Londres y el fracaso del terrorismo
Por Rodrigo Cañete Para LA NACION
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Para que el terrorismo cumpla con su cometido, debe sorprender y aterrorizar. El objetivo del terrorismo se consuma en las grietas que abre en los individuos y en las sociedades. El terrorista busca el shock. Sin miedo no hay terrorismo.
Tras los atentados contra las Torres Gemelas y Chamartin, el mundo se convirtió en un lugar sin certezas. En un mundo en el que la guerra parece un juego de computadoras, los atentados terroristas han venido mostrando el horror como algo real.
Los argentinos tenemos una historia vinculada muy estrechamente con el terrorismo. Los atentados contra la embajada de Israel y la AMIA no sólo pusieron en evidencia una sociedad fragmentada e indefensa, sino también un Estado poroso y sospechado. Por su parte, los ingleses tienen una larga historia, que comenzó en el siglo XX con los blitz nazis y siguió con los ataques del IRA. Es una sociedad acostumbrada a la sorpresa en la violencia.
Desde el momento en que me instalé en Londres, un ataque terrorista ha sido para mí una posibilidad. Los ataques tuvieron lugar muy cerca de donde yo he venido desarrollando mi vida. De hecho, el ómnibus que explotó en Tavistock Square es el que tomaba hace un año, cuando vivía en Russell Square. Esa era, además, la parada en la que lo tomaba. La estación de Liverpool Street es un componente fundamental en mi vida, ya que ahí tomo el tren a mi casa. Desde un punto de vista personal, esto agrega una dimensión surrealista, pero muy real, a lo ocurrido.
El ataque al sistema de subterráneos del East End apuntó al centro financiero, turístico y estudiantil, tres ámbitos en los que Londres es, quizás, única en el mundo. Sin embargo, lo que los terroristas no tuvieron en cuenta es el temple de aquellos que vivimos en una ciudad en la que se hablan más de doscientos idiomas diariamente y en la que el islam es una forma más de vida, tan aceptada como cualquier otra. Londres no perdió la calma y respondió con un pragmatismo que salvó, de hecho, muchas vidas.
Cuando la primera bomba estalló en Aldgate East, estación que queda a escasos doscientos metros de mi oficina, yo me encontraba a diez minutos de tren de la estación de Liverpool Street. Hasta ese momento todo era aparentemente un choque menor entre vagones. Cuando se perpetró el ataque en Edgware Road, todos supimos de qué se trataba. Todos habíamos previsto que algo así ocurriría alguna vez. Salí de la estación y tomé un taxi, y con mi celular formé parte de una red virtual de solidaridad tejida con mensajes, e-mails y llamadas telefónicas.
El despliegue policial fue impecable. Los hospitales a los que los heridos fueron trasladados estaban perfectamente asignados y se encontraban muy cerca de donde los atentados habían ocurrido. Los helicópteros no transportaban heridos, sino especialistas que iban de un área a otra a socorrer a los que realmente lo necesitaban. Desde la televisión se emitían mensajes muy claros: uno debía quedarse donde estaba, no concurrir a determinados hospitales, no ir a socorrer a nadie y no llamar a las líneas de emergencia a menos que la situación fuera de muerte inminente. Este mensaje era emitido por Ken Livingston, alcalde de Londres, desde Singapur, con total tranquilidad. Los medios no mostraron en ningún momento imágenes perturbadoras. Vale la pena comparar esto con nuestros desesperados socorristas y vecinos tratando de salvar vidas frente a una policía atontada y desbordada cuando fue el ataque a la AMIA. Ni qué hablar de la incomprensible reacción de un Estado que muchas veces actuó como cómplice de lo inexplicable.
Por su parte, la clase política justificó su lugar en la sociedad. Tony Blair nunca perdió la calma y sólo al mediodía voló a Londres desde Gleneagle, Escocia, donde tenía lugar la cumbre del Grupo de los 8. Su mensaje fue muy claro: el atentado no fue realizado por el islam, sino por gente que se atribuye la palabra del islam. Una diferencia sutil, pero fundamental en una sociedad felizmente multiétnica. Tras reunirse con los coordinadores de rescate y con la policía, regresó a la cumbre. El mensaje fue muy claro: la vida continúa; un grupo de violentos no pueden alterar nuestras vidas. Dijo: "No estamos aterrorizados". Desde ese momento, la frase que se repitió a cada momento en los medios fue back to business. Volver a la normalidad fue la respuesta que los londinenses dieron a la irracionalidad terrorista. La Bolsa londinense, tras una momentánea caída, recuperó su habitual vitalidad y el sistema financiero no fue alterado en lo más mínimo. El efecto Torres Gemelas no se repitió.
A las pocas horas, el tube (subterráneo) estaba nuevamente en funcionamiento y a la mañana siguiente la ciudad retomaba su vida normal. De hecho, yo no dejé de trabajar durante el atentado, y la mayoría de los londinenses tampoco. El victimizarse es algo que no existe en la idiosincrasia de esta gente. De hecho, me encuentro escribiendo este artículo camino a Shanghai, en viaje de negocios. En otras palabras, autopistas y aeropuerto funcionaron con total normalidad horas después de los atentados.
Algunos medios de comunicación de corte popular levantaron banderas de corte nacionalista, del estilo: "Los británicos no nos arrodillamos ante nadie". Sin embargo, esa visión es muy parcial. La mayoría de los londinenses están orgullosos de lo que es hoy quizá la ciudad más tolerante, cosmopolita y dinámica del mundo. Creo, personalmente, que Londres salió fortalecida del ataque, lo que constituye una contradicción semántica, pero denota el fin de un modo de terrorismo. Quedó claro que el terrorismo no tuvo fuerza suficiente para espantar a los londinenses y que la unidad en la diferencia probó ser inquebrantable.
Aquí tengo gran parte de mis afectos y de mi vida. Mi madre está volando hacia Londres venciendo más de un miedo, lo que prueba que el coraje que derrotó esta vez al terrorismo no es sólo ingles. Tengo mucho que perder en esta ciudad. Sin embargo, doblo mi apuesta. La vida sigue. Frente al horror, rezo por aquellos que no están más y por la paz espiritual de sus familias. La fortaleza de la ciudad en la que vivo es nuestro mejor homenaje. En Londres se ganó la primera verdadera batalla del siglo XXI: el terrorismo, simplemente, dejó de aterrorizar.



