Lo que pasaría si Israel fuera derrotado

Julio María Sanguinetti
Julio María Sanguinetti PARA LA NACION
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23 de septiembre de 2014  

Todo el mundo da por supuesto que el eficaz ejército israelí nunca será derrotado. Que podrá vencer o igualar, pero nunca caer frente a los enemigos que enfrenta desde hace 66 años. Incluso en otros momentos hubo de hacerlo con las fuerzas de cinco Estados, de los que hoy casi ninguno estaría en actitud beligerante, por lo menos abiertamente. En la actualidad los riesgos no provienen tanto de los Estados en forma oficial como de las organizaciones terroristas del fundamentalismo islámico, que se bendicen en las mezquitas, se proveen de soldados en las escuelas y se financian con las actitudes duales de esos mismos Estados.

Como se da por supuesta su superioridad, nadie se ubica en la hipótesis de que ese poderoso ejército pudiera ser derrotado. No estamos hablando de que Israel fuera borrado de la faz de la tierra, tal cual proclaman los jihadistas, pero imaginémonos que pudiera perder el Golán o parte de Jerusalén, por ejemplo.

El supuesto, nada deseable, debe proponerse para que se medite sobre la eventual repercusión de una situación de esa naturaleza.

¿Qué pasaría en Francia, o aun en Inglaterra, donde el fundamentalismo islámico tiene fuertes organizaciones y numerosos partidarios? ¿Se imaginan la euforia de esos extremistas, que no son simplemente enemigos de Israel y el pueblo judío, sino de los valores de Occidente y aun de los Estados europeos en que viven, pero a los que inexplicablemente odian?

Algunas falacias muy a la moda intentan justificar el extremismo como un hijo de la pobreza. Los atentados en Europa mostraron que esto no es así, porque fueron protagonizados por jóvenes educados en Inglaterra o Francia, en las escuelas de esos países y protegidos por sus sistemas de seguridad social. Se sofistica el argumento y se dice entonces: hay inmigrantes que no han tenido éxito en la vida occidental y de su resentimiento se nutre el extremismo. En parte podrá ser así, pero cuando vemos al siniestro "degollador" del Estado Islámico (Jihadi John) y nos enteramos de que era un músico de éxito, que vivía en una confortable vivienda londinense, tocamos la realidad del fanatismo inducido en escuelas y templos. Lo sobrecogedor es que el caso de los paquistaníes en Gran Bretaña se consideraba el mejor ejemplo de integración, pero ya está visto que debajo de una superficie lisa se escondían inesperadas cuevas de resentimiento.

Se sabe que en la fuerza militar de la organización terrorista hay un porcentaje importante de jóvenes nacidos y educados en Europa, especialmente Francia e Inglaterra, y aun en los Estados Unidos. Todos esos muchachos que se están fogueando en la violencia, ¿no son un núcleo importantísimo para una acción de retorno a los países que hoy odian, pese a que ayer los vieron nacer (o los acogieron)?

La conclusión de esta molesta hipótesis que planteamos es que la lucha de Israel para defender su sobrevivencia, tantas veces cuestionada, debiera mirarse como un conflicto que largamente excede el marco del Medio Oriente y representa el interés de todo el mundo occidental. Del mismo modo que los procesos de integración inmigratoria en las potencias de Occidente requieren una política compleja e inteligente, que no puede ser simplemente represiva ni tampoco ingenua. Es un equilibrio difícil, porque a diferencia de las inmigraciones históricas, que luchaban por integrarse, la fundamentalista es a la inversa: pretende imponer sus valores, aun en contra de los de aquellos que las reciben. Hay allí un complejo escenario que se desarrolla en entidades religiosas, educativas y sociales, donde construir puentes no es sencillo, pero resulta cada día más imprescindible.

La tregua entre Israel y Hamas no ha cancelado el conflicto sirio, el egipcio ni el iraquí, donde los cristianos están pagando un tributo de sangre, ni ha desarmado la bomba de tiempo que encierra Europa. El desafío está en encontrar el esquivo camino para desarmar el detonador. Es claro que no es un tema sólo militar ni exclusivamente de Estados Unidos e Israel. Es de todo Occidente y se encara así, global y comprometidamente, o el incendio continuará propagando sus llamas.

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