
Logros e injurias mundialistas
El subcampeonato logrado por la Argentina nos dejó una sensación de tristeza y frustración, pero también una lección sobre la valentía de luchar contra la adversidad, las ansias de superación y el valor de la continuidad y del trabajo en equipo, que debemos valorar y resguardar
Lentamente vamos despertando de la borrachera mundialista. Un tiempo de sueños y juegos compartidos. El gol de Ferran Torres lastimó la red de arco del Dibu y nos despertó demasiado temprano, arrebatando el primer puesto. Muchos lamentamos, entre otras cosas, ver que los españoles no festejaron la victoria con la alegría y la pasión que nosotros habríamos sentido.
El seleccionado permitió que una multitud disfrutara de encuentros, emociones diversas y un enorme entretenimiento, alejándose por un rato de los infortunios cotidianos. Todos necesitamos embriagarnos un poco para tolerar las penas que nos impone la realidad.
La identificación colectiva que genera este grupo es especialmente intensa y contrasta con la ausencia de otros modelos de pertenencia que muchos echamos de menos, o creemos que deberían organizar nuestra vida en común.
El subcampeonato logrado deja dos sentimientos ambivalentes: por un lado, la frustración de no haber ganado y la ambición legítima de quererlo todo; por el otro, la evidencia admirable de que, aun sin ser perfecto, este equipo peleó con valentía, no se rindió ante la adversidad y nos ofreció una épica al revertir muchos partidos que parecían perdidos.
La tristeza de los jugadores podría responder a muchas razones, entre ellas la sensación de fin de ciclo, marcada por la despedida de Messi y de otros integrantes del equipo.
Las lágrimas enormes en la cara de Leo y un Scaloni que se retira quebrado de la conferencia de prensa produjeron un fuerte impacto. Fue un verdadero mar de lágrimas: transmitían un derrumbe frente a un triste resultado en medio de innumerables logros maravillosos.
¿Hay alguna analogía entre este fenómeno y la cultura argentina?
Entre lo que creemos que deberíamos ser y lo que somos hay una distancia, y esa brecha se vive con un dramatismo singular. Esa forma de sufrir modela una lente desde la cual interpretamos la realidad, y puede llegar a ser destructiva.
El seleccionado transmitió una idea muy poderosa de continuidad, trabajo en equipo y bien público, en un país que parece valorar poco esas virtudes.
Quiero destacar el bien social porque la selección lo cumplió de manera ejemplar, y eso merece aplausos. Lo comparo con otro rasgo nuestro: aplaudir cuando el piloto de un avión aterriza, como si premiáramos algo tan básico como que nos lleve a destino. Otras culturas lo dan por sentado; en estas latitudes, en cambio, no siempre resulta tan frecuente.
Existe una distancia entre la Argentina ideal que imaginamos y la que realmente somos. En el Mundial y en el fútbol, esa brecha puede hacernos olvidar que solo dos equipos llegan a la final, y que el nuestro lo ha conseguido muchas veces. También podríamos pensar que, pese a nuestro lamentable retroceso económico y social, Argentina conserva un enorme potencial en comparación con otros países de la región.
Y aquí vuelvo al llanto: ¿por qué la bronca por no haber sido campeones pesa más que los enormes logros de este grupo? ¿Quién puede dudar de que dejan un legado y un ejemplo capaces de perdurar y trascenderlos?
Hubo algo conmovedor en el reconocimiento que generó la selección: las dos caras de una misma moneda, su imperfección y sus ganas de superarse. Podría resumirse así: no somos la cristalización de un ideal, sino una aspiración constante a ser mejores en cada paso. Eso es profundamente vital.
Imagino que, con los días, prevalecerá ese espíritu. Después del duelo por no haber alcanzado la copa, tal vez podamos dimensionar ese aspecto tan saludable.
Es posible que, en un primer momento, no haber alcanzado una meta tan cercana -darle esa satisfacción a toda la nación y permitir que Messi se retirara con ese triunfo- haya provocado una herida profunda: el llanto desgarrador y la sombra de catástrofe por la pérdida.
Sin embargo, el principal logro que podemos resguardar es el talento, el esfuerzo y las satisfacciones que todo eso generó, representados en la trayectoria de Lionel. Un ciclo que fue representado por el camino de ese niño que desde Rosario al día de hoy deslumbró al mundo y se convirtió en el líder de este seleccionado.
Ese bagaje pertenece a una cultura de la que esta selección también es exponente, y que encontró en el fútbol una verdadera fiesta.
Que los ideales no nos impidan reconocer los frutos ni seguir aspirando a más. Que cambiemos lo que haya que cambiar, y que los reconocimientos se conviertan en un camino virtuoso, sin perder de vista las cuestiones fundamentales que sostienen la vida comunitaria y ayudan a construir el futuro.


