.
El islamismo radical violento es muy minoritario, pero hasta que no sea deslegitimado por la mayoría musulmana pacífica; mantendrá su poder de chantaje. No les interesa la paz, así lo sostienen abierta y permanentemente. Sus primeras víctimas son sus propias sociedades, condenadas a la extorsión, la inestabilidad y el miedo. Pero también buscan quebrarnos, desgastarnos, someternos a una visión religiosa del mundo, a un orden incuestionable. Todo lo contrario a nuestros ideales de apertura, diversidad, y diálogo.
¿Qué debió hacer Israel luego del 7 de octubre de 2023, luego de las 20.000 incursiones en 16 años? ¿Qué propuesta superadora ofrecen los más de 20 países árabes? ¿Qué haremos en Occidente si el islamismo radical violento no es enfrentado en términos conceptuales y materiales?
En Israel viven 2,3 millones de palestinos, no en guettos, sino en ejercicio pleno de su condición de ciudadanos. Esa información es el aire fresco demostrativo de que es posible, en un estado organizado, convivir y respetarse. Al mismo tiempo, en países árabes con comunidades judías significativas, milenariamente establecidas, éstas han sido reducidas a números ínfimos. Esto es un dato evidente.
No necesitamos juzgar al Islam, sino la violencia que se ejerce en su nombre. Como no fue necesario en el Juicio a las Juntas juzgar la condición militar, sino “un plan sistemático de exterminio” que fue el punto cúlmine de una larga historia de violaciones institucionales.
Nuestro deber es defender los valores de una civilización, que con sus contradicciones se propone objetivos nobles centrados en la condición humana, más allá de creencias o preferencias.
Yo también me conmuevo con las imágenes de dolor que vienen de cualquier sitio. Me lastima el llanto de una madre y me parece incomprensible que no podamos resolver de un modo mejor nuestras diferencias. Pero me resisto a ser naif; el antisemitismo existe y nunca la condescendencia con los extremistas violentos de ningún signo ha llevado nada a buen puerto. No es abstracto lo que digo, acá en Buenos Aires hay cicatrices del horror.
Le corresponde a la democracia israelí juzgar sus acciones, con criterio y contexto; al mundo occidental no caer en la trampa de la falsa simplicidad; al mundo árabe aislar a los violentos; y a los palestinos organizarse para construir su bienestar. A todos, condenar el terrorismo, las visiones supremacistas y los juicios apresurados.
Diputado Nacional (UCR/ Provincia de Buenos Aires)



